Con esta entrevista inédita realizada a propósito de su libro Memorias para olvidar, homenajeamos al escritor fallecido el día martes 30 de julio de 2019 en Santiago.

Por Verónica Jiménez

Manuel Paredes Parod fue perseguido y detenido tras el golpe de Estado. De la dramática experiencia en la prisión surgió en 2003 su obra en décimas populares Memorias para olvidar (reeditado por Quimantú), un texto que en el marco del Festival Internacional de Teatro Santiago a Mil 2013 lo hizo debutar en el teatro, compartiendo la dramaturgia de la obra Érase una vez… 571 días de un preso político con Óscar Castro, autor de otra obra testimonial: Érase una vez un rey.

De este modo, y luego de diez años de publicado el libro, los hechos de la represión relatados en sus versos fueron puestos en escena en el camarín de mujeres de la piscina del Estadio Nacional, uno de los primeros campos de concentración para prisioneros de la Dictadura.

La militancia política de Manuel había comenzado a los 18 años, con el triunfo de Salvador Allende, momento en que se integró a las Juventudes Comunistas. En el partido, el joven cuya infancia transcurrió en la población José María Caro empezó también a asomarse al mundo de la literatura.

¿Qué libros leías en la época previa a tu detención?

Leía autores chilenos, cuentos, como los de Baldomero Lillo y Nicomedes Guzmán, y también poesía, básicamente a Neruda. En una de esas circunstancias maravillosas, tropecé con la Antología de la poesía popular chilena, que editó Diego Muñoz en Quimantú, y ahí conocí la décima, aunque quedó como algo a lo que no le di una dinámica personal, sino que solamente como lector.

¿Habías intentado escribir alguna vez?

En ese tiempo ya intentaba escribir, pero no en décimas. Posteriormente, cuando fui detenido, me encontré en lugares como Cuatro Álamos con gente que sabía mucho de literatura y logré ampliar un poco mi campo.

¿Cuánto tiempo estuviste detenido?

Estuve detenido desde más o menos junio o julio del ‘74 hasta cerca de ese mismo mes o mayo, ya pierdo la fecha, del ‘75.

¿Qué ocurrió después?

Bueno, salir en libertad en esa época era muy complicado, porque te quedabas solo. Por razones de seguridad, quienes habían sido tus compañeros de prisión tenían motivos para “sospechar” de ti: no eras una persona que ofreciera seguridad, no porque tú te hubieras convertido en un delator, sino porque después de la represión estaban sobre ti.

¿Y esa soledad después de la prisión te conectó de nuevo con la literatura?

Claro, después de eso me puse a leer, a leer mucho, conocí a García Márquez, a Jorge Teillier y retomé mi olvidado amor por la poesía popular chilena. Y comencé a escribir, aunque no poesía popular sino “poesía culta”. Después, cuando surge el llamado de la Vicaría de la Solidaridad al Simposio de Derechos Humanos, decido escribir mis primeros versos en décima. El poemario se titulaba Décimas por el derecho a la cultura y obtuvo el segundo lugar. El primer lugar fue para Domingo Pontigo, con la obra Nuestros derechos humanos.

¿Y cuándo comenzaste a escribir Memorias para olvidar?

Después del concurso seguí escribiendo décimas, pero luego lo dejé, porque me parecía estar haciendo transcripciones: cualquier cosa podía convertirla en décima. Entonces, vino un silencio muy grande, un silencio de 20 años, hasta que me di cuenta por algunos indicadores, por mis hijos que ya estaban grandes, que mucha gente quería saber de mi pasado y no se atrevía a preguntar, por temor a abrir viejas heridas, heridas que no tengo. Así es que me decidí a escribir para contarle a los míos y a quienes quisieran saber, pero me encontré con otro problema: si yo quería hacer algo que trascendiera el ámbito familiar, lo iba a hacer en un ambiente sobre saturado de relatos de ex prisioneros políticos. Fue así que me acordé de mi viejo amor, que era la décima, y me di cuenta que no había un relato sobre la prisión en décimas; sí estaban libros como El golpe, de Roberto Parra, pero no trataba el tema de la prisión. De ese modo, empecé a reencontrarme con la décima y comencé mi relato, con mucho esfuerzo: había décimas que me costaban dos o tres horas.

¿Qué referentes tenías para lo que te habías propuesto hacer?

Estaban Los zarpazos del puma, muchos otros libros, muchos referentes en poesía y en narrativa, pero creí imprescindible que la poesía popular recogiera esto.

¿Hay en la poesía popular una base distinta a la de la poesía culta para escribir sobre la prisión política?

Las formas condicionan. Sin lugar a dudas el resultado no será el mismo en los dos casos. En el uso del lenguaje, por ejemplo, la décima permite un lenguaje más coloquial, puedes usar modismos que en la poesía o en la narrativa no serían bien vistos. Si bien uno tiene una atadura, que es el octosílabo y la rima, tiene, por otro lado, también mucha soltura; puede incluir refranes, dichos populares, que suenan connaturales con la poesía que se está haciendo.

¿Pensaste que un libro escrito en décimas podría ser bien acogido?

Yo me he dado cuenta de que la poesía popular pasa por ciclos, que creo yo que son como de 30 años. Cada 30 años, la poesía popular vuelve a estar en una especie de peak, y en cuanto eso ocurre es recogida también por las editoriales, que es lo que ha pasado ahora. Además, hay mucha gente joven que se está acercando a la décima.

Tú no eres creyente y eso marca una distancia con muchos poetas populares que lo son y que cultivan, por ejemplo, el canto a lo divino.

El hecho de no ser creyente te provoca diferencias no sólo con tus compañeros poetas; te provoca diferencias en las relaciones laborales, en las reuniones de apoderados. A esas diferencias, ya me acostumbré. Yo miro con mucho respeto el arte religioso, en la pintura, en la música y también en el canto a lo divino. Soy un consumidor asiduo de canto a lo divino, me gusta mucho cómo logra concretizarse la religiosidad, te pone la fe sobre la mesa, como un producto concreto.

Aunque tu poesía no tiene ese referente religioso, ¿piensas que de alguna manera hay en ella un sentido redentor?

El canto tiene un carácter sagrado, el hecho de creer en el hombre y en el mundo es también una mirada religiosa, la diferencia es teológica: tu Dios puede ser para mí la solidaridad. Y si bien la religión tiene capítulos tristes, hay otros momentos que todos, incluidos los ex prisioneros políticos, debemos agradecer. Por ejemplo, las acciones del Cardenal Raúl Silva Henríquez.

En este libro mezclas décimas encuarteladas (una cuarteta inicial glosada por cuatro décimas, más una décima de despedida), al modo tradicional, con otras sin encuartetar. ¿Esto tiene alguna función?

La verdad es que cuando me planteé hacer el libro, lo que me propuse fue hacer una serie de versos encuartelados, pero a poco andar me di cuenta que iba a ser imposible, debido a la gran diferencia de extensión de los temas que tocaba; así que simplemente opté por la décima libre, con un saludo inicial y una despedida al final, como un homenaje a la poesía chilena, a la décima encuartetada.

¿Hay lecturas que podrías decir que están presentes en tu libro?

Una de los libros que me hizo caer en la décima fue Décimas, autobiografía en verso, de Violeta Parra. De tanto escuchar a Violeta me di cuenta de lo que significaban las medidas, de lo que significaban las rimas, y ese es mi gran referente. Hay otro libro del que yo extraigo lecciones, que es el Martín Fierro, que para mí es un libro capital. Y otro, mucho más lejano en la forma y también geográficamente. Lo leí después de que mi trabajo estuvo hecho: Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente. Es un libro que en ninguna parte dice “yo soy el bueno; los otros son los malos”; es un libro que narra la vida del prisionero, independiente de quienes hayan sido los carceleros y quienes los prisioneros, políticamente hablando. No hay tácticas, no hay estrategias, no hay grandes profesionales de la guerra, y me di cuenta de que eso había pasado en mi libro después de que lo terminé. No hay proclamas, no hay consignas.

¿Era lo que te interesaba transmitir en tu libro?

Mi libro tiene incluso algunas pincelada de humor. Mi experiencia en la cárcel fue muy dolorosa, pero también muy dulce. Conocí la solidaridad humana; la recibí y la di. Hay una cosa que está presente en el libro, por ejemplo, y es cómo aprendí a jugar ajedrez. Es algo que me acompañará toda la vida. Hay otras situaciones que son más dramáticas, pero que yo traté de objetivar al relatarlas, como cuando hablo de haber heredado el cepillo de dientes de un compañero muerto. En el tono, opté por la sobriedad, porque siempre busqué la esperanza, la salida. A mí muchas veces me han dicho “bueno, pero ¿cómo pudiste aguantar todo eso?” Pude aguantar porque sabía que estaba detenido por un mundo en el que creía.

 

 

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