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Por Marcelo Arce Garín.

Con nuevo libro bajo el brazo nos visita el poeta y antropólogo Yanko González Cangas. Objetivo General es la reunión de los trabajos Metales Pesados, Alto Volta, Elábuga y Torpedos.

En el marco del Festival de Autores de Santiago (FAS), el día sábado 28 de septiembre se lanzó el libro editado por Lumen y también aprovechamos de abrazar y conversar junto al poeta.

Hablamos de poesía, fascismo y como cohesionar lo pop con la academia sin que se agarren a arañazos y desvirtúen la eficacia del poema.

Actualmente regresas de Inglaterra donde estuviste los últimos años como profesor visitante en la Universidad de Newcastle investigando sobre juventud y fascismo. ¿Cómo veías nuestro país desde lejos, consciente de que no te desconectas de nuestra realidad provinciana y como conectas sociológicamente nuestros jóvenes con los de allá?

Aunque tuve que cumplir mis placeres como antropólogo, también cumplí mis adeudos como poeta, con las distancias y dificultades de la lengua y aquellos choques culturales, embarazosos, divertidos, a veces deshonrosos, pero que de tan cautivantes, nos hacen un poco menos cretinos. He intentado sumergirme en la lengua, haciendo vida de barrio y de ciudad, traduciendo y leyendo. Y como leer el mundo u otros mundos, es en gran medida empalabrarlo, me alenté a avanzar en mis libros de poesía que tenía pendientes y que finalmente salieron publicados en Objetivo General. En este trance y como anécdota me reencontré después de mucho tiempo con lo mejor del humor de nuestro país a través de un chileno patiperro que le costaba el idioma y que me dijo “que estúpidos son los ingleses, yo he estado aquí 10 años y todavía no pueden entenderme”. Pero bueno, Desde cierto shock cultural -en mi caso buscado- uno tiene el ojo puesto en el lugar que llega más que el que deja. De hecho, intenté no saber nada de Chile hasta que inevitablemente por mis investigaciones tuve que volver al Chile de la década de 70, específicamente, al momento más crudo del proceso de fascistización de la dictadura cívico-militar chilena, cuya expresión más visible fueron los actos de masas juveniles en el cerro Chacarillas de Santiago. Una pesadilla sólo soportable a la distancia, pero que te permite leer algunos fenómenos de otro modo. La oleada de populismos de derecha y “fascistizados” en América Latina, ha puesto nuevamente en escena la discusión sobre la vigencia y amenaza del fascismo genérico, es decir como una categoría no sólo situada en Europa y en la época de entreguerras. De ahí que podamos encontrar las claves en las segundas oleadas de dictaduras en América Latina (60′ y 70′) para comprender este presente. En el caso de Chile, es bastante claro, pues en el actual gobierno de Piñera están algunos protagonistas y artífices del proceso fascistizador de Pinochet el que – sostengo- se vertebró a partir sus políticas juveniles, es decir a través de la Secretaría Nacional de la Juventud(SNJ) y el Frente Juvenil de Unidad Nacional(FJUN). Recordemos, el Ministro del Interior Andrés Chadwick fue Secretario General del FJUN, miembro de la SNJ y unos de los 77 jóvenes que juraban lealtad a Pinochet en medio de las marchas de antorchas en el cerro Chacarillas y en los campamentos juveniles. Lo mismo pasa con algunos senadores, como Juan Antonio Coloma o Iván Moreira, quien como Secretario Regional de la SNJ llamaba –en medio de marchas multitudinarias en la cuidad de Punta Arenas- a “destruir a los enemigos de la patria”.  Ellos, así como la nueva ultraderecha chilena –con José Antonio Kast a la cabeza y su “hermandad” con Bolsonaro y VOX en España- y sus ideas políticas migratorias, educativas, de género y juveniles (“toque de queda” en los barrios para menores de 16 años), etc., se entienden mejor a partir de esta historia del “tiempo presente”, fraguada sobre todo entre 1973 y 1983 donde junto al estado policial terrorista se amplificó una narrativa palingenésica como tentativa de institucionalización de una religión política articulada por el culto y sacralización de Pinochet y la juventud. Pero es difícil comunicar esto, porque Chile pareciera que más que libertad de opinión, hay libertad de “impresión”.

Al inicio de tu libro “Elábuga”, editado el año 2011 en Valdivia. Poemas de anticipo con mucha soga en el cogote, citas unos versos del tremendo Alfonso Alcalde. “Hoy un hombre se subió a un árbol y el árbol bajó por el hombre”. Desde la anulación y posterior suicidio. ¿Qué motiva a Yanko González cuando abre sus ojos diariamente y pone el primer pie bajo la cama (supongo el derecho)?

No, el izquierdo. Pero últimamente el ánimo no ha andado bien, por problemas de salud, pero sobre todo porque han muerto amigos y parientes en estos últimos tiempos. De hecho he ido tachando los nombres de los amigos muertos en mi libretita. Han sido muchos, así es que se me adelgaza el futuro. Ya ves, como las vacas, el poeta debiera tener más de un estómago para digerir tanta realidad.

Actualmente nos convoca la edición del libro OBJETIVO GENERAL que reúne treinta años de trabajo, un oficio que nos deja libros genuinos y osados como “Metales Pesados”, “Alto Volta” y nos da una yapa provechosa con el inédito “Torpedos”. Miles de voces se asoman en tus poemas, desde las carreras de motocross en el cerro Chena de San Bernardo, música, ironía lumpen y academia, una juguera feroz. ¿Cómo logras cohesionar lo pop y la academia sin que se agarren a arañazos y desvirtúen la eficacia del poema?

Objetivo General tiene esa constante que tú describes, pues eso es lo que me constituye, esa patria que es mi juventud barrial en San Bernardo y lecturas y voceos incesantes que no he dejado de anotar desde ese entonces. En cada libro he explorado una solución a las voces “nutricias” con las que han ido escribiéndose. En Metales Pesados muchas de las fuentes son orales y el recurso son las notas al pie que disputan y finalmente colonizan la voz principal de los poemas. En Alto Volta hay un trabajo con fuentes históricas y documentales sobre nacionalismo, xenofobia y xenofilia y la idea fue disponer textos como “ecos” de esas citas y fuentes, no tanto para disputarle protagonismo al poema, sino para deformarlo, de ahí que varios están acompañados de fragmentos textuales impresos en gris, al costado o sobre el poema principal. En Elábuga, las voces eran más cercanas y la decisión fue transformar el interior de la extensa tapa del libro en una muralla donde diferentes poetas escribieran mi obituario. Ahora en Torpedos parte importante de las fuentes no son textuales, sino materiales, por tanto estarán referenciados en el objeto en que están inscritos. En la cocina de mi escritura hay poco misterio. Cuando estoy abocado a ello, observo, pregunto, escucho y registro profusamente; me paso mucho tiempo investigando y transcribiendo y demasiado tiempo probando versiones de poemas que, muchas veces, se publican 10 años después.

Todo ello se traduce también en este libro recopilatorio con un eje que creo va desde una suerte de ruina sintiente hasta un odio pensante en relación al absurdo de luchar hasta para abandonar el mundo, como en los poemas sobre el ahorcamiento en Elábuga, el absurdo y por tanto la renuncia de creerse la voz nativa o calificada para hablar por otros, por la marginalidad o el lumperío joven y libertario, como en Metales Pesados, el sinsentido de “pertenecer excluyendo” a través de discursos nacionalistas y nacionaleros en Alto Volta o el absurdo de estampar unas memorias y unos saberes por sobre otros, para alcanzar lo que un puñado ha definido como existencia, que es el caso de los poemas-objetos deTorpedos.

En otras palabras, desde el título que da cuenta en su burocrática expresión, enfática en promesas como sólo puede serlo un ampuloso objetivo general, doy cuenta del hastío de la vida convertida en una sucesión de finalidades, de peldaños eternos para llegar a ser “alguien” en la vida y en la propia literatura, que en este caso se emparentaba en forma directa con el imaginario antológico de un libro como éste, saturado de trayectoria, de lo mejor de una supuesta linealidad ascendente. Y lo que hay en el libro –y me costó ver y entender esa realidad- no es más que un puñado de poemas y lo único que cabe, si se quiere, es creer en ellos, porque hasta lo versos van dudando de sí mismos.

El clic tuvo que ver con la consabida disputa entre lo que se debe aprender y lo que no, que en términos de memoria social se traduce tanto en la sanción del recuerdo como en su obligatoriedad. Obviamente esto excede los espacios educativos formales, pero en ellos se da de forma más pura. Poco a poco comencé a tentar caminos que dieran cuenta de esas arbitrariedades culturales, de esos deberes nemotécnicos y sociales para cumplir las expectativas o los supuestos objetivos imprescindibles para consumar un “perfil”, “realizarse” o ser “alguien de bien” para la sociedad. En este sentido, los microscópicos y deshonrados torpedos -o “machetes” como les dicen en Argentina- me parecieron una modesta pero reveladora metáfora del problema. Es decir, ni arte ni artesanía, sólo un efímero engaño y autoengaño como única resistencia a esos absurdos mandatos retentivos. Aunque demorosa, como ocurre en la real realidad escolar, la faena implicaba visualizar la forma de esconder el torpedo, dar con el poema como un imperativo de aprendizaje y finalmente el trabajo manual de fabricarlo, teniendo mucha piedad por el detalle. Además de ello y como se puede ver y leer en el adelanto de este libro en Objetivo General, se interponen entre cada grupo de torpedos poemas narrativos, una especie de cocoliche académico irritante que proviene de mis notas etnográficas y sirven de gozne para unir el todo. En general he sido feliz escribiendo y esculpiendo este libro. Se suele decir que uno escribe la realidad que necesita, no la que ve. Pero intuyo que Torpedos es un libro que oscila entre la conjetura y lo reiteradamente visto, como el cantinfleo formativo. Como decía un poeta, amigo y profesor en Durham, el secreto de enseñar es parecer que tú has sabido toda la vida lo que acabas de aprender esta misma tarde.

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*Fotografía de autor: Cecilia Hormazábal Hevia.

 

Pablo Ospina Peralta

La quita de subsidios a los combustibles, tras la vuelta de Ecuador al FMI, desató una ola de movilizaciones que recuerda los ciclos de protestas de fines de la década de 1990 y comienzos de la de 2000.

Una semana antes de que estallaran los primeros brotes de la protesta de los transportistas, el vicepresidente de la República, el empresario Otto Sonenholzner, ya estaba pidiendo perdón por las medidas que se avecinaban. Esta semana el país se encuentra envuelto en una ola de protestas que recuerda las de fines de la década de 1990 y comienzos de 2000 y que obligaron a cambiar la sede de gobierno a Guayaquil ante la amenaza de la movilización indígena sobre la capital.

Ecuador le pidió al FMI 4.200 millones de dólares y a otros organismos multilaterales otros 6.000 millones para sanear sus cuentas fiscales, en un contexto de economía dolarizada en el que los instrumentos de política monetaria son inexistentes. A cambio, se comprometió a impulsar «reformas estructurales».

Una parte de la brutalidad de las medidas económicas y del insólito raquitismo de las compensaciones (solo dos días después de las protestas lideradas por los transportistas se anunció que se revisaría el costo de los pasajes) provino de la presión fiscalista y de la temeraria austeridad a la que nos tiene acostumbrados la sabiduría del FMI. Pero otra parte se originó en una genuina y sincera ceguera vernácula ante el peso del sacrificio que se les exige a los pobres.

Meses repletos de tertulias televisivas y radiales entre los mismos opinólogos neoliberales que despotricaban contra el déficit fiscal y la «obesidad del Estado» como los mayores problemas del Ecuador contemporáneo convencieron al gobierno, a la prensa y a sus amigos de las cámaras empresariales de que había un consenso para las medidas de ajuste. Ayer un periodista manifestaba su insólita extrañeza: «No entiendo –decía– esta furia desatada cuando estábamos de acuerdo en que eran medidas necesarias». ¿Necesarias para quién?

Entre todas las medidas, la supresión de los subsidios a la gasolina de 85 octanos y al diésel (el gasoil) es la más importante y la que más contribuye al incendio que nos rodea. Según cifras gubernamentales, estos dan cuenta de 1.500 millones de dólares de los más de 2.000 millones que esperan recuperar con todas las medidas juntas. El diésel, que sirve para el transporte pesado de mercancías y para el transporte público de pasajeros, da cuenta de 1.170 millones, mientras que la gasolina, que afecta ante todo a los automóviles privados, de propiedad de 25% de la población, explica los 330 millones restantes. Para ser más claros: el gobierno decidió que el 75% más pobre de la población, que usa el transporte público, debía pagar 78% del costo de la eliminación del subsidio, mientras que el 25% más rico de la población debía pagar el 22% restante.

El mayor problema económico de Ecuador no es el déficit fiscal, como aducen los neoliberales. Hay un problema fiscal, pero no es ni remotamente de la misma magnitud que el problema del déficit de la balanza comercial y de la balanza de pagos. Todo lo importado es más barato, producto del régimen de la dolarización que impide devaluar la moneda nacional. Por eso miles de ecuatorianos acuden cada día a comprar todo tipo de productos a Ipiales (sur de Colombia) o Piura (norte del Perú). Los tejidos colombianos están desquiciando la producción textil del país; los zapatos brasileños están destrozando la producción de calzado de Tungurahua; lo mismo sucede con las confecciones chinas, el ganado peruano, la leche argentina, los automóviles europeos. Ecuador es un país demasiado caro para producir.

La dolarización, en un contexto de apreciación del dólar y devaluación generalizada en América Latina, convierte también a Ecuador en un destino turístico demasiado caro para recibir a los visitantes que podría. Como Argentina en el año 2000, bajo el régimen de la convertibilidad, Ecuador importa todo y lo que exporta es cada vez más difícil de colocar. El impacto inflacionario de la subida de 130% en el precio del diésel es grande aunque difícil de precisar: sus efectos se expanden mediante el aumento de los pasajes y del precio del transporte de todas las mercaderías. Por la vía de la inflación, el problema de competitividad recrudece.

No contento con empeorar drásticamente el serio problema de la competitividad externa, el gobierno de Lenín Moreno anunció otras medidas que solo pueden ser calificadas de suicidas: reduce los aranceles a computadoras, tablets, teléfonos y automóviles para que las importaciones de bienes de consumo se hagan más baratas. Y reduce a la mitad el impuesto a la salida de divisas, lo que hace que el déficit de la balanza de pagos empeore. La ceguera no conoce límites. El subsidio a los combustibles podría perfectamente modificarse sustancialmente: que lo pagaran los automóviles privados y subsidiaran con su pago el transporte público, de personas, de alimentos y mercaderías. Un alza mucho mayor de las gasolinas y el mantenimiento o un alza muy moderada del diésel habrían podido financiar de otro modo la eliminación del subsidio haciendo recaer 78% del peso de su costo en el 25% más rico de la población. Pero una medida de esa naturaleza no entraba en el radar del gobierno. Era posible incluso, de esta manera socialmente más justa, contar con un excedente para modernizar ecológicamente el parque automotor del transporte público y avanzar en un sistema razonable de subsidio al transporte masivo desincentivando el automóvil privado.

El resultado de su ceguera de clase les estalla en las manos y han reaccionado con un estado de excepción desproporcionado y una represión que solo rivaliza con la del correísmo en sus peores momentos. Esta vez, a diferencia de los tiempos de Correa, Moreno cuenta con el apoyo incondicional de los grandes medios de prensa. Moreno pensó quizás, con los mismos lentes deformados, que el gobierno anterior había debilitado, criminalizado y golpeado lo suficiente a la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) para no tener un liderazgo social en la resistencia. Las protestas se han extendido y alcanzan carreteras en la Costa y zonas empobrecidas de las áreas urbanas. Es una clásica protesta contra el ajuste fondomonetarista, que ensancha el foso que separa a los sectores empobrecidos, que son condenados a cargar el mayor peso de la crisis, de los sectores privilegiados, que se resguardan de ella.

Al momento de escribir estas líneas, está convocada una huelga nacional para el 9 de octubre. El gobierno y la prensa acusan al correísmo de estar detrás del escenario con planes de desestabilización y a la Conaie de ser el caballo de Troya del viejo dueño del país. La acusación no es nueva. La hacía el correísmo cada vez que había un levantamiento en su contra: los indígenas y los ecologistas le «hacían el juego a la derecha». Pero los movimientos sociales siempre han buscado un camino de autonomía en el que los enemigos de sus enemigos no son necesariamente sus amigos. Siempre existe la posibilidad de una renacimiento correísta. Pero ese riesgo es entera responsabilidad de Moreno y no de los movimientos de protesta.

Qué efectos tendrá todo esto en un plazo mayor sobre un gobierno débil e inepto o quién será capaz de capitalizar el descontento dependerá de la política de los próximos días y los siguientes meses. La suerte no está echada. Lo que sí está claro es que cualquier gobierno que venga pensará tres veces más antes de tomar medidas similares.

 

Prólogo

Escritura en el tiempo.

“Crónicas de Carmen Berenguer”

 

Raquel Olea.

Las crónicas de Carmen Berenguer abren verdades de una época de (des)esperanza, escriben el paso y el peso de 17 años de dictadura, piensan las afecciones de la vida política, la vida social; su mirada apunta a producir significaciones: los mapas y gestos de la ciudad, las hablas, los cambios en los modos de comunicar, los lenguajes visuales, la memoria; las violencias de un proceso histórico. La autora junta materiales, selecciona significantes para construir significados intangibles, simbólicos de una época difícil. Berenguer condensa la escritura en eso que ella vio y observó, lo ido (i)recuperable; las tensiones de un tiempo que quisimos e imaginamos de otra manera; la intemperie y las incerteza de lo que quedó del deseo de expectativas incumplidas.

Transición fue el significante que permitió a la cultura chilena dar sentido a ese tiempo de cambios, de producción de otros imaginarios culturales, de recuperación de la ciudadanía, de fantaseos y esperanzas de vida democrática: salir del miedo, del exilio, del habitar en el terror que había sido la tortura, la desaparición, y la desolación social marcada por la borradura de los lenguajes con que el mundo estuvo antes nombrado. La transición tenía una única dirección posible, conducir el país hacia la democracia que en ese entonces se imaginó —engañosamente alegre— con los colores del arcoíris, promovidos por la campaña del Plebiscito (1989) que derrotó a Pinochet. Años en que aún no era posible nombrar una democracia plena, pero sí soñarla, imaginarla como una construcción colectiva, dominada por el deseo y la voluntad política de cambiar y deslegitimar las instalaciones institucionales y simbólicas realizadas por la dictadura. Años que abrirían nuevas formas de convivencia social.

Transición y cambio fueron signos de apertura en los discursos sociales de años sentidos como pasaje hacia una promesa, no del todo precisada. Ahora sabemos que la palabra democracia, por sí misma, no era suficiente y quizás uno de los efectos distintivos de estas crónicas es abrir otros significados en ambos términos —transición y democracia— para decir y mostrar en ellos reveses y pliegues, dobleces y matices que es donde se pueden (des)ocultar entre-medios de los hechos y entre-lugares culturales que nombren aquello que no fue nombrado en su emergencia. O más bien, como todo acontecimiento, no pudo ser pensado entonces, quedaba para después.

Los discursos académicos y sus lenguajes (sociología, filosofía, antropología, etc.) desplegaron su instrumental más sofisticado y contemporáneo, venido de aquí y de allá, para nombrar y escribir la época; buscaron explicar una realidad atascada en los acuerdos políticos que hicieron posible la salida de la dictadura, pero que no proveían certezas; se vivían aún los enclaves de la dictadura junto a la posición proclive a los consensos practicados por los gobiernos concertacionistas.

El lenguaje de la política habló universalmente de cambio, significante que se hizo derrotero universal de proclamas, pero la sociedad chilena había ya cambiado de tal manera que ese signo no nombró más que un imposible: ni motor, ni medio, ni arribo a los deseos y expectativas ciudadanas. Moneda de transacción dudosa, “el cambio” quedó suspendido en el significado de múltiples posibilidades y direcciones que lo dejaron en desuso, del mismo modo, el sentido del término democracia al que parecía apuntar el signo de la transición iba paulatinamente desgastándose hasta ser nombre de su propia ineficacia: hacia qué democracia avanzábamos, cuándo había comenzado y cuándo finalizaría la llamada transición, fueron preguntas sin respuestas.

Hoy, el sintagma transición a la democracia es más bien un signo vaciado de los diversos sentidos que se le asignaron entonces. Aceptamos los signos de una época postcatástrofe, insuficientemente nombrada. Ni cambio, ni mudanza, ni transformación, ni metamorfosis, ocurrieron en ese tiempo, sino más bien la consolidación, el afianzamiento, y el refuerzo de lo que ya había sucedido durante la dictadura de Pinochet; es por eso que algunos sociólogos y pensadores, pensadoras de la cultura prefirieron nombrar como Postdictadura a ese tiempo políticamente determinado por acuerdos y consensos en que la ciudadanía no tuvo participación; se hicieron intentos para salir del infierno, pero el infierno siguió ardiendo en la falta de justicia, en las políticas de olvido, en el rostro de las desigualdades, las intolerancias, las privatizaciones y las incapacidades de construir una democracia plena e igualitarista. El dictador estaba vivo y las prácticas políticas necesarias para la construcción de una nueva cultura social y política no llegó. Pinochet murió sin que lo tocara la justicia. Es lo imperdonable de la Transición. Su traición.

El signo de la Transición señala en la actualidad un tiempo post, más que un tiempo previo a; su marca es otra que aquello que la sociedad amplia quería y esperaba; la Transición satisfizo mejor los deseos de dominación capitalista que las expectativas de un proyecto democrático igualitario, le puso ruedas y le dio vuelo al neoliberalismo implantado por la Dictadura. Ya vuelto un significante vaciado de sentido, la Transición chilena no nombra sino el deseo muerto de lo que alguna vez la sociedad chilena esperó, después de 17 años de dictadura. Así la seguimos pensando, aunque nos digan que hubo una imposibilidad, ésta había surgido de un pacto con el poder militar que acechaba, pero mucho pensamos que no hubo riesgo ni deseo, que la negociación política se cambió por negocios de alto rendimiento económico, entre aquellos que malamente representaron los deseos de las mayorías.

Darle sentidos culturales a la época exige dar lugar, dar nombre a lo que no puede ser fácilmente nombrado desde las precisiones de los lenguajes técnicos establecidos en los discursos disciplinarios, requiere aproximaciones y búsquedas imaginarias situadas en insurrecciones a lenguajes y normativas oficiales, en hablas insurrectas, que miran y escuchan lugares periféricos, voces descentradas que abren los signos en su resistencia a las convenciones; hablas de sujetos andariegos, desobedientes; insubordinados. Se hace necesaria una mirada aguda y minuciosa, bizca, que vea en varias direcciones y vea debajo del agua, que sea capaz de encontrar indicios y restos de aquello que no ha sido registrado ni por los medios oficiales, ni por lenguajes formateados por una apariencia de crítica, complaciente con el poder; mirada lectora de gestos, latencias y signos depositados en intersticios y fisuras de la vida urbana; experiencias, experimentaciones estéticas, mirada descubridora de aquello (cosas, hechos, personas, lugares) que han quedado encubiertas, sin registro público. Mirada que apela al oficio de nombrar.

Esa mirada puede ser la mirada del arte, construida en lenguajes de lo sensible, afianzada en búsquedas de signos más huidizos, minoritarios, de menos significación explicita, situados en sitios fronterizos, ambiguos; en hablas que traicionen las estéticas institucionales; hablas sin instrumental previo y sin proyecto de legitimarse en las antesalas del poder. Hablo de hablas que tramitan el saber del deseo, de las pulsiones y los saberes situados en desplazamientos de la norma, para potenciar sentidos y verdades críticas, no totalizantes, ni universales; microverdades escondidas por ahí por los barrios, por los paseos a pie, por los lugares donde se tramitan afectos, pérdidas y penas. La reflexión y el pensamiento desde ahí construido recoge fragmentos de la historia, amplía conocimientos y sensibilidades de su tiempo, construye narrativas singulares, heterogéneas, cruzadas por espacios y tiempos propios de la subjetividad de quien narra y de la diversidad de su mirada.

Traicionar la transparencia de la comunicación que exige claridad circunscrita y regidas por leyes de mercado es un proyecto político-cultural que Berenguer ha desarrollado en el transcurso de toda su obra, su lenguaje se posa y se alimenta del sonido y el ruido callejero, del murmullo interior y el grito político, del deseo y el flujo de los cuerpos y los movimientos de la ciudad. Como autora ha buscado construir sentidos allí donde otras hablas no alcanzan a llegar, y otras narrativas no alcanzan a decir. Es propiedad de su lenguaje, doblemente signado por lo frágil y lo resistente, lo débil y lo poderoso, hacer posible otras duraciones de la historia y sus efectos, darle representación al acontecimiento cultural y hacerlo ingresar a la historia y la memoria de la comunidad. Su contundente trayectoria la autoriza a nombrar (in)significancias dejadas al olvido y, sin embargo, cargadas de potencia cultural, atenderlas, mostrarlas, volverlas experiencia que indaga en reinscribir otras proyecciones de mundo.

En los diversos registros que ha trabajado y en la mezcla de géneros que ha legitimado en su proyecto estético —reconocido como uno de los mas valiosos de la “transición”— Berenguer tiene una mirada y una palabra probada que se ha nutrido desde siempre de cruces de situaciones sociales y experiencias personales, relacionadas a los contextos en que se ha desarrollado su existencia y su posicionamiento de mujer escritora y política. Esa es su seña de identidad.

Estas crónicas leen, piensan y hablan lo de años atrás. Escribir lo ya visto con anterioridad requiere de un trabajo de memoria que trae al presente lo ya sido, ejercicio sostenido tanto en el recuerdo espontáneo, como en la voluntad de hacer memoria y seleccionar notas e imágenes guardadas en registros visuales y escritos de ese tiempo. Señala la autora al finalizar el libro:

Aprendizaje y memoria serían las causas que motivarían un duro ejercicio de pulir el verbo, con la experiencia de saber que como escritora he estado mucho tiempo desterrada de las letras nacionales. Por primera vez reconocí ese hecho desde el exilio de una buena parte de Chile. Desde mi propio exilio, como pluma desterrada. Una idea de destierro cruzaba mi pluma.

La crónica, género de antecedentes ilustres e ilustrados, tiene en la literatura latinoamericana reconocidos pergaminos que han tenido la facultad de documentar experiencias urbanas y sociales que, con agudeza de miradas andariegas, mironas, busconas, hacen posible la producción de imaginarios de la vida cotidiana; el género ha sido de dominio masculino y solo recientemente las mujeres han incursionado en su escritura. Las mujeres “naturalizadamente” más situadas en lo íntimo y privado del adentro de la casa y de sí mismas, difícilmente podían fisgonear en tiempos y lugares traficados por hombres: la noche, el bar, la esquina, la vía y la vida publica; estos espacios han sido recientemente apropiados por el caminar y la mirada de las mujeres, antes solo acompañaron el paseo masculino.

La crónica reciente, aquella más interesante y provocadora, escrita en las últimas décadas, ha sido trabajada en la proposición de estéticas fuera de lo hegemónico —escrituras de mujeres, escrituras gay—, haciéndola distintiva por su profusión de signos y deseos situados en los cuerpos, las sexualidades, las políticas de lenguajes populares. Esplendores y claroscuros productivos de proliferaciones, de gramáticas marcadamente situadas en el neobarroco latinoamericano, han hecho ingresar a la cultura imaginarios lúdicos e intensamente políticos y seductores en su opulencia de lenguajes: José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Néstor Perlongher, Pedro Lemebel, conforman un corpus relevante de este modo de escritura. Con el deseo y la voluntad de romper la hegemonía de una mirada unívocamente situada en sujetos heteronormados, han abierto el registro de la crónica a deseos y cuerpos de riesgo, resistentes y marginales, cuerpos en lucha con los sistemas de control moral.

Carmen Berenguer se inscribe en esta tradición de la crónica, junto a la autora argentina María Moreno y Leila Guerriero, todas ellas filiadas a políticas escriturales del deseo, de lo popular, de flujos urbanos; destacan como sujetos que, desde una mirada crítica, no solo registran y husmean en espacios y cuerpos otros, sino que los connotan de lenguaje y pensamiento ausente de los discursos dominantes. Sus particulares operaciones y registros de escritura las sitúan en un lugar singular en la producción literaria de la actualidad. Si la crónica ha sido nombrada como género entre el periodismo y la literatura, el corpus que señalo dota al texto de un carácter ensayístico y reflexivo que produce un nuevo entremedio de crónica y ensayo, en el que se prueban nuevos registros discursivos y nuevas formas de elaborar pensamiento de época. Digo pensamiento que se ensaya y se nombra en el transcurrir de la escritura misma.

Con la voluntad de disponer nuevos mapas de experiencias sociales, inscribiendo su texto en registros de la memoria, el testimonio, la anécdota, el paneo urbano, Berenguer despliega el lujo de lo neobarroco que ya conocemos en su obra. Cabe destacar aquí su libro referido anteriormente, Naciste pintada (1999), texto de singular factura en la producción de nuevas narrativas transicionales, donde la autora ya había ensayado formas de elaborar pensamiento social y cultural en el cruce de hablas y géneros fuera de normativas claramente adscritas a ordenes genéricos.

Me ha interesado particularmente el gesto con que Berenguer simboliza particularidades de un tiempo de dobleces y dobles significaciones, y también leer cómo su modo de nombrar moviliza la curiosidad del pensamiento al interrogar potencialidades de lo que hubiera podido ser la experiencia y la vida cultural en la democracia que pensamos y quisimos otra, donde se hubieran podido levantar estéticas emergidas en contextos que luego fueron barridas por el mercado y sus lógicas excluyentes; estéticas propias de pulsiones abiertas a nuevos deseos y libertades culturales —después de 17 años de represión y restricciones— que hubieran demarcado mundos , tribus urbanas, barrios, espacios públicos, amigos y proyectos que luego quedaron sin cabida en el mercantilismo y la competitividad que ha ido arrasando sentidos colectivos.

Como no recordar aquí la lucidez de la mirada de Pier Paolo Pasolini que ya en los años setenta escribió el peligro de la sociedad de mercado en sus crónicas, reunidas en Escritos Corsarios, donde atónito frente a la ocupación neoliberal, nombró Cuarto Poder a ese poder aun no nombrado entonces, que intervenía en la Italia de esos años, amenazando toda identidad, todo lenguaje dialectal, toda particularidad de lo local, con la invasión del consumo, y los modos de vida globales y desidentitarios.

Bajo el enunciado radical, Los amigos del barrio van a desaparecer, metáfora social de exclusión de lo local, Berenguer organiza el paseo urbano que construye una narrativa de interrogantes, descripciones, reflexiones que van allí donde hubo algo que ya no está o que se mercantilizó o que desdibujó su historia; la escritura lo trae a la memoria, no solo para recuperar lo ido, no solo para añorar nostálgicamente la pérdida, sino para connotar su valor estético y urbano como sentido de una promesa sustituida, entre otras cosas, por el poder de la banalización del espectáculo que lo abarcó casi todo. Especie de reescritura del tópico medieval del Ubi sunt(donde están), estos textos en tono posmoderno miran en espacios, personas, experiencias culturales dispersas que, sin embargo constituían un territorio de reconocimiento político, de propuestas culturales; una comunidad. Se lee, en estos textos, el mapa de un proyecto estético político que apelaba a otro lugar posible. Berenguer en sus elecciones escribe la disolución de la utopía transicional, dejándonos la pregunta punzante: ¿Podría Chile haber sido otra cosa de lo que es hoy?

Epifanía de una disolución que necesita ser nombrada, el lujoso sentido del valor de lo underground emerge de la crítica y la pasión que ya no tiene lugar pero que estuvo ahí, en la trastienda de una sociedad que viró hacia el mercantilismo, donde el arte y lo que emergía de creaciones sin imperativos de éxito, ni de inserción en las lógicas del poder televisivo, estuvo destinado a la desaparición. El ojo agudo de Berenguer se posa ahí, en sujetos, producciones, objetos y espacios sin cabida en la lógica de la contemporaneidad banalizada y frivolizada, por múltiples mediaciones.

Los poderes y los pactos políticos optaron por la hegemonía de lo homogéneo, lo uniformado, es decir una democracia hecha con los restos de la dictadura. Carmen Berenguer va de frente. Lo suyo es lo cultural: el arte, la literatura, la performance construyen y dan sentido a la democracia. La Transición que Berenguer escribe es eso, lugar que no alcanzó a tener lugar, solo atisbos perdidos, que estas crónicas ponen en escena como parte de un proyecto de Nación que vuelve a constituirse (a refundarse), dejando fuera, como otrora, los signos, cuerpos y deseos más singulares y propios.

Berenguer construye una narrativa de época en la escritura más apropiada para escribir el tiempo —Kronos— la crónica; lo hace en su propia lengua ya probada en sus giros barrocos y poéticos, densificados por el claroscuro del deseo. En el manejo del lenguaje, en las alteraciones gramaticales, en las imágenes y los devenires de la escritura, Berenguer mueve curiosidades, interrogantes y aclamaciones en la producción de signos que proveen al lector de herramientas para pensar un tiempo que se fue y otro que no fue.

  • Texto/Prólogo del libro Crónicas en Transición “Los amigos del barrio pueden desaparecer” leído el día miércoles 09 de octubre en la Universidad de Talca.

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Por Marcelo Arce Garín

 

Escasos trabajos literarios han enfocado la memoria en el público infantil, así parte de nuestra historia necesita ser contada y saldar la deuda pendiente a nuestra infancia pasada y a las futuras generaciones de niñas y niños.

El 20 de julio de 1974, el ciclista de 25 años Sergio Tormen fue detenido por agentes de la DINA en su taller de Bicicletas, en San Miguel. Ese día también fue detenido Peter Tormen, hermano de Sergio que sólo tenía 14 años quien afortunadamente fue liberado. Trece años después, el 30 de noviembre de 1987, Peter montó nuevamente la bicicleta de su hermano Sergio y ganó la Vuelta a Chile. “¿A quién le dedica el triunfo?”, le preguntó un periodista de televisión, “A mi hermano detenido desaparecido”, respondió e inmediatamente la pantalla se fue a negro. Esta historia inspiro al autor de “La bicicleta mágica de Sergio Krumm” Marcelo Guajardo, libro publicado el año 2013 por Editorial SM y con el cual ganó el premio “El Barco de Vapor”.

Una historia que ocurre en el Santiago de 1986. Beto Cisternas y sus amigos encuentran en un taller de bicicletas, fotografías antiguas de un ciclista desconocido y a la usanza de los detectives, buscarán saber quién es ese enigmático personaje, así se enteran que existe la policía secreta y detenidos desaparecidos. Bellos valores plasman las hojas de la historia. La amistad, el trabajo en equipo y la perseverancia transitan en este relato lleno de acción y aventuras, una historia barrial que refleja lo que acontecía diariamente en nuestra patria, la desarticulación de las organizaciones y la siembra del terror.

Otro trabajo reciente es “Laura y los Hawker Hunter” publicado el año 2018 por Editorial Quimantú.

Escrito a dos manos por Paola Carrasco Rojas y Manuel Paredes Parod e ilustrado por Marcelo Escobar. Laura, su protagonista quien vive junto a sus padres en una toma de terrenos a la orilla de un canal, testigo inocente de su época dice: “Cuando ganó Allende los grandes hicieron una fogata y nos pusimos a cantar”, reflejando la felicidad y la esperanza que existía con magno acontecimiento.

“En la escuela nos empezaron a dar desayuno con leche y unas galletas bien duras, pero a mí me gustaban. Mi papá consiguió trabajo de chofer en el nuevo bus que nos llevaba gratis a los escolares. Yo me iba sentada al lado de él. Me decía que era su copilota“.

El paneo que nos muestra este bello trabajo se contradice con nuestros recuerdos en blanco y negro de la época, mucho color brota de sus páginas que repasan el triunfo de Salvador Allende y la Unidad Popular, aunque después la radio siempre encendida anunciaba noticias de malos augurios, Laura “¡Nunca había visto un tanque de verdad!” y sucede lo terrible: “Hace tiempo que no sabemos nada de mi papá y ayer, mi mamá, salió vestida de negro, con una foto de él en el pecho”.

En primera persona los autores reflejan la mirada ingenua de la niña frente al Golpe de Estado, sin imaginar la maldad de las personas reflejada en la traición, la cobardía y la ambición.

En 22 páginas se condensa una parte importante de Chile en el siglo XX, una etapa de nuestro país que aún no sana, supura tristeza y llanto, el ejercicio del contar es una gran instancia para revertir la situación.

Como abordar nuestra propia historia, esa parte tan triste y oscura que vivimos como pueblo, como contamos una lucha desgarradora plagada de pérdidas y rostros sin justicia. Compleja tarea que los libros aquí mencionados inician, un camino que debemos continuar.

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Gilberto López y Rivas

México, septiembre 2019

 

El 17 de agosto de 2019, el subcomandante insurgente Moisés, vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), hizo público un histórico comunicado en el que esta organización rinde cuentas al CNI-CIG, a su vocera, a organizaciones, grupos colectivos y personas de México y el mundo, que se preocupan por los pueblos zapatistas y siguen con su corazón palpitando junto al nuestro.

En este documento –como es habitual, ignorado, minimizado o tergiversado por los grandes medios de comunicación y la clase política– se recuerda que hace tres años, los pueblos organizados en el Congreso Nacional Indígena, junto con el EZLN, ante la recolonización y catástrofe humanitaria de las corporaciones capitalistas y los malos gobiernos, se comprometieron a pasar a la ofensiva en la defensa del territorio y de la Madre Tierra, y extender la palabra y la acción de resistencia y rebeldía.

En el cumplimiento de la palabra empeñada, práctica ética que lo caracteriza, comunica que, al igual que el CNI-CIG, el EZLN pasó a la ofensiva en su lucha de la palabra, la idea y la organización, dando a conocer una extraordinaria noticia para los movimientos emancipadores en el ámbito planetario: la ruptura del cerco contrainsurgente y el establecimiento de “nuevos caracoles y más municipios autónomos rebeldes zapatistas, en nuevas zonas del suroeste mexicano”.

Estos nuevos autogobiernos rebeldes no constituyen un golpe o espectáculos mediáticos como los que se observan con frecuencia en el honorable Congreso de la Unión o en las mañaneras, sino el producto de “años de trabajo silencioso, a pesar del cerco, a pesar de las campañas de mentiras, a pesar de las difamaciones, a pesar de los patrullajes militares, a pesar de la Guardia Nacional, a pesar de las campañas contrainsurgentes disfrazadas de programas sociales, a pesar del olvido y el desprecio (…) Aunque con lentitud, como debe ser según su nombre, los cinco caracoles originales se reprodujeron después de 15 años de trabajo político y organizativo; los Marez y sus Juntas de Buen Gobierno también tuvieron que hacer crías y ver que crecieran. Ahora serán 12 caracoles con sus Juntas de Buen Gobierno”.

Con este paso trascendente, los mayas zapatistas refrendan el principio esencial de la estrategia autonómica: Sabíamos y sabemos que nuestra libertad sólo será obra de nosotros mismos, los pueblos originarios, y, en esa dirección, identifican como factor crucial de este crecimiento exponencial el trabajo político organizativo y el ejemplo de las mujeres, hombres, niños y ancianos bases de apoyo zapatistas. De manera destacada, de las mujeres y jóvenes zapatistas. En el otro polo equidistante del sujeto pasivo que recibe ayuda gubernamental individualizada y clientelar, en esta experiencia: Las compañeras de todas las edades se movilizaron para hablar con otras hermanas con o sin organización. Los jóvenes zapatistas, sin abandonar sus gustos y querencias, aprendieron de las ciencias y las artes, y así contagiaron a más y más jóvenes. Así, el EZLN puede afirmar, sin pena y con orgullo, que las mujeres zapatistas no sólo van adelante para, como el pájaro Pujuy, marcarnos el camino y no nos perdamos: también a los lados para que no nos desviemos; y atrás para que no nos retrasemos.

 

Ratifican en su comunicado la posición crítica frente a la política de la Cuarta Transformación, a la que califican de destructora de la comunidad y la naturaleza, y señalan que: las comunidades tradicionalmente partidistas han sido lastimadas por el desprecio, el racismo y la voracidad del actual gobierno, y han ido pasando a la rebeldía abierta o escondida. Quien pensó que, con su política contrainsurgente de limosnas, dividiría al zapatismo y compraría la lealtad de los no-zapatistas, alentando la confrontación y el desánimo, dio los argumentos que faltaban para convencer a esos hermanas y hermanas de que es preciso defender la tierra y la naturaleza. El mal gobierno pensó y piensa que lo que la gente espera y necesita son limosnas monetarias.

Este prolongado proceso de reflexión y búsqueda, con miles de asambleas comunitarias, en el que se forjan sujetos autónomos concientizados, politizados y motivados en el mandar obedeciendo, se constituye, realmente, en una transformación de alcances revolucionarios a la que, de nueva cuenta, sin vanguardismos ni hegemonismos, los mayas zapatistas nos convocan con su ejemplo. ¡Que broten Caracoles y Centros de Resistencia Autónoma por toda la geografía nacional y mundial!, con procesos autonómicos de abajo y a la izquierda, anticapitalistas y antipatriarcales, para hacer posible, en nuestras realidades, esa utopía concreta que edifican los hermanos y las hermanas zapatistas. ¡Es la hora de romper nuestros cercos, ser otro de los mazos que derribarán los muros, de los muchos vientos que barrerán la tierra, otra de las tantas semillas de las que nacerán otros mundos!