El día 7 de marzo el diario “La Cuarta” dedicó una columna de tres párrafos, con una fotografía de apoyo que cubría la mayoría de la noticia y de la página, describiendo cuáles fueron las partes del cuerpo que fueron encontradas en el Río Mapocho, no mucho más. Para el día 9 de marzo “La Cuarta” en su portada titulaba “DESCUARTIZADA: PRIMER DETENIDO”. El desarrollo de la noticia inicia con el “segundo capítulo”, como si se tratara de un producto televisivo, una teleserie con sucesión de episodios, tal vez los últimos más entretenidos que los anteriores. El reportaje continúa recapitulando la historia del hallazgo de las extremidades por un hombre en el Río Mapocho, para después sumergirse en la actualidad de la noticia que describe con más precisión a la víctima: se trata de “una bella joven”, describen su edad y sus características físicas acompañadas de uno que otro comentario de interés estético: “se notaba que se preocupaba de su cuerpo” “tenía sus muslos y abdominales trabajados”, además eran importantes sus tatuajes para su reconocimiento, en especial el de la ingle, a la que se le tomó una pequeña fotito que era apoyo fotográfico de la noticia. El texto prosigue ahora con las labores investigativas que adelantó la Brigada de Homicidios: el estrangulamiento comprobado por un especialista de la PDI, el posible congelamiento de sus extremidades, etc.

El día 10 de marzo “La Cuarta” titulaba “EL AMOR Y LOS CELOS LA MATARON”, como subtítulo “La historia de Andrea Aguirre, la colombiana descuartizada en crimen y pasión” titular que agregaría más detalles a esta historia. El tercer capítulo auguraba más y nuevos detalles a la teleserie. La introducción al reportaje sintetiza la historia de vida de la mujer ahora con nombre, de nacionalidad Colombiana (o cafetera para “La Cuarta”), la menor de ocho hermanos, víctima resignada de las agresiones de su pareja, quien también era colombiano y quien, según los testimonio de los familiares de Andrea, era violento, celopata y sabía descuartizar porque el papá le había enseñado. De acuerdo al titular: él la amaba, ella era bella, él sentía celos y por eso la mató. El resto de los testimonios que se traen a colación corroboran este titular: “a pesar de su linda figura […] nunca incursionó en el modelaje”, “la pobre Andrea debía dejar su teléfono”, “Vasquez era un celopata”; junto a estos testimonio de amigos y familiares, las fotografías reforzaban perversamente el titular, la imagen revelan a una mujer joven y atlética, que según el chileno promedio cumple el prototipo de la joven mujer colombiana, una mujer bella, susceptible de ser celada y en consecuencia violentada. Una segunda fotografía de apoyo que demostraría en apariencia el amor de la pareja. El cierre de la noticia demostraría la competencia de las autoridades con la captura del asesino colombiano.

Contado así este no era un homicidio más, no era la décima mujer asesinada por su pareja, ni una “galla” menos, este tenía otros elementos que lo convertían en todo un espectáculo: amor, celos, cuerpos desmembrados e inmigrantes. En el metro de Santiago se escuchaba decir: “viste al colombiano que se pitió a la galla” en las oficinas se hablaba “las culombianas todas trabajan en los cafés con piernas” “sino trabajan habrá que descuartizarlas” “hagamos un meme con una colombiana descuartizada” “no es por ser racista pero por eso les niegan los papeles”. El espacio público evidenciaría que lo menos importante era la víctima, la mujer, aquí lo impactante sería la forma, el descuartizamiento. Quienes opinaban afirmaban que Chile nunca había presenciado tanto horror, usual en países violentos y con narcotráfico. Afirmación desmentida por el mismo periódico que dedicó información de archivo en los que el desmembramiento había sido un factor común de los crímenes a manos de sus parejas chilenas.  

En los comentarios de los periódicos virtuales se reproducían hasta el cansancio comentarios en los que se podía ver el Chile conservador y xenófobo. Ciudadanos amenazados que han sido deliberadamente expuestos a estos seres raros capaces de descuartizarse entre sí, se lamentaba no tener gulags dentro de su país, ciudadanos quienes exigían cerrar sus fronteras, impedir el ingreso a los migrantes. Los medios televisivos por su parte exacerbaron hasta la saciedad la nacionalidad de la víctima y el victimario, situaron el tema (el femicidio – la misoginia) en el afuera, en el otro, como una forma de evadir la lectura de sí mismos, incapaces de confrontarse con su machismo, el mismo que convierte al cuerpo de la mujeres en carne. Confunden al público que termina formando la opinión de un ser mujer colombiana en oposición a un ser mujer chilena.

Por su parte, las redes sociales fueron a su vez plataforma para criticar duramente el titular de La Cuarta, las reacciones de repudio frente a uno de los periódicos más importantes del país no se hicieron esperar, se hablaba de la trivialización y  legitimación de la forma más brutal de violencia de género, se hablaba de sancionar a los periódicos que hablaban de crímenes pasionales, se afirmaba que las mujeres no son las responsables de que las asesinen.

Ahora bien, más allá del acontecimiento criminal, el cual es completamente repudiable, es necesario detenerse sobre las reacciones colectivas sobre el acontecimiento, los cuales se sujetan a dos dimensiones que se interseccionan: lo nacional y lo patriarcal. Entendemos como una construcción social la nación y la nacionalidad, aunque no dejan de ser menos reales por ser construcciones sociales, de hecho las acciones culturales están enmarcadas la mayoría de las veces en una lógica situacional donde se juegan conflictos e intereses. Por lo que específicamente la nación chilena ha labrado para sí un pasado glorioso, civilizado y elegante, que algunos reiteran con el apelativo de la Inglaterra de América diametralmente opuesto al folklórico, estridente y colorido resto del continente. La clase alta santiaguina sueña con la sobriedad de los europeos a quienes reciben como cercanos suyos, como familiares lejanos que regresan a casa y que jamás debieron haberse ido. Mientras tanto, el vasto Santiago mestizo somete diariamente a análisis, eso sí mediado por lo medios, los sentidos de sí y del otro, del migrante, del mapuche, del travesti.

Precisamente son ciertas narrativas, construcciones de ideas territoriales, nociones de categorías de personas o de ciudadanos las que se imponen, mientras que otras se relegan a un otro. En la narrativa nacional chilena tímidamente se ha reconocido el aporte invaluable de Gabriela Mistral a la identidad chilena y a la idea que hoy se tiene de esta nación, como muchas mujeres la escritora más influyente de América se ha mencionado apenas anecdóticamente dentro de la historia de este país de letrados hombres. Con la invisibilización de su extensa obra también se ha desvanecido la idea de una identidad nacional compleja, heterogénea y profundamente latinoamericana. Creemos que las identidades que narra Gabriela, variadas, complejas, superpuestas, contradictorias entre sí, están más vigentes que nunca, su vehementemente crítica al poder y al machismo le permite hablar hoy, desde la mujer latinoamericana a quien le duele la muerte de una mujer mexicana en Ciudad Juárez o colombiana en Santiago de Chile.

Precisamente el segundo aspecto corresponde a la violencia de género y femicidio. Consideramos que la mujer asesinada, sea en Chile o en Colombia, ha sido despojada del control sobre su espacio-cuerpo, como objeto apropiado le queda el aniquilamiento de atribuciones humanas y la erradicación de la subjetividad por fuera de lo masculino. Así, la posibilidad de existir depende en gran medida de la voluntad y del proyecto que tenga su dominador, su pareja, su padre o su jefe, este hallazgo es el que permite a medios como “La Cuarta” entender el femicidio de Andrea. Me explico. Este tipo de crímenes no es la ópera prima de un violento novio o pololo migrante, este tipo de crímenes no son obra de un desviado individual, enfermo mental o anomalías sociales que viene de fuera y se instalan en el pacífico Santiago, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad. En otras, palabras, este agresor y asesino comparte con la colectividad el imaginario patriarcal y xenófobo-racial, hablan el mismo lenguaje, pueden entenderse y hasta burlarse de la situación: “hagamos un meme con una colombiana descuartizada” o “el amor y los celos la mataron”.    


Karem Pérez, colombiana radicada en Chile.

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