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Por Marcelino Romero C.

 

Es septiembre de 1973, la primavera va dando sus primeros retazos de color al gris invierno que se agota. Se suceden las tardes de sol que someten las frías mañanas que se van extinguiendo, al tiempo que estas dan curso a los rojos ocasos y negras noches plagadas de estrellas que visten los sueños de cientos que luchan y conquistan las utopías libertarias.

Septiembre 1973, se abre paso con los colores de la fiesta chilena que ahora hace eco de un pueblo en pie, empoderado, rico – aunque heterogéneo-, unido. La voz de este pueblo recorre campos y ciudades: “Hay que defender al gobierno de los trabajadores”, en los rincones se oye y se lee. Y a pesar de la amenaza latente de los poderosos, la vida continua. El obrero sigue martillando la materia, el estudiante se prepara, el profesor forma personas, mujeres y hombres moldean la nueva realidad y sus hijos son la arcilla que ahora cobra forma en un mundo de esperanza. “Venceremos”.

Nuestro San Bernardo es parte de aquella alborada popular. En septiembre de 1973, San Bernardo es un centro neurálgico para la industria ferroviaria, los obreros atiborran su ceñido centro urbano. El predominante mundo rural es la correa que transporta al nuevo campesino que ahora es dueño de su futuro, un campesino que se ha sacudido el feudalismo, otrora dominante, en Lo Herrera, Chena, Nos, Calera. Tomas de terreno, van desplazando los sitios baldíos y se transforman ahora en sitios de esperanza, las viviendas populares se van levantando en uno y otro lugar. Los anhelos van encaminados al éxito, no obstante, la amenaza sea latente y las armas que ostentó la aristocracia en contra del pueblo en el pasado reposen ahora en los numerosos cuarteles de la incipiente ciudad. Hay confianza del gobierno en ellos y el pueblo confía en su gobierno. Septiembre 1973.

Hace unos meses, la embajada de la Unión Soviética en Chile había apadrinado cuatro colegios a lo largo del país. El Instituto Chileno Soviético de Cultura dio marco a un fructífero intercambio de relaciones artísticas. Se comprometía en el discurso la mutua cooperación para la mantención de este estado de ensueño que significaba la revolución en libertad; aquella que con cara de niño renegaba de la sangre de las revoluciones tradicionales, aquella que había conquistado el gobierno a través de los instrumentos que la democracia le entregaba y que en su filosofía de niño ingenuo confiaba en el respeto del estado de derecho por parte de quienes no tienen más religión que la propiedad privada y sus costumbres decimonónicas.

Uno de estos colegios recientemente apadrinados era la pequeña escuelita N°8 de San Bernardo, hace unos años trasladada a Villa Chena, que a su vez era una “villa nueva”, levantada para dar habitación a ex miembros de la Fuerza Aérea, también a algunos activos, por lo que prontamente sus aulas dieron espacio a los hijos de uniformados que al mismo tiempo eran sus vecinos.

Los destinos de este centro educacional estaban dirigidos por una educadora que en su piel había marcado la lucha social de un Chile que despertaba. La señora Fresia Corona Barahona, había sido profesora en las salitreras del norte, también en el campo de San Bernardo fundó la Escuela de Cultura Artística de la comuna y hacia 1973 se convirtió en directora de la Escuela 8. Caracterizada por quienes la conocieron como una mujer de andar amable, aunque rigurosa y que dignificó en cada etapa de su vida su labor de educadora, la cual combinó con su talento en el baile.

La escuela había sido parte de un concurso de pintura para escolares organizado por el nombrado Instituto Chileno Soviético de Cultura y llamado “Las Riquezas de mi Patria”, auspiciado por el Ministerio de Educación. En el contexto de este concurso determinó la embajada, que eran muy pocos los ganadores del premio máximo. Una estadía para dos personas por 15 días en un balneario para niños y jóvenes a orillas del Mar Negro, dado el alto costo de los traslados, entonces se decidió sumar al mejor alumno de cada colegio apadrinado, y así fue que de nuestro San Bernardo partió el joven de sexto básico Alfonso Orazio, hijo de un sargento de la FACH del mismo nombre, quien pasó en la extinta Unión Soviética las últimas dos semanas de agosto, retornando al país al abrir septiembre de 1973.

Fue la embajada la que tuvo la idea de hacer una recepción oficial a los viajeros a la que asistieron el Primer Secretario de la Legación Diplomática, el Agregado Cultural, un alto oficial de la Fuerza Aérea, además de apoderados y cuerpo docente del recinto ofrecido para este acontecimiento por su directora, la señora Fresia Corona. El Instituto Chileno Soviético de Cultura extendió una invitación entonces a Víctor Jara quien accedió feliz, dada la oportunidad de estar cerca de niños y pobladores, con la idea de otorgar realce y calidez al evento, el cual se desarrollaría al mediodía del lunes 10 de septiembre.

Esa mañana Rosa Jau, auxiliar y cuidadora del colegio, quien además vivía en su interior, se preocupó de poner las cosas en su lugar, dejar limpio cada rincón de la escuela, esta debía estar impecable para recibir a tan importantes invitados. Fueron éstos ocupando uno a uno los asientos reservados esa mañana. Atrás, padres y apoderados ocuparon los restantes, de pie, docentes, auxiliares, alumnos, curiosos. Entre cuarenta y cincuenta personas se repartían en el pequeño recinto, un patio de tierra coronado por una tarima que improvisaría un escenario.

Iniciada la actividad se dio paso a los discursos, se cruzaron estos con un pequeño montaje folclórico y una revista de educación cívica desarrollada por los niños del colegio, se sucedieron las felicitaciones, los aplausos, los abrazos. Ese día 10 de septiembre, era una mañana festiva, como día de septiembre, colorido y alegre. El cerro Chena otorgaba un fondo verde a la escena que se complementaba con un cielo celeste impoluto, y aunque el brillante sol del mediodía se recostaba sobre los asistentes, aún no galopaba sobre el calor más propio de diciembre. El suelo compacto del patio resistía la presencia de las personas, todo seguía su camino, ahora el turno del plato de fondo, se preparaba Víctor Jara para subir al “escenario”, se reacomodan los espectadores, Rosa Jau ubica a sus hijos en lugares donde puedan apreciar al cantautor.

El canto de Víctor empieza a elevarse en el cielo sambernardino, la frecuencia de los acordes acompaña las melodías, el artista brilla, es su mundo, comanda su espacio. El aire transporta las ondas de su voz hacía las almas de los que le presenciaban. Nadie conoce su destino, septiembre 1973, pero esa mañana el tiempo está detenido, el colegio es una fiesta. Los asistentes corean las canciones, aplauden, el ánimo festivo recorre la piel y refracta alegría que el cantautor cataliza y transforma en fe y esperanza.

La fiesta les hace partes a todos, pobladores, uniformados, invitados, al mismo Víctor, como una comunión a la cual se integran todos los sectores, nadie es distinto, nadie es el otro, nadie es el enemigo. El tiempo está detenido, el espacio alrededor de Víctor está cerrado a las traiciones, los complots y las confabulaciones son desterradas al mundo de los grises, de los odiosos. Ellos no tienen cabida en esta comunión, aunque su tiempo sigue corriendo, sus relojes están marcando en retroceso hacía su hora de sangre, la hora de los oprobios. Están esperando que parta la cabalgata y desatar al fin sus jaurías.

A esa hora Adiel Monsalves y sus compañeros mantienen encendidas sus forjas, empuñadas sus herramientas. Jenny Barra hojea sus libros, prepara sus materias. Héctor Hernández recorre el patio de su colegio. Vicente Blanco prepara los papeles para su jefe, espera que culmine luego el día para reencontrarse con Elsa. El cerro Chena, mudo y monumental testigo de nuestra historia reposa en silencio, tal vez en sus laderas se han alcanzado a deslizar algunas de las notas de la suave voz de Víctor, su presentación está por concluir. Se prepara para el último de sus temas, “El hombre es un creador”, medio en chiste, medio teatralizando el problema anuncia que no puede continuar, no tiene como tocar la guitarra y hacer sonar la peineta al mismo tiempo, anima a la concurrencia con un “¡Es tan fácil!”. El público ríe, pero se mantiene tímido y en eso asoma el padre del alumno festejado, el sargento Alfonso Orazio Truco, Víctor le pregunta disimulando incredulidad “¿Se la sabe?”, él impecablemente uniformado asiente, la canción interrumpe el lapso de silencio, la peineta suena hábilmente y sorprende a todos por la correctísima interpretación, ambos concluyen abrazados, repican los aplausos. Septiembre 1973, el hombre es un creador, y también es un hermano sin importar su origen. Nadie conoce su destino.

La fiesta termina, atrás quedó el pie de cueca bailado con doña Fresia, Rosa vuelve a acomodar las sillas, los invitados disfrutan de un cóctel y se retiran, el tiempo empieza a correr de nuevo, el tiempo es inexorable y no perdona. En la mente de los niños queda depositada esa figura amable, tranquila y de espíritu limpio. Víctor Jara vuelve a Santiago en compañía del encargado del Instituto. Está feliz, esperanzado, le dice: “–Compañerito… ¡cómo voy a creer en conspiraciones, si aquí está el pueblo unido, vestido de uniforme y civiles, si somos todos lo mismo, sin divisiones!” y claro, había estrechado tantas manos, había dado tantos abrazos, había compartido tantas risas. Su ventana se mantenía abierta a la luz, su vida no era para vivir en sombras, estaba a horas de dar un salto a la inmortalidad.

La señora Fresia Corona, fue detenida un par de meses después del golpe. Expulsada de su cargo, al recuperar su libertad se trasladó a Ranco donde se afincó, formó una familia y continuó con su enseñanza del arte. Vive hoy a sus 101 años. El sargento Alfonso Orazio Truco falleció en 1976 de un cáncer que lo separó tempranamente de su pequeño hijo Alfonso y él, aún vive en San Bernardo y se mantiene ligado a la música, pasión que comparte junto a su hijo homónimo. Rosa Jau, la auxiliar del colegio, fue apartada de sus labores unos meses tras el golpe, sus hijos corrieron distintas suertes, uno paso por el centro de detención del Cerro Chena para ser luego exiliado, otro escapó por años de la detención, y otro se hizo adicto al régimen.

Esta historia fue enterrada en el olvido que adolecemos en nuestra ciudad. Sobrevive aún en la memoria de quienes fueron testigos como sobreviven las raíces profundas del árbol que sufre un incendio, esperando brotar nuevamente y que las aguas de la vida humedezcan el terreno que las cubre hasta hacerse fértil otra vez, hasta que nosotros le demos el sustento que convierta sus florecientes tallos en fornidos troncos. Nuestra historia nos lo exige, nuestros apellidos nos lo demandan, nuestros hijos lo necesitan.

chena

 


Gonzalo Planet
Colección Carnada
Libros del Pez Espiral, 2018
Santiago de Chile
Por Marcelo Arce Garín
Una perfecta factura acompaña el desarrollo de este libro donde se refleja el
proceso histórico de nuestra patria, desde el triunfo de la Unidad Popular y el
gobierno de Salvador Allende hasta nuestros días. Sol y Lluvia se instala como
una banda cronista testigo del dolor y la fortaleza del pueblo pobre, haciéndose
tangible en su discografía y miles de tocatas a lo largo de su trayectoria, desde el
bombito y la guitarra en sus inicios hasta la actual incorporación de instrumentos
de viento como el saxofón.
El cuadro es el siguiente: La terraza de la playa, un preciado y libertario recorrido
entre cancioneros mimeografiados de Silvio Rodríguez y los Doors, pulseras de
bambú, pergaminos con el rostro de Allende y Víctor Jara y harto pachulí. Así
fueron las ferias artesanales de la patria. El bombo legüero junto a las guitarras
rabiosas del grupo fueron la banda sonora de mi niñez y “+ personas”, mi caset
regalón recorrió cada rincón del litoral central chileno de mano en mano. La cinta
se iba deteriorando y resonaba fuerte el inicio de “Espíritu Santo”, mientras en el
Arte/Carátula los hermanos Labra sortean una cerca con alambres de púa, “+
personas” fue disco de oro y un regalo de mi prima Patty para la pascua, un dardo
perfecto al corazón de la gallada.
“Cuando creen que la guerra termina
y desempolvan sus uniformes generales,
Nosotros intentamos cada día,
cada hora ser más personas,
más personas construyendo paz”
Recuerdo a Lito, nuestro vecino playero que entre sus maestrías fabricaba y
fumaba pititos envueltos en hoja de eucaliptus (pitos mentolados, nos decía) o
golpeaba con exactitud el lugar donde dormía en la casita roja del Tabo. Su misión
era el préstamo de los casets de la banda para seguir la fogata, exorcizar la pena
y comenzar el carnaval. Eso es el Sol y Lluvia; un carnaval que ilumina la desazón
de la injusticia, un bosquejo azul que anima y perpetúa el brillo de los ojos en el
populacho, la danza ebria en torno a una fogata inmensa, esa luz es vida. “Canto
+ vida”.
El rol de la banda es crear conciencia y permanecer indefinidamente en la mente
popular, mutar en un cantar latinoamericano, ser el pasaje poblacional con el Dos
en Uno a todo volumen, conciertos con fogatas enormes y la gente azotando la
rabia en torno a ésta, llorando y escupiendo, enarbolando una caja de vino al son
del Largo Tour que se convirtió en un escupo directo al rostro de este Chile rancio.
“Demasiado tiempo de abrazar a los que partieron,
me ha cansado.
Demasiado tiempo de zarpazo mortal a los que amo,
me ha cansado.
Demasiado tiempo, demasiado,
me ha cansado.
Y desde mis ojos cansados, y desde mi pelo cansado,
y desde mi llanto cansado, penetro en tus ojos,
y tus ojos se agrandan y nuestra mirada de ayer
es presente y futuro y mi canto vuelve a cantar en el tuyo”.
Gonzalo Planet aliado con Pez Espiral nos entrega este paneo testimonial iniciado
desde la genealogía, el recuerdo familiar, el ejemplo de Julia Sepúlveda Encina y
Renato Labra Jofré (madre y padre), sus inicios en el Estadio Nataniel, los trabajos
gráficos en la comuna de San Joaquín donde se gestó el coraje de la agrupación,
imágenes de Lennon, Gandhi, Neruda, Violeta Parra entre otros en postales y
afiches que servían para parar la olla y crear conciencia, un piño decidido y
arrojado: Artesanía Gráfica.
Planet es músico en la banda Matorral y desborda su pasión por ella también
en el periodismo, la producción artística y la interpretación musical.
Los protagonistas nos pasean en primera persona por su historia, entre las letras
de sus canciones, recortes de prensa, fotografías familiares y las carátulas de sus
discos nos enteramos de manera fidedigna sobre su historia que dura hasta hoy.
Los movimientos son 11 capítulos y el más crudo y desolador es 48 horas, donde
se narra un suceso cotidiano para la época.
Cuenta Amaro: El 10 de septiembre de 1977, el Charles y yo salimos a la calle a
repartir volantes y afiches que imprimimos con un poema mío. Decía “Chile triste,
nada debes celebrar / Sangre hermana derramada / y hermanos de incógnitos
destinos / oscurecen el sol de este día.
Los pegábamos en los muros, los tirábamos, los metíamos debajo de las puertas.
Subimos a una micro que iba por Avenida Matta para seguir repartiendo, y el
Charles lanzó algunos volantes hacia afuera por la ventana. Bajamos, nos
subimos a otra, y detrás nuestro subieron dos carabineros. Nos habían sapeado.
No nos dimos cuenta.
Y Charles continúa: Obviamente tuvimos mucho susto. Pero nació la canción
“Espíritu Santo”. Esa canción fue el vuelco de todos esos sentimientos. Ahí está
sintetizado eso que se vivió.
“Tengo un diablo en mi corazón
que me quiere hacer callar
tengo un diablo en mi corazón
que me quiere hacer callar
es el temor
es el temor
pero mi pueblo me grita en silencio
que no deje de cantar
pero mi pueblo me grita en silencio
que no deje de cantar
de la muerte tengo un árbol
que me da la vida”.
Jaime Roos, cantante, músico, productor y compositor uruguayo editó el año 1982
bajo el sello Orfeo la canción “Adiós Juventud”, y su letra dice: “Adiós Juventud /
no puedo esconder las canas / Adiós Juventud / las ganas de volver a salir / a
marcha camión / a grapa y limón / me queda un verso por decir / antes de partir /
Adiós Corazón / Adiós Carnaval…” y se convirtió en la génesis de la canción más
emblemática que nos otorgó la banda, esa que llamaba a apagar la tele y caminar
por las poblaciones populares observando la realidad. En tono carnavalesco la
denuncia se transforma en fiesta, en la catarsis rabiosa y a guata pelada de los
recitales.
La cantante chilena Charo Cofré, a su regreso del exilio en Italia conduce un
programa musical en TVN llamado “Los musicantes” y conversa con Sol y Lluvia,
interpretan canciones en vivo junto a un videoclip* precario, donde los vemos
aburridos bostezando y decididos a apagar la tele. Salen por las calles de La
Legua en un carretón de mano ante la curiosidad de los vecinos y la invitación de
unos niños a disputar una pichanga en la cancha. Juegan de local.
“A esta hora justamente a esta hora
en que tu cerebro empieza a cabecear
con la última telenovela
quisiera sacarte a caminar
en un largo tour
//por Pudahuel y La Bandera
por Pudahuel y por La Legua//
y verías la vida tal como es.”
El negacionismo persiste hoy, niegan las violaciones a los Derechos Humanos en
nuestra patria siendo que los huesos también cantan y denuncian. El año 1978 se
encontraron restos humanos en unos hornos de una mina de cal, los cadáveres
colgaban desde el socavón, 15 campesinos torturados y asesinados, cuyas
edades fluctuaban entre los 17 y 51 años. Un aviso a la Vicaría de la Solidaridad
logró corroborar el asco y su fotógrafo, Luis Navarro registró la masacre
guardando absoluto silencio para que la Dictadura no ocultara la evidencia.
Uno de los rostros emblemáticos de la Agrupación de Familiares de Detenidos
Desaparecidos fue Elena Muñoz, viuda de Sergio Maureira Lillo y madre de
Rodolfo Antonio, Sergio Miguel, Segundo Armando y José Manuel, quienes fueron
detenidos y asesinados por carabineros. Purísima de Lonquén nos dejó con un
dolor inmenso en su alma, al igual que tantas mujeres luchadoras en Dictadura
que se han ido sin justicia, de las cuales nos queda su ejemplo y su fortaleza.
Los Hornos de Lonquén confirmaron la existencia de torturados y desaparecidos
bajo la dictadura de Pinochet, hoy continúa la lucha por la verdad y la banda
canta:
“Sabíamos
que no eran nuestros compañeros
los que allí
estaban.
Sabíamos
que no eran nuestros camaradas
los que allí estaban,
pero sabíamos
que eran nuestros hermanos.”
La solidaridad y la Pazciencia fueron consigna y acción para Sol y Lluvia, el
mundo popular es generoso y en tiempos de vacas flacas se unen para salir
adelante. En los ochentas las ollas comunes fueron indispensables para paliar la
cesantía y la solución gubernamental proyectada en el PEM (Programa de Empleo
Mínimo) y el POJH (Programa de Ocupación para Jefes de Hogar), políticas
municipales para ocultar la miseria y el hambre que eran una burla.
Aquél sueño colectivo propuso la banda y la fidelidad de sus fans es a todo
terreno, siendo los primeros en llenar el Estadio Nacional.
En 170 páginas “Sol y Lluvia, voces de la resistencia” logra sumergirnos en
nuestra historia contemporánea, una mención especial a la editorial que con sus
diseños delicados, hermosamente trabajados y con la estética del libro/objeto,
logran darle un realce al trabajo de investigación.
En toda historia hay dulce y agraz. Acá hay una separación. Amaro sigue con el
Sol y Lluvia, celebrando unos días atrás 40 años, Charles continúa liderando la
banda Antu Kai Mawen y Jonny trabaja en el Centro Cultural de San Joaquín.
Como seguidores perpetuos de la banda no renunciamos a volver a cantar junto a
los hermanos Labra sobre el escenario, sea la calle o el Estadio Nacional juntos
entonaremos, todas las gargantas proletarias “A recuperar el valle, señora”.
Sol-y-Lluvia-Canto-vida-1985

DECLARACIÓN PÚBLICA A TODOS LOS PUEBLOS

Como agrupación Solidaridad y Memoria, queremos denunciar que nuestro hermano y compañero, histórico luchador internacionalista de la resistencia en contra de la opresión a los pueblos, Mauricio Hernández Norambuena, hoy  enfrenta un nuevo ataque a sus más elementales derechos, por parte del gobierno de Jail Bolsonaro.

 

Mauricio Hernández Norambuena fue sacado, en medio de una operación  secreta, desde la Penitenciaría de Avaré para quedar a disposición de la Policía Federal en Sao Paulo, sin previa notificación a sus familiares o a sus abogados, transformando esta maniobra, en un verdadero secuestro, que hoy se pretende silenciar.

 

Mauricio Hernández Norambuena lleva 17 años recluido en Brasil, de ellos sólo hace pocos meses que salió del aislamiento total, sin que exista otro caso igual en ese país. Sometido a una permanente tortura sicológica, durante todo sus años de cautiverio, ha debido sufrir condiciones carcelarias inhumanas, las que han sido denunciadas incluso por organismos internacionales de Derechos Humanos, a las que se debe agregar los casi 4 años de encarcelamiento en Chile, sin embargo, nada ha doblegado  su condición de revolucionario.

 

Se equivocan si piensan, que este nuevo acto de ensañamiento contra nuestro hermano, será un escarmiento para los revolucionarios y luchadores sociales, al contrario, reafirmamos nuestras convicciones y nuestro compromiso por la luchas de los pueblos, y nos unimos para seguir denunciando el posicionamiento del fascismo en América Latina.

 

Hoy, una vez más, debe enfrentar situaciones de ilegalidad, con este traslado a un recinto, que se usa como lugar de tránsito para prisioneros que esperan ser expulsados o extraditados a otro país, sin que su defensa legal o su familia tenga información certera sobre su actual condición, lo que da lugar a la legítima preocupación por su integridad física y sicológica, tanto de su familia, como de sus compañeros y hermanos, no sólo en Chile, sino en diversos países que siguen esta noticia en estado de alerta.

 

Ante este eventual “secuestro”, sin conocer con certeza las razones, ni su nuevo destino, es necesario recordar que la Corte Suprema de Brasil, en 2003, condicionó la rebaja de sus condenas en Chile, para permitir la extradición de Mauricio Hernández Norambuena a este país. Si ese fuera el caso, las irregularidades e ilegalidades siguen siendo la constante en torno a su encarcelamiento, transformando esta operación, en el traslado de un prisionero entre gobernantes fascistas, como en los viejos tiempos, en que en medio del Plan Cóndor, los dictadores intercambiaban “trofeos” en su cruzada por el sometimiento de los pueblos.

 

Exigimos el inmediato esclarecimiento de estos hechos, y el pronunciamiento de la comunidad internacional.  Los tribunales chilenos no han rebajado las condenas de Mauricio Hernández Norambuena, y por tanto, no existen las condiciones, que impuso el máximo tribunal brasileño para su extradición.

 

Chile, es un país donde reina la impunidad, la corrupción y la derecha fascista gobierna para el enriquecimiento de unos pocos empresarios, a costa del dolor, la explotación y la criminalización del pueblo.  Como agrupación, expresamos nuestra solidaridad a la familia y nos hacemos parte de este llamado a la comunidad internacional, para que Mauricio Hernández Norambuena, pueda ser acogido en un país, donde impere el Estado de Derecho.

 

AGRUPACIÓN SOLIDARIDAD Y MEMORIA

 

Hugo Marchant,  hugo.marchant844@gmail.com

José Luis Medina, wichail.jmls@gmail.com

Richard Ledesma, rledesmaplaza@gmail.com

Sandra Trafilaf, strafilafy@gmail.com

 

Agosto 19 de 2019

por Daniela Catrileo.
Para comenzar a leer La hija de la lavandera de Yeny Díaz Wentén, quizás habría
que realizar un ejercicio anterior. Ir en busca de una pintura que representa un
paisaje campesino y una escena entre dos personajes populares del mundo
latinoamericano: El huaso y la lavandera, del alemán Juan Mauricio Rugendas de
1835. Una obra romántica que intenta plasmar un encuentro en el río. La imagen
muestra a una mujer que lava con sus brazos fuertes una tela blanca, mientras un
hombre con poncho rojo, la observa y acompaña montado sobre su caballo. Como
dato aparte, en el dorso de un dibujo que realizó Rugendas sobre este tema,
existe un diálogo escrito, entre ambos protagonistas. El huaso dice: “¿con que
lavando?” y la lavandera responde: “y con jabón”.
Menciono esta pintura para dar comienzo a la lectura, pues es la misma poeta
quien en una entrevista para Mapuexpress hecha por Ange Valderrama Cayuman,
durante el año 2016, hace este guiño. Nos dice que hay un ambiente parecido a
ese cuadro, además de agregar otros aliños a nuestro vaivén por las aguas del
libro. En ese entonces, ya nos adelanta que trabaja en la historia de una mujer
pobre que cuenta su vida como lavandera en el río.
La hija de la lavandera comienza y termina entre achiras, flores que acompañan y
adjetivan los diversos cantos y poemas que forman el conjunto. Digo cantos
aunque quizás en la poética de Yeny, no podría hacer una división entre wirin y
ülkantun, entre letra y ritmo, pues cada verso va con aquella composición sonora
donde su voz resuena arrastrando la cadencia que otorga su trabajo. Ya lo
veíamos en Exhumaciones (2010) y Animitas (2015), sus libros anteriores. En esta
última obra reafirma su paso y decisión por elegir una escritura que se asemeje al
habla aferrada al mundo rural, campesina y coloquial. La naturaleza se hace parte
de un lenguaje que conoce y le ha prestado oído. Pues, una y otra vez vuelve con
sus animalitos para incorporarlos como parte fundamental de la personificación
humana. Sus personajes van desfilando en conjunto a sus sonidos, cada uno
hilado a su propia sinfonía.
Apenas abrimos el libro, nos encontramos con una narración censurada. Una
especie de relato fragmentado en cantitos con señales para entender cómo se va
articulando este paisaje entre: señorito y lavandera, madres e hijas, la capital y el
pueblo. Nos entrega sus primeras pistas sobre el rezo, el parto y la huida de las
voces que componen esta historia de lavandera madre y además hija de otra
lavandera, quien la concibe en ese río que en el paso de los poemas se vuelve
fuente y testigo. De hecho, el caudal es quién será el paisaje constante entre el
oficio de lavado, los encuentros eróticos enlazados, las pérdidas y los muertos que
llegarán a flotar en él. La mujer de estos poemas nos relata la intimidad entre los
quehaceres del enjuague. En un primer momento, nos habla de amor, ternura y
penas mientras saca la mugre y enreda a sus palabras las sábanas, la artesa, el
jabón, la ropa, las pulgas del gato y una y otra pregunta se deslizan por su
espuma. Luego, en un lenguaje shumpall como un eco a Roxana Miranda Rupailaf
y su wirin, nos hace testigos de la primera visita al mar, donde las aguas y algas
se transforman en oscilación y erotismo: “Grite en su calurosa espiga salada y
erguida” o “besar sus dedos peces sus cabellos lobos cuando conocí el mar” y
“Fue tanta la gana que olvidé el río y sus piedras”.
En un segundo momento, aparecen las calles de la Capital, las casas ajenas
desde donde el río es un recuerdo que carga como identidad y memoria. Desde
esa urbanidad se pregunta mientas las golondrinas la castigan: “¿Qué soy acá?
¿Qué es de mí acá? Es hora de ir a casa, mucha letra y demasiada cobardía,
nadie muere de amores. Capital que la derrumba y desde donde reafirma con
fuerza su posición en el mundo: “por ser india, lavandera y champurria”. Y Nos
revela: “Prefiero ser pobre, un río y del peumo”. Cuestión que instala la conciencia
que tiene de habitar su cuerpo, su territorio y su historia, con todas las voces que
carga tras él. Es imposible no subrayar lo champurria como elección, pues Yeny,
se reconoce en ese choque identitario que carga lo mapuche como memoria
común, haciéndola parte de una genealogía de lo champurria que se instalará con
fuerza desde el universo de la literatura y el arte. Una reivindicación de un entre
lugares, que fue tachado durante tanto tiempo. Y no sólo eso, sino el
reconocimiento de la pobreza y el oficio de lavandera de las clases sociales más
azotadas por el país, el trabajo que adoptaron la mayoría de quienes se ubicaban
en los bordes de la visibilidad, subsistiendo en la economía de las aguas como un
lugar digno que dividía al mundo: entre a quienes les lavaban sus ropajes y
quienes tenían que lavarlos para comer. Pues, por mucho que todos ensucien sus
ropas, sigue existiendo la verticalidad que conformó toda una subjetividad de
clase: “La gente odia a los pobres porque llevamos/ el olor a humo en el alma”.
En las páginas siguientes, traza la frontera entre el nacimiento de la hija y las
apariciones de las muertes que van a penar hasta el final del libro, como pequeñas
huellas de lo que se viene. Animales que mueren, otros que asesinan y el llanto
como continuum del cauce se vuelve desamor. La pérdida amorosa se articula
justo posteriormente a esas señales donde se dice: “Sáquenlo a golpes el martirio
de este corazón/ que se quema de la pena de no ser amor que se espere” o “como
la pena de viuda que te tengo”. Esa pena profunda se configura como el momento
donde el poema no se muerde la lengua para ocultar, sino que muestra toda su
ropa sucia ante sus lectores. Esto, por más que la capital haya querido instalar el
silencio y la mudez en el habla de lavandera. Pero la lengua se va soltando en
honestidad y toda esa ternura inicial se vuelve asco y rabia, ante a quien se amó
alguna vez. Todo frente a los ojos inquisidores de quien la ven de vuelta por el
pueblo, sin marido, “vestida de miseria”, resignada y sola. Sólo para reafirmar esta
sentencia en una de sus vueltas con los versos: “Yo entré a tu casa y me fui
recordando que los hombres/ de tu porte están llenos de agua y de mugre”.
La muerte no deja de perseguir la poética de la poeta o es ella, quien se aferra a
ese instante como reivindicación de una memoria que politiza. La pérdida en el
libro no es sólo del amante, a quién vemos con los apodos de: hombre pájaro,
muchacho, señorito. Sino que esos abruptos finales tienen también una hebra que
continúa por estos versos que también leímos en los diálogos que hacen Los
callados de su libro Exhumaciones. Esa hebra es el acontecimiento del asesinato
de su abuelo Manuel Wentén Valenzuela durante dictadura, a quién vuelve a traer
en estas hojas, pues su muerte es el legado que no olvida y que se nombra en el
poema: La herencia. Junto a Manuel también se levantan otros muertos que se
nombran, en el poema: De cuando la lavandera conoció a la Juana niña, podemos
leer a Amador Zúñiga y Hortensia Llancamil. El río guarda sus voces, guarda la
tragedia y la de todos aquellos que quisieron silenciar con sus muertes. Sin
embargo, aquellas desapariciones forzosas que aún resuenan trágicamente en
nuestra historia, también se suman las desapariciones y asesinatos recientes en
posdictadura como el caso del joven mapuche José Huenante, a quién la poeta le
dedica un arrullo, como hilando esta trama de horror que no se ha detenido para
nuestro pueblo: “Ay de mi niño encardado susurra/ mi cielito Huenante”.
Finalmente, hay algo que queda rondando en esta lectura como esos cantitos de
la ñaña Yeny. Porque la poeta elige exorcizar los miedos en el poema “Lanita
mía”, donde su voz dice: “que no te persigan los miedos de tus familiares te libero/
no hay peor carga que el de otro”. Y es que después de tantas pérdidas y muertes,
elige también conjurar la mala herencia con su caldero hirviendo. Pues como
buena lavandera sabe que el agua en su proceso de ebullición mata al bicho, o
puede limpiar en su música de hervor los temores de otros. Esa es justamente la
liberación que elige la poeta, para la niña Ela y también para sí misma, con su
escritura achirada decide no morderse otra vez la lengua.
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COMUNICADO

Desde el 14 dejulio de 2019, el sindicato de trabajadoras y trabajadores de Acción Social de la ACJ de Valparaíso se encuentra en un proceso de negociación colectiva para mejorar las condiciones laborales de  más de 70 trabajadores que actualmente trabajan en programas licitados por el SENAME, con niños vulnerados en sus derechos y también jóvenes que cumplen sanciones en el context de Ley de Responsabilidad Penal Adolescente.

Lamentablemente hasta el momento los representantes del empleador se han negado a llegar a un acuerdo que conlleve beneficios a sus trabajadores.

 

A continuación les compartimos el Comunicado del sindicato:

Comunicado Público Asamblea de trabajadoras y trabajadores Asociación Cristiana de Jóvenes de Valparaíso.

“El sindicalismo es una necesidad para el asalariado; los dones de la tierra son un don del creador para todos sus hombres, donde el obrero debe tener una participación más justa en esos bienes… Si el obrero quiere asumir la parte de responsabilidad que le incumbe en la dirección del trabajo, en la reforma de las estructuras económicas de su país y del mundo; no tiene más que un camino: Unirse a sus compañeros de trabajo”. Alberto Hurtado, 1950. Sindicalismo: Historia, teoría y práctica.

A la comunidad en general:

Les saludamos fraternalmente e informamos que desde el 14 de Junio de 2019, el Sindicato de trabajadoras y trabajadores de Acción Social de la ACJ de Valparaíso se encuentra en un proceso de Negociación Colectiva reglada con su empleador, la Asociación Cristiana de Jóvenes de Valparaíso.

Desde el inicio de este proceso nuestra organización ha mantenido la voluntad de arribar a acuerdos con su empleador que permitan mejorar las condiciones de trabajo de los/as más de 70 trabajadoras/es que se desempeñan actualmente en la ejecución de programas licitados por el SENAME en sus líneas de atención a niñas, niños y jóvenes vulnerados en sus Derechos y adolescentes que cumplen sanciones en el contexto de la Ley de Responsabilidad Penal Adolescente (Ley 20.084). Pese a esto, y a partir de distintas estrategias dilatorias y de obstaculización al normal desarrollo de la negociación, la ACJ de Valparaíso, representada en su comisión negociadora por David Gutiérrez, Guillermo Mardones y Cristian Green, ha negado toda posibilidad de lograr la firma de un instrumento colectivo que contenga mejoras en las condiciones laborales de sus trabajadores/as.

Primero, a través de la invocación en su respuesta al petitorio entregado por el Sindicato en el contexto de Negociación Colectiva reglada, del odioso artículo 304, inciso tercero, del Código del Trabajo, el cual, a partir de una antojadiza interpretación del nuevo Director del Trabajo, Mauricio Peñaloza Cifuentes, adalid del nefasto gobierno del presidente Sebastián Piñera, niega a los sindicatos de empresas que licitan programas del SENAME, y de otras instituciones públicas como Universidades o Institutos, la posibilidad de negociar colectivamente con su empleador, pese a que hace más de 20 años que este Derecho era ejercido normalmente por este tipo de organizaciones.

Y en segundo lugar, negándose a negociar de manera no reglada la firma de un convenio colectivo que asegure la obtención de diversos beneficios por parte de los trabajadores y trabajadoras sindicalizados, e incluso para aquellas/os que no lo están.

Estas acciones, sumadas a otros subterfugios utilizados por el empleador para debilitar la fuerza  del sindicato, hacen que al día de hoy las posibilidades de llegar a un acuerdo con la ACJ estén cerradas.

Como Asamblea, hacemos un llamado a nuestras/os compañeras/os de trabajo, sindicalizados/as o no, a otros sindicatos y organizaciones afines, y a todas/os quienes solidarizan con las justas demandas de los/as trabajadores/as del país, para que se mantengan alerta y apoyen todas las acciones de visibilización del conflicto y de reinvindicación del Derecho a negociar colectivamente que emprenderá nuestra organización, y del mismo modo, invitamos a la Asociación Cristiana de Jóvenes de Valparaíso, representada por su Directorio, a que reflexione respecto a su accionar, considerando el espíritu cristiano que anima su existencia, para que reconozca en sus trabajadores/as a sus hermanos/as; para que vea en ellos el “rostro de Cristo”, tal como lo hicieran el padre Alberto Hurtado, el cardenal Raúl Silva Henríquez o el padre Mariano Puga, quienes de manera decidida tomaron la opción por los/as pobres, los/as oprimidos/as y los trabajadores/as, y realicen acciones tendientes a retomar la opción de negociar con el sindicato de su empresa y comprometerse de manera decidida con la mejora en las condiciones laborales de las personas que día a día se desempeñan en sus distintos lugares de trabajo.

¡La ACJ de Valparaíso, 107 años de existencia, 107 años de precariedad laboral!

Arriba lxs que luchan, abajo la precariedad laboral Sindicato ACJ Valparaíso