Por Silvia Espinoza Hernández

Para los pueblos antiguos era, y es, un hecho incontrovertible que su vida está ligada a los procesos y ciclos estacionales que marcan los astros. Dependen del cielo y la tierra para cosechar sus alimentos, cultivar una vida sana y virtuosa a nivel físico y mental en una permanente relación de receptividad y creatividad.

Conciben que el hombre y la mujer, como parte de la tierra, también absorban del universo la energía que les permite crecer y relacionarse armoniosa y respetuosamente con su entorno.

Esta relación entre hombre/mujer y el cosmos no es sólo una analogía poética, sino una correlación energética que permite una existencia con mayores condiciones de bienestar, a niveles individuales y colectivos donde se viven aquellos valores que han ido quedando “olvidados en el inventario del despojo” del mundo capitalista.

Como siempre, el conocimiento nos permite interpretar y comprender mejor la realidad, por lo cual debemos y tenemos que traspasar este aprendizaje a las niñas y niños, ellos no necesitan que les entreguemos herramientas, necesitan que les mostremos con el ejemplo cómo interpretar la naturaleza, cómo respetarla y preservarla, traspasarles humildemente el conocimiento de que necesitamos de la naturaleza para vivir, que la subsistencia de los Pueblos depende de ello.

El cambio cultural debe también intencionarse en esa dirección, a ese rango etario.

La lógica del capitalismo se expresa en la forma en que comprendemos nuestra interrelación con el medio ambiente, separa estos principios valóricos ancestrales de nuestras acciones cotidianas.

Hemos vivenciando como en pocas décadas nuestro entorno natural ha ido siendo arrasado sistemáticamente, arrogantemente, asumiendo que la naturaleza está a nuestra disposición, y desde esa lógica los únicos que han ganado son los dueños de empresas que explotan los recursos naturales, que pagan campañas parlamentarias y presidenciales, compran votos y redactan leyes a la medida de sus necesidades al taller del Congreso.

Volver a la conexión con el entorno natural, se traduce simultáneamente en una conexión personal y colectiva, en la cual comenzamos visibilizando esta influencia y terminamos conociendo nuestros ritmos internos, los cuales de manera absolutamente natural se interrelacionan e influyen.

No se puede desconocer la influencia de la luna, no sólo en las mareas y las grandes reservas de agua líquida, también las fases de la luna nos influye en nuestra apertura y disposición para el aprendizaje y la optimización de nuestras capacidades cognitivas; la relación entre las fases de la luna, las cuatro estaciones y el ciclo menstrual; la influencia de la luna en los ciclos de productividad de la tierra o la influencia del sol en la evolución de las semillas y crecimiento de las plantas; la influencia de la luz solar sobre nuestros estados de ánimo, que somos energía, que vibramos más cuando estamos reunidos junto a otros y otras en la misma frecuencia, son ejemplos que ya no pueden ser desmentidos o vistos como una explicación mística, antojadiza o primitiva.

La conciencia que tienen los pueblos antiguos sobre esta relación simbiótica entre su ser y el cosmos en su conjunto es lo que ha permitido su subsistencia, junto a actos de resistencia cultural que dignifican su permanencia a lo largo del tiempo y el espacio.

Ahora bien, es necesario volver al principio básico y fundamental de sabernos un elemento más en la Tierra, y declararlo a nuestros niños y niñas desde muy temprana edad, ayudarle a desarrollar conciencia que nuestras acciones invariablemente impactarán en el medio donde nacemos, vivimos, morimos y dejamos a las generaciones posteriores, y que las diferentes cosmovisiones de los pueblos originarios no es un rasgo del pensamiento mágico-primitivo que el pensamiento racional deba superar.

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