El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) sufrió una aplastante derrota en las elecciones de la Asamblea Nacional el domingo pasado, obteniendo solamente 55 de 167 escaños. Formalmente la oposición, la derecha venezolana obtuvo la mayoría de dos tercera partes con 112 escaños, ganando el control de la legislatura del país sudamericano por primera vez en 17 años.

El resultado le da la oportunidad a la derecha venezolana de hacer retroceder los avances de la Revolución Bolivariana mediante la vía legal sin recurrir a los golpes de estado u otras formas de violencia extrainstitucional. ¿Pero lo lograrán?

 

¿Contrarrevolución sin contrahegemonía?

Bajo el sistema democrático de Venezuela, la cámara única de la Asamblea Nacional tiene un poder enorme: una mayoría de dos tercera partes puede pasar o revocar leyes constitucionalmente orgánicas, reemplazar a los magistrados de la Corte Suprema, nombrar a los dirigentes de las instituciones públicas cruciales como el Fiscal General del Ministerio Público y el Consejo Nacional Electoral (CNE) y hasta convocar una asamblea constituyente para reescribir la constitución.

En pocas palabras, una mayoría de dos tercera partes le concede a la oposición todas las armas institucionales necesarias para retroceder muchas de las transformaciones claves del Estado venezolano logradas por la Revolución Bolivariana en los últimos 17 años.

Ahora podrían revocar la legislación revolucionaria como la Ley Orgánica de Consejos Comunales, la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y Trabajadoras (LOTTT) entre otras más, derogar tratados internacionales como el ALBA-TP y PetroCaribe y además repletar la Corte Suprema para impugnar al Presidente Nicolás Maduro.

Si bien la oposición ha ganado la mayoría de los votos y a la vez el poder legal para realizar estos cambios, esto no necesariamente significa que tengan un mandato popular para llevar a cabo su agenda reaccionaria.

Han ganado una elección ampliamente vista como un voto castigo contra el PSUV en medio de una severa crisis económica. Sin embargo, no han reconstituido una hegemonía neoliberal.

Hace tiempo que los sondeos han mostrado que la gran mayoría del pueblo venezolano apoya las iniciativas socia democráticas radicales de la Revolución Bolivariana, incluso las misiones sociales y también medidas para defender a la clase trabajadora como regulación de los precios de alimentos y los aumentos del sueldo mínimo. Así mismo, más de dos tercios de la población se opone a las políticas neoliberales como la privatización de la empresa estatal de petróleo, PDSVA o la compañía eléctrica estatal, CORPOLEC.

De haber entendido esta realidad, la oposición [venezolana] ha escondido su discurso neoliberal en los últimos años, optando por hacer campaña con promesas vagas de “cambio.”

Esto no es un fenómeno únicamente venezolana, como se evidencia en las elecciones presidenciales recientes en la Argentina donde Mauricio Macri, millonario y ex-empresario, hizo una campaña que evadía mencionar la política económica.

Alrededor del continente, el neoliberalismo sigue siendo profundamente desacreditado, obligando a la derecha a esconderse tras un discurso de centro-izquierda y/o recorrer a extractos culturales mediatizados. En 2013, el candidato presidencial de la oposición, Henrique Capriles, buscó marcarse como el heredero verdadero de Hugo Chávez, prometiendo a continuar las misiones sociales como además otras políticas socia democráticas del gobierno bolivariano. Mauricio Macri simplemente revirtió sus comentarios previos respecto a la privatización de empresas estatales hacia el final de su campaña, presentándose como un administrador eficiente del legado de los Kirchner, una imagen que empalmó con signos como “esperanza” y “cambio.”

En Venezuela, la deslegitimización del neoliberalismo posterior al Caracazo de 1989 – levantamiento popular donde entre 3.000-5.000 venezolanos fueron masacrados en las calles por la Cuarta República oligárquica – preparó el camino político para el chavismo.

Sin embargo, el chavismo no debería ser malinterpretado meramente como un movimiento político construido en torno a la figura del Presidente Hugo Chávez, sino el surgimiento del chavismo marcó un evento en el sentido de Alain Badiou: la irrupción del pueblo venezolano en el escenario político oligárquico, redefiniendo el escenario socio-político radicalmente.

En esta secuencia emancipatoria – simbolizada por el nombre “Chávez” pero de ningún modo reducible a un hombre individual- el universo de la posibilidad política fue dramáticamente abierta mientras millones de los explotados y excluidos de Venezuela se atrevieron a aparecer como protagonistas políticos, un acto inequívocamente de desafío en los ojos de la élite.

Esta apertura todavía no se ha cerrado y la nueva cultura nacida en la ruptura muestra pocas señales de desvanecer.

Más del 62% de los venezolanos se consideran “partidarios o seguidores de los ideales de Hugo Chávez,” lo cual no les hace necesariamente socialistas revolucionarios, pero sí implica un consenso respecto a la legitimidad de la participación popular y la política estatal socia democrática.

Este nuevo “Consenso Bolivariano” – en las palabras del politólogo Alfredo Serrano Mancilla – choca bruscamente con el agenda neoliberal de la derecha venezolana y latinoamericana, una contradicción que ninguna retórica puede disimular.

Después de haberse asegurado un mayoría de dos tercios bajo el sistema muy democrático que han calificado sin cesión de “dictatorial” en los últimos 17 años, la oposición es rápida en revelar sus colores verdaderos.

En las últimas 48 horas posteriores a los resultados del domingo, las principales asociaciones empresariales que representan la burguesía compradora del país han demandado públicamente que se deroguen las leyes revolucionarias que desafíen sus intereses de clase.

FEDECAMERAS, la cámara de comercio ultraderechista de Venezuela que jugó un rol importante en el golpe de 2002, llamó a modificar la LOTT para eliminar las prohibiciones contra despidos arbitrarios y subcontratación, modificar la Ley de Precios Justos para recortar las regulaciones de precios y además revocar la ley de control de cambio, que podría permitir la fuga de capitales fuera del país.

Similarmente, la FEDEAGRO que representa a los agro-empresarios, no ha sido tímido en legislar su “lista de deseo,” llamando a la derogación de varias leyes que garantizan el derecho a la tierra, la soberanía alimentaria nacional, la diversidad biogenética, la Ley de Tierras, la Ley de de Soberanía Alimentaria y la Ley de Semilla anti-transgénica.

Que el programa neoliberal revanchista sea un repugnante para el pueblo venezolano es más que obvio.

¿Caminará ligeramente la derecha, gradualmente quitándoles a las instituciones socia democráticas el país con el fin de modelar un nuevo consenso neoliberal? ¿O, por el contrario, se dejarán llevar por la tentación a absolutizar el poder legislativo e intentarán a derrumbar el orden sociopolítico chavista de una vez?

Vale la pena notar que la derecha venezolana nunca ha experto en el pensamiento estratégico. Minuciosamente arrogante y poco democrática  ha tratado de derrocar al gobierno bolivariano popularmente electo mediante la fuerza desde el golpe de estado en 2022 hasta las movilizaciones callejeras y violentas en 2013 y 2014. Es poco probable que la oposición logre dominar su deseo poco estratégico y antidemocrático por el aniquilamiento del chavismo cuando su objetivo parece tan cerca de alcanzar.

El próximo momento decisivo

Después del juramento en la nueva Asamblea Nacional en enero,  la oposición empezará con su asalto en múltiples frentes: derogando legislación revolucionaria y tratados internacionales, iniciando el proceso de firmas colectivas de 20% del electorado para el referendo revocatorio contra el Presidente Nicolás Maduro y reemplazando a los magistrados de la Corte Suprema en preparación de una posible impugnación contra el alto ejecutivo.

Sin embargo, La derecha venezolana enfrentará una cantidad de obstáculos en este esfuerzo reaccionario que jugará a favor del chavismo.

Primero, lejos de un bloque homogéneo, la coalición opositora está internamente dividida entre la ultraderecha presidida por Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado y una derecha más moderada presidida por Henrique Capriles y el dirigente de la Acción Democrática, Henry Allup, quien está listo para ser presidente del órgano.

Unidos solamente en su compromiso en derrocar al gobierno bolivariano, estos grupos sueltos tienen estrategias muy diferentes, como este último a favor de cambio de régimen vía la violencia extraconstitucional mientras el otro opta por las urnas.

Dados los nuevos poderes legislativos de la coalición, estas divisiones sólo van a profundizar.

Los partidos diversos de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) tendrá que llegar a acuerdo en varias áreas desde definir una agenda legislativa hasta determinar la estrategia para derrocar a Maduro. ¿Buscarán un referendo revocatorio o se enfocarán en repletar la Corte Suprema e impugnar a Maduro o ambas cosas? ¿Priorizarán en convocar una asamblea constituyente o trabajarán dentro de la constitución progresista del país? La derecha dura quiere reescribir la Constitución y hacer volver al país al auge oligárquico, mientras los elementos más moderados quieren volverse corredores de poder dentro del orden actual.

Esto nos lleva a una segunda debilidad, principalmente que la oposición debe cumplir su promesa de pasar medidas en resolver la crisis económica actual. Ya no pueden optar simplemente por la estrategia de promover la desestabilización económica mientras le echan la culpa de las consecuencias al Presidente Maduro.

Aquí el debate girará en torno a qué agenda neoliberal a implementar, lo cual podría desencadenar un conflicto entre aquellos que buscarían préstamos al FMI y el Banco Mundial, eliminar los controles de moneda y cambio y privatizar sectores vitales de la economía – y aquellos sectores comprometidos en establecer reformas neoliberales mientras retienen previsiones sociales importantes para salvarse de una revuelta popular. Al parecer, Capriles se refiere a este peligro en una entrevista pre-elecciones donde dice “nadie quiere una explosión social en el país.”

Estas tensiones se calentarán en el contexto del debate sobre el referendo revocatorio, con algunos sectores empujando la restricción inicial de las medidas neoliberales más duras para ganar el voto revocatorio, mientras otros ya están gritando a los cuatros vientos su deseo de una agenda neoliberal con poca preocupación en asegurarse de una revuelta sociopolítica.

Este es claramente el tercer factor compensatorio más importante, principalmente la respuesta del chavismo, particularmente en sus bases más politizadas, quienes no van a aceptar esta derrota con los brazos cruzados.

Hablando con altos oficiales bolivarianos el lunes en la noche, el Presidente Maduro describió la derrota como un “triunfo de la contrarrevolución” y llamó a una reunión especial para todos los 908 delegados nacionales del PSUV para evaluar la gran derrota y prepararse para los próximos pasos. También anunció planes para reunirse con los movimientos sociales representados en los Consejos de Poder Popular el sábado.

Entre las bases chavistas, los planes se están desarrollando para empezar a organizar la defensa de las leyes revolucionarias claves dirigidas para la derogación de los diputados de derecha en enero.

“Lo único que nos queda son las calles,” le dijo un activista comunitario y funcionario público en el Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista a Venezuelanalysis.com

Los chavistas intimidante entiende que los logros de la revolución han sido ganadas y perdidas no en los pasillos del parlamento ni en las oficinas burocráticas, sino en las calles, los barrios, los colectivos, los consejos comunales, donde las masas hacen historia.

El aspecto increíble del domingo, como señala Ociel Alí López, no fue meramente la derrota histórica del chavismo sino más bien el hecho de que a pesar de la inacción incompetente del gobierno durante una profunda crisis económica combinada con la corrupción y degeneración ideológica del liderazgo del partido, unos 6 millones de personas aún votaron por el PSUV.

Estos votos no debería ser en vano, porque reflejan una inmensa claridad política respecto a la necesidad de seguir con el proceso revolucionario, defendiendo los avances y radicalizando hacia avances nuevos.

Esta derrota representa una llamada urgente de advertencia para el chavismo desde la dirigencia oficial hasta sus militantes disciplinados: sin reflejar críticamente y rectificar el camino revolucionario llegarán a la destrucción del Proyecto Bolivariano.  

El tiempo es corto ya que es muy cierto que el Presidente Maduro va a enfrentar un referendo revocatorio en 2016, pero no todo está perdido dado que el trabajo vital de reconectarse con las masas venezolanas empieza inmediatamente.

En un discurso después de la derrota el domingo, el mismo Maduro subrayó la importancia de esta tarea: Tiene que venir una nueva etapa de la Revolución Bolivariana con una nueva calidad de la política que hacemos en el liderazgo de base, en los liderazgos intermedios, en las responsabilidades públicas altas en los líderes de los partidos, movimientos políticos, una nueva calidad en nuestra relación con el pueblo, una nueva calidad de liderazgo y acción.”

Ahora es el momento para que el post-Chávez chavismo se reinvente para forjar una nueva calidad revolucionaria la cual para Maduro, como para Chávez y el Che antes, significa no solamente “respecto por el pueblo” sino un mandato a mandar obedeciendo.

 

Por Lucas Koerner, periodista estadounidense de Venezuelanalysis.com. Artículo publicado originalmente en inglés: http://venezuelanalysis.com/analysis/11764

Artículo traducido por Benjamín Alaluf. Santiago de Chile. 9 de diciembre 2015.

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