por Daniela Catrileo.
Para comenzar a leer La hija de la lavandera de Yeny Díaz Wentén, quizás habría
que realizar un ejercicio anterior. Ir en busca de una pintura que representa un
paisaje campesino y una escena entre dos personajes populares del mundo
latinoamericano: El huaso y la lavandera, del alemán Juan Mauricio Rugendas de
1835. Una obra romántica que intenta plasmar un encuentro en el río. La imagen
muestra a una mujer que lava con sus brazos fuertes una tela blanca, mientras un
hombre con poncho rojo, la observa y acompaña montado sobre su caballo. Como
dato aparte, en el dorso de un dibujo que realizó Rugendas sobre este tema,
existe un diálogo escrito, entre ambos protagonistas. El huaso dice: “¿con que
lavando?” y la lavandera responde: “y con jabón”.
Menciono esta pintura para dar comienzo a la lectura, pues es la misma poeta
quien en una entrevista para Mapuexpress hecha por Ange Valderrama Cayuman,
durante el año 2016, hace este guiño. Nos dice que hay un ambiente parecido a
ese cuadro, además de agregar otros aliños a nuestro vaivén por las aguas del
libro. En ese entonces, ya nos adelanta que trabaja en la historia de una mujer
pobre que cuenta su vida como lavandera en el río.
La hija de la lavandera comienza y termina entre achiras, flores que acompañan y
adjetivan los diversos cantos y poemas que forman el conjunto. Digo cantos
aunque quizás en la poética de Yeny, no podría hacer una división entre wirin y
ülkantun, entre letra y ritmo, pues cada verso va con aquella composición sonora
donde su voz resuena arrastrando la cadencia que otorga su trabajo. Ya lo
veíamos en Exhumaciones (2010) y Animitas (2015), sus libros anteriores. En esta
última obra reafirma su paso y decisión por elegir una escritura que se asemeje al
habla aferrada al mundo rural, campesina y coloquial. La naturaleza se hace parte
de un lenguaje que conoce y le ha prestado oído. Pues, una y otra vez vuelve con
sus animalitos para incorporarlos como parte fundamental de la personificación
humana. Sus personajes van desfilando en conjunto a sus sonidos, cada uno
hilado a su propia sinfonía.
Apenas abrimos el libro, nos encontramos con una narración censurada. Una
especie de relato fragmentado en cantitos con señales para entender cómo se va
articulando este paisaje entre: señorito y lavandera, madres e hijas, la capital y el
pueblo. Nos entrega sus primeras pistas sobre el rezo, el parto y la huida de las
voces que componen esta historia de lavandera madre y además hija de otra
lavandera, quien la concibe en ese río que en el paso de los poemas se vuelve
fuente y testigo. De hecho, el caudal es quién será el paisaje constante entre el
oficio de lavado, los encuentros eróticos enlazados, las pérdidas y los muertos que
llegarán a flotar en él. La mujer de estos poemas nos relata la intimidad entre los
quehaceres del enjuague. En un primer momento, nos habla de amor, ternura y
penas mientras saca la mugre y enreda a sus palabras las sábanas, la artesa, el
jabón, la ropa, las pulgas del gato y una y otra pregunta se deslizan por su
espuma. Luego, en un lenguaje shumpall como un eco a Roxana Miranda Rupailaf
y su wirin, nos hace testigos de la primera visita al mar, donde las aguas y algas
se transforman en oscilación y erotismo: “Grite en su calurosa espiga salada y
erguida” o “besar sus dedos peces sus cabellos lobos cuando conocí el mar” y
“Fue tanta la gana que olvidé el río y sus piedras”.
En un segundo momento, aparecen las calles de la Capital, las casas ajenas
desde donde el río es un recuerdo que carga como identidad y memoria. Desde
esa urbanidad se pregunta mientas las golondrinas la castigan: “¿Qué soy acá?
¿Qué es de mí acá? Es hora de ir a casa, mucha letra y demasiada cobardía,
nadie muere de amores. Capital que la derrumba y desde donde reafirma con
fuerza su posición en el mundo: “por ser india, lavandera y champurria”. Y Nos
revela: “Prefiero ser pobre, un río y del peumo”. Cuestión que instala la conciencia
que tiene de habitar su cuerpo, su territorio y su historia, con todas las voces que
carga tras él. Es imposible no subrayar lo champurria como elección, pues Yeny,
se reconoce en ese choque identitario que carga lo mapuche como memoria
común, haciéndola parte de una genealogía de lo champurria que se instalará con
fuerza desde el universo de la literatura y el arte. Una reivindicación de un entre
lugares, que fue tachado durante tanto tiempo. Y no sólo eso, sino el
reconocimiento de la pobreza y el oficio de lavandera de las clases sociales más
azotadas por el país, el trabajo que adoptaron la mayoría de quienes se ubicaban
en los bordes de la visibilidad, subsistiendo en la economía de las aguas como un
lugar digno que dividía al mundo: entre a quienes les lavaban sus ropajes y
quienes tenían que lavarlos para comer. Pues, por mucho que todos ensucien sus
ropas, sigue existiendo la verticalidad que conformó toda una subjetividad de
clase: “La gente odia a los pobres porque llevamos/ el olor a humo en el alma”.
En las páginas siguientes, traza la frontera entre el nacimiento de la hija y las
apariciones de las muertes que van a penar hasta el final del libro, como pequeñas
huellas de lo que se viene. Animales que mueren, otros que asesinan y el llanto
como continuum del cauce se vuelve desamor. La pérdida amorosa se articula
justo posteriormente a esas señales donde se dice: “Sáquenlo a golpes el martirio
de este corazón/ que se quema de la pena de no ser amor que se espere” o “como
la pena de viuda que te tengo”. Esa pena profunda se configura como el momento
donde el poema no se muerde la lengua para ocultar, sino que muestra toda su
ropa sucia ante sus lectores. Esto, por más que la capital haya querido instalar el
silencio y la mudez en el habla de lavandera. Pero la lengua se va soltando en
honestidad y toda esa ternura inicial se vuelve asco y rabia, ante a quien se amó
alguna vez. Todo frente a los ojos inquisidores de quien la ven de vuelta por el
pueblo, sin marido, “vestida de miseria”, resignada y sola. Sólo para reafirmar esta
sentencia en una de sus vueltas con los versos: “Yo entré a tu casa y me fui
recordando que los hombres/ de tu porte están llenos de agua y de mugre”.
La muerte no deja de perseguir la poética de la poeta o es ella, quien se aferra a
ese instante como reivindicación de una memoria que politiza. La pérdida en el
libro no es sólo del amante, a quién vemos con los apodos de: hombre pájaro,
muchacho, señorito. Sino que esos abruptos finales tienen también una hebra que
continúa por estos versos que también leímos en los diálogos que hacen Los
callados de su libro Exhumaciones. Esa hebra es el acontecimiento del asesinato
de su abuelo Manuel Wentén Valenzuela durante dictadura, a quién vuelve a traer
en estas hojas, pues su muerte es el legado que no olvida y que se nombra en el
poema: La herencia. Junto a Manuel también se levantan otros muertos que se
nombran, en el poema: De cuando la lavandera conoció a la Juana niña, podemos
leer a Amador Zúñiga y Hortensia Llancamil. El río guarda sus voces, guarda la
tragedia y la de todos aquellos que quisieron silenciar con sus muertes. Sin
embargo, aquellas desapariciones forzosas que aún resuenan trágicamente en
nuestra historia, también se suman las desapariciones y asesinatos recientes en
posdictadura como el caso del joven mapuche José Huenante, a quién la poeta le
dedica un arrullo, como hilando esta trama de horror que no se ha detenido para
nuestro pueblo: “Ay de mi niño encardado susurra/ mi cielito Huenante”.
Finalmente, hay algo que queda rondando en esta lectura como esos cantitos de
la ñaña Yeny. Porque la poeta elige exorcizar los miedos en el poema “Lanita
mía”, donde su voz dice: “que no te persigan los miedos de tus familiares te libero/
no hay peor carga que el de otro”. Y es que después de tantas pérdidas y muertes,
elige también conjurar la mala herencia con su caldero hirviendo. Pues como
buena lavandera sabe que el agua en su proceso de ebullición mata al bicho, o
puede limpiar en su música de hervor los temores de otros. Esa es justamente la
liberación que elige la poeta, para la niña Ela y también para sí misma, con su
escritura achirada decide no morderse otra vez la lengua.
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