Por Paulo Álvarez Bravo (1)

Clotario Blest Riffo nació el 17 de noviembre de 1899. Su madre fue el cobijo fundamental de su formación, ella educó y alimentó a Clotario y a sus dos hermanos (fallecidos tempranamente) en un contexto marcado por la precariedad material, donde la primera preocupación fue no ser devorados por la pobreza. Como aquí expondremos, brevemente, su trayectoria de vida está marcada por el rigor, por opciones tempranas y definitivas de las que nunca renegó: seguir a Jesús de Nazareth, servir a los trabajadores y un compromiso irrestricto con los valores que a la vez que reconocen, le dan dignidad a la vida defendiendo ésta por sobre cualquier cosa, abrazando para ello la opción de la no violencia activa, la misma con que M. Gandhi había derrotado a un imperio.

En los no pocos terribles momentos de la historia de este país Clotario Blest optó, no sin contradicciones ni temores, quedarse entre los vencidos de siempre, la gente común y corriente, hombres y mujeres componentes de las muchedumbres que el sistema suele desechar, tratar como nada o nadie, sino aplastar. Optó por jugarse entero y sin tibiezas por los oprimidos de ayer -y de hoy- oponiéndose al sistema de muerte, incluso a riesgo de perder su propia vida. A contracorriente de las definiciones del poder y de los beneficios personales que le hubiesen dado una posición más cómoda y segura, se la jugó por hacer entre los más, el inusual ejercicio de justicia social, entrega y defensa con los oprimidos, básicamente porque entendió que la existencia de las personas se define por la capacidad de jugarse por los sueños y la consecuencia ética, como por ejemplo;

“El cristianismo se demuestra en las acciones, no en las palabras. Creo haber cumplido la doctrina de Cristo, creo haber actuado de buena fe […] El cristianismo es la lucha por alcanzar la justicia, para sacar de la miseria a los pobres, para dar esperanza a los que sufren sometidos a una sociedad corrompida por el dinero. […] Todos hoy día, no ambicionamos más que el dinero, lo demás no importa, aunque estemos rodeados de pobres que se mueren de hambre. […] Eso es el cristianismo. No andemos buscando otros epítetos. […] Mi único orgullo es haber nacido pobre y vivir pobre como lo hizo mi maestro Cristo.” (Echeverría, 1993)2.

En verdad, la vida de Clotario Blest (Don Clotario), recorre las fibras estructurales de la vida socio-política de Chile, su biografía está plegada de momentos que van dando cuenta de una profunda consecuencia contenida, como decíamos antes, entre el ser cristiano y su amor por la causa de los trabajadores. Esa opción, ese compromiso profundo, fue abrazada desde muy joven y desde abajo. Una serie de antecedentes se acumulan fortaleciendo la opción. Primero pensó ser sacerdote pero después de dos años se salió del Seminario estando seguro de que ahí no estaba el Jesús del Evangelio. Poco más tarde, en 1924, fue parte de la escasa concurrencia que respondió al llamado realizado por el líder sindical Luis Emilio Recabarren que tuvo por objeto alertar a la sociedad chilena del peligro de una posible dictadura militar, luego del golpe provocado por la oficialidad joven del ejército, acto que termino en un profundo fracaso y que algunos autores asumen como razón del suicidio de Recabarren.

A contracorriente de las practicas divisionistas en el seno del mundo obrero, del levantamiento de una bandera partidista, de la intervención estatal que habían provocado entre otras cosas que los trabajadores estuvieran sumergidos en luchas intestinas y mal conducidas, Clotario Blest resultó ser una figura clave para crear primero la Asociación de Empleados Fiscales (ANEF, 1948) y años más tarde, la Central Única de trabajadores (CUT, 1953) donde logrará no solo ser su presidente sino que por cerca de una década otorgar a la organización de estructura y contenido, asumiendo un liderazgo sociopolítico que por una parte inyecto de esperanza a los trabajadores y por otra parte, provocó resistencia sino franco temor en la desvencijada clase política chilena, acostumbrada a las negociaciones entre la elite y de asumir a la clase trabajadora como mano de obra desarticulada sino sumisa, a pesar de una intensa y sangrienta historia de lucha y pequeñas grandes conquistas obreras.

Pronto su figura se volverá pesadamente incomoda no solo para el poder estatal (quien lo encarcelará en más de veinte ocasiones) sino para los partidos y sus dirigentes políticos y sindicales, también para algunos representantes de la iglesia católica e instituciones tradicionales acostumbrados a la negociación en las altas esferas de poder, poco y nada dispuestas a cambiar algo y a las que él denunció y opuso. Quizá eso explica que no sólo desde el gobierno haya sido maltratado y acusado de todo para desacreditar su inclaudicable persistencia humanista, su condición cristiana y opción temprana por la vía no violenta que Gandhi había promovido. Hay que decir, que desde las propias orgánicas que había ayudado a levantar, desde el mundo de los trabajadores y sus organizaciones, fue tratado con desdén y violencia, acusándolo incluso de traidor.

Días después del 11 de septiembre de 1973 Clotario Blest levantó la primera organización de derechos humanos del país, el Comité de Derechos Humanos y sindicales (CODEHS), tuvo especial cercanía con los familiares de detenidos desaparecidos, cuyo rostro más elocuente y activo estaba formado por mujeres, con quienes se hace compañero de camino y de lucha y de las que aprende lo que es el coraje y el amor herido, poniendo en jaque su machismo secular. En cada acto de denuncia contra el régimen, don Clotario se encargaba de decir presente: prestando su casa para hacer las reuniones y puntos de prensa, encadenándose junto a ellas en las rejas del ex congreso nacional, orando sobre los hornos de Lonquén, participando de las movilizaciones de protestas durante la década de los ochenta, llamando la atención a quienes quisieran ver y escuchar sobre el país vivido y sufrido en las poblaciones o ante la opinión pública local e internacional. En la agonía dictatorial, declaró que el país no debería negociar la democracia ni a través de plebiscitos ni de impunidad, sí es que realmente aspira a ser una sociedad digna y libre.

En cada gesto, por pequeño que sea, intentaba reivindicar las figuras que comulgaban con una vida entregada desde y para el pueblo; Martin Luther King, Mahatma Gandhi, “el che” Guevara, Jesús de Nazaret, su madre Leopoldina Riffo, los familiares dedetenidos desaparecidos, dirigentes obreros, pobladores, estudiantes, privados de libertad, vegetarianos, animalistas, artesanos. A no creer quizá, pero ellas y ellos eran su patrimonio, el pueblo de Clotario estaba constituido por los sencillos del mundo. En las oscuras horas de Chile, cuando la violencia asesina fue una razón de Estado y la posibilidad de que se amplificara su estela de terror era latente dijo:

“La experiencia nos ha enseñado que los sistemas de no violencia son muchos más eficaces para ganar las batallas por la libertad, la justica y la fraternidad, trilogía en que se basa toda prosperidad espiritual y material para los que ganan el pan “con el sudor de su frente” y no con el sudor de frentes ajenas.” (Revista Análisis, 1978).

Don Clotario intentaba ser coherente con lo que él mismo había declarado años atrás cuando se inició la dictadura cívico-militar:

“Sentí, además que desde el comienzo de este drama que mi deber era no esconderme ni asilarme, sino quedarme en Chile, ayudando a los perseguidos que pudiera y como lo manda Cristo (…) Me hice una promesa al día siguiente: mientras durara esta tiranía no me cortaría más la barba (…) nunca Chile había pasado por una dictadura tan implacable y feroz como esta (…) la tortura es peor que la muerte, pues se muere moralmente” (Echeverría, 1993).(2)

Don Clotario era un hombre de símbolos, de gestos elocuentes en medio de la cotidianidad. En el otoño de su vida, buscó ir cerrando cosas que reposaban en su intimidad; ver a un amor femenino con quien pacto en conjunto la entrega a los demás cuando los dos eran muy jóvenes y decir “no nos hemos equivocado”, convertirse en seglar franciscano, pasar sus últimos días en el convento de la Recoleta Franciscana, conmemorar el ultimo 1 de mayo que le tocó entre los presos políticos privados de libertad en la ex Penitenciaria de Santiago, abrazar con candidez a sus hermanos de lucha, amigas y amigos deseando fervientemente que lo vivido no fuese una excepción o una causa personal, sino que parte de las grandes causas de un pueblo tan equivocado en todo, menos en poner en medio de sus luchas, desde la no violencia activa, a los desposeídos y explotados, justamente para ser una sociedad menos violenta, más cercana a parir condiciones de equidad y de dignidad que lo que a él le toco.

Este 31 de mayo recién pasado se acaba de cumplir un año más de la conmemoración de la pascua de don Clotario Blest (1990), uno de los hombres más dignos de la historia de Chile. ¿Qué nos dice la vida de este hombre al Chile actual? ¿Los sueños y desafíos que parieron su vida se habrán ido con él? ¿De qué forma asumir su capacidad de gestar y de ser testimonio con las causas que profesaba a nivel humano y socio político? No es el interés de este escrito abonar nostalgia o coaccionar la mirada hacía un pretérito repleto de una memoria no escudriñada muy por el contrario, escribir de don Clotario es una invitación personal y colectiva a parir alteridad, libertad y compromiso en pos de desafiar los miedos, represiones y (auto) censuras que como personas y como sociedad- país hemos acumulado.

Don Clotario estaba revestido de una fortaleza ética que este país adeuda. Su figura no nos debiese recordar hacer lo correcto ni ser dignos, sino ser dignos y hacer lo correcto. En medio de tantas cosas rotas, podría ser que la vida y sueños de este hombre diminuto físicamente, no obstante su inmenso coraje, nos interpele.

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(1) Es profesor de historia. Cohabitante de La Minga e integrante del Comité de Defensa y Promoción de Derechos Humanos de La Legua.
(2) Echeverría, Mónica. Antihistoria de un luchador (Clotario Blest 1823-1990). Lom ediciones, 1993.

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