Por: Marcelo Arce Garín.

 La precarización del arte actual es variopinta y a veces extrema, una culpabilidad recíproca que se basa en la no valorización del trabajo y menos del arte como tal. El trueque de lecturas poéticas por cervezas heladas, apuntar al artista con muecas de desprecio y sospecha, entre otras tantos mañas adquiridas y consentidas por un sistema neoliberal competitivo que nos ofrece como única  solución y premio la carrera a los fondos de cultura. Sin embargo, el arte consciente tiene una larga data y múltiples creadores han contribuido a enriquecer el panorama y posicionarlo desde el oficio. Como muestra un botón:

Isidora Aguirre (1919-2011). Dramaturga. Estudió Trabajo Social y Dirección Cinematográfica, herramientas con las cuales formó muchas generaciones de grupos teatrales, no sólo como profesora, sino también como impulsora del desarrollo del oficio contribuyendo a un teatro más crítico y consciente.

La propuesta de Isidora unió lo popular junto a una profunda preocupación por los temas sociales. Las fuertes críticas a su actualidad y nuestro pasado histórico, marcaron la pauta creativa. Siguiendo la senda de Bertolt Brecht propone un trabajo agudo y comprometido, así coescribe junto al novelista Manuel Rojas Población Esperanza. Con espíritu inquieto fue además testigo de una época gloriosa del teatro universitario chileno, tiempo en el que investiga y crea trabajos como “Lautaro”, protagonizada por un joven Andrés Pérez, entre otras más de 30 obras estrenadas. Su obra masivamente conocida por “La Pérgola de las flores”, ícono de la cultura pop chilena logró instalarla en la escena teatral del país.

En el periodo 70-73, Isidora Aguirre ideó y presentó una forma teatral de pequeño formato que denominó T.E.P.A (Teatro Experimental, Popular, Aficionado) logrando un fuerte compromiso social/político con los marginados de la patria.

Una creadora esencial y silenciada por el oficialismo. Trabajo y oficio digno de revisitar y darlo a conocer a las nuevas generaciones.

Luis Cornejo (1924-1992). Escritor.  Ignorado por el círculo editorial de la época decide autoeditarse y autogestionar su trabajo, junto a su compañera, Amanda Bustamante, establecen su punto de operaciones y venta en la Plaza de Armas de Santiago. Así, y desde ahí, el año 1955 debuta con su libro “Barrio Bravo”, continúa con el libro “Los amantes de London Park”, “El último lunes”, “Show continuado” y “Tal vez mañana”.

Inquieto se desempeñó como camarógrafo, productor, director, libretista y actor.

Llegó a ser conocido como “el pelado del Mentholatum”, por su aparición en un aviso de ese producto. Incursionó en cine filmando el cortometraje Angelito y después como productor en El Chacal de Nahueltoro; fue libretista del programa radial “La Tercera Oreja” y de “Lo que cuenta el viento”. Fue camarógrafo del canal 9 de televisión (ahora canal 11). Con todo, siempre volvía al oficio de su padre baldosista, esa era la jugada, cuando no existía pega en el mundo cultural volvía a la construcción para parar la olla. Y escribir, siempre escribir.

Su obra está plagada de personajes opacos y marginales que recorren sus páginas, siendo reconocido como un gran exponente de la novela social chilena. Violaciones, alcoholismo, hambre, violencia y desamparo recorren la obra de Lucho, donde personajes como La cuatro dientes, El cuello de loza, El chicha fresca y El capote, entre otros son los protagonistas de sus relatos.

Un autor con el cuál conservamos una deuda enorme y nos tiende una mano para que descubramos su trabajo con esa humildad que destaca en los personajes populares.

Ardua tarea se nos viene en camino, más ahora que tenemos a la derecha en gran parte de nuestra América Morena. Afinemos el ojo crítico y cuidemos nuestros territorios para crear desde la transparencia y el amor, un arte consciente y trabajo consecuente.

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