Gonzalo Planet
Colección Carnada
Libros del Pez Espiral, 2018
Santiago de Chile
Por Marcelo Arce Garín
Una perfecta factura acompaña el desarrollo de este libro donde se refleja el
proceso histórico de nuestra patria, desde el triunfo de la Unidad Popular y el
gobierno de Salvador Allende hasta nuestros días. Sol y Lluvia se instala como
una banda cronista testigo del dolor y la fortaleza del pueblo pobre, haciéndose
tangible en su discografía y miles de tocatas a lo largo de su trayectoria, desde el
bombito y la guitarra en sus inicios hasta la actual incorporación de instrumentos
de viento como el saxofón.
El cuadro es el siguiente: La terraza de la playa, un preciado y libertario recorrido
entre cancioneros mimeografiados de Silvio Rodríguez y los Doors, pulseras de
bambú, pergaminos con el rostro de Allende y Víctor Jara y harto pachulí. Así
fueron las ferias artesanales de la patria. El bombo legüero junto a las guitarras
rabiosas del grupo fueron la banda sonora de mi niñez y “+ personas”, mi caset
regalón recorrió cada rincón del litoral central chileno de mano en mano. La cinta
se iba deteriorando y resonaba fuerte el inicio de “Espíritu Santo”, mientras en el
Arte/Carátula los hermanos Labra sortean una cerca con alambres de púa, “+
personas” fue disco de oro y un regalo de mi prima Patty para la pascua, un dardo
perfecto al corazón de la gallada.
“Cuando creen que la guerra termina
y desempolvan sus uniformes generales,
Nosotros intentamos cada día,
cada hora ser más personas,
más personas construyendo paz”
Recuerdo a Lito, nuestro vecino playero que entre sus maestrías fabricaba y
fumaba pititos envueltos en hoja de eucaliptus (pitos mentolados, nos decía) o
golpeaba con exactitud el lugar donde dormía en la casita roja del Tabo. Su misión
era el préstamo de los casets de la banda para seguir la fogata, exorcizar la pena
y comenzar el carnaval. Eso es el Sol y Lluvia; un carnaval que ilumina la desazón
de la injusticia, un bosquejo azul que anima y perpetúa el brillo de los ojos en el
populacho, la danza ebria en torno a una fogata inmensa, esa luz es vida. “Canto
+ vida”.
El rol de la banda es crear conciencia y permanecer indefinidamente en la mente
popular, mutar en un cantar latinoamericano, ser el pasaje poblacional con el Dos
en Uno a todo volumen, conciertos con fogatas enormes y la gente azotando la
rabia en torno a ésta, llorando y escupiendo, enarbolando una caja de vino al son
del Largo Tour que se convirtió en un escupo directo al rostro de este Chile rancio.
“Demasiado tiempo de abrazar a los que partieron,
me ha cansado.
Demasiado tiempo de zarpazo mortal a los que amo,
me ha cansado.
Demasiado tiempo, demasiado,
me ha cansado.
Y desde mis ojos cansados, y desde mi pelo cansado,
y desde mi llanto cansado, penetro en tus ojos,
y tus ojos se agrandan y nuestra mirada de ayer
es presente y futuro y mi canto vuelve a cantar en el tuyo”.
Gonzalo Planet aliado con Pez Espiral nos entrega este paneo testimonial iniciado
desde la genealogía, el recuerdo familiar, el ejemplo de Julia Sepúlveda Encina y
Renato Labra Jofré (madre y padre), sus inicios en el Estadio Nataniel, los trabajos
gráficos en la comuna de San Joaquín donde se gestó el coraje de la agrupación,
imágenes de Lennon, Gandhi, Neruda, Violeta Parra entre otros en postales y
afiches que servían para parar la olla y crear conciencia, un piño decidido y
arrojado: Artesanía Gráfica.
Planet es músico en la banda Matorral y desborda su pasión por ella también
en el periodismo, la producción artística y la interpretación musical.
Los protagonistas nos pasean en primera persona por su historia, entre las letras
de sus canciones, recortes de prensa, fotografías familiares y las carátulas de sus
discos nos enteramos de manera fidedigna sobre su historia que dura hasta hoy.
Los movimientos son 11 capítulos y el más crudo y desolador es 48 horas, donde
se narra un suceso cotidiano para la época.
Cuenta Amaro: El 10 de septiembre de 1977, el Charles y yo salimos a la calle a
repartir volantes y afiches que imprimimos con un poema mío. Decía “Chile triste,
nada debes celebrar / Sangre hermana derramada / y hermanos de incógnitos
destinos / oscurecen el sol de este día.
Los pegábamos en los muros, los tirábamos, los metíamos debajo de las puertas.
Subimos a una micro que iba por Avenida Matta para seguir repartiendo, y el
Charles lanzó algunos volantes hacia afuera por la ventana. Bajamos, nos
subimos a otra, y detrás nuestro subieron dos carabineros. Nos habían sapeado.
No nos dimos cuenta.
Y Charles continúa: Obviamente tuvimos mucho susto. Pero nació la canción
“Espíritu Santo”. Esa canción fue el vuelco de todos esos sentimientos. Ahí está
sintetizado eso que se vivió.
“Tengo un diablo en mi corazón
que me quiere hacer callar
tengo un diablo en mi corazón
que me quiere hacer callar
es el temor
es el temor
pero mi pueblo me grita en silencio
que no deje de cantar
pero mi pueblo me grita en silencio
que no deje de cantar
de la muerte tengo un árbol
que me da la vida”.
Jaime Roos, cantante, músico, productor y compositor uruguayo editó el año 1982
bajo el sello Orfeo la canción “Adiós Juventud”, y su letra dice: “Adiós Juventud /
no puedo esconder las canas / Adiós Juventud / las ganas de volver a salir / a
marcha camión / a grapa y limón / me queda un verso por decir / antes de partir /
Adiós Corazón / Adiós Carnaval…” y se convirtió en la génesis de la canción más
emblemática que nos otorgó la banda, esa que llamaba a apagar la tele y caminar
por las poblaciones populares observando la realidad. En tono carnavalesco la
denuncia se transforma en fiesta, en la catarsis rabiosa y a guata pelada de los
recitales.
La cantante chilena Charo Cofré, a su regreso del exilio en Italia conduce un
programa musical en TVN llamado “Los musicantes” y conversa con Sol y Lluvia,
interpretan canciones en vivo junto a un videoclip* precario, donde los vemos
aburridos bostezando y decididos a apagar la tele. Salen por las calles de La
Legua en un carretón de mano ante la curiosidad de los vecinos y la invitación de
unos niños a disputar una pichanga en la cancha. Juegan de local.
“A esta hora justamente a esta hora
en que tu cerebro empieza a cabecear
con la última telenovela
quisiera sacarte a caminar
en un largo tour
//por Pudahuel y La Bandera
por Pudahuel y por La Legua//
y verías la vida tal como es.”
El negacionismo persiste hoy, niegan las violaciones a los Derechos Humanos en
nuestra patria siendo que los huesos también cantan y denuncian. El año 1978 se
encontraron restos humanos en unos hornos de una mina de cal, los cadáveres
colgaban desde el socavón, 15 campesinos torturados y asesinados, cuyas
edades fluctuaban entre los 17 y 51 años. Un aviso a la Vicaría de la Solidaridad
logró corroborar el asco y su fotógrafo, Luis Navarro registró la masacre
guardando absoluto silencio para que la Dictadura no ocultara la evidencia.
Uno de los rostros emblemáticos de la Agrupación de Familiares de Detenidos
Desaparecidos fue Elena Muñoz, viuda de Sergio Maureira Lillo y madre de
Rodolfo Antonio, Sergio Miguel, Segundo Armando y José Manuel, quienes fueron
detenidos y asesinados por carabineros. Purísima de Lonquén nos dejó con un
dolor inmenso en su alma, al igual que tantas mujeres luchadoras en Dictadura
que se han ido sin justicia, de las cuales nos queda su ejemplo y su fortaleza.
Los Hornos de Lonquén confirmaron la existencia de torturados y desaparecidos
bajo la dictadura de Pinochet, hoy continúa la lucha por la verdad y la banda
canta:
“Sabíamos
que no eran nuestros compañeros
los que allí
estaban.
Sabíamos
que no eran nuestros camaradas
los que allí estaban,
pero sabíamos
que eran nuestros hermanos.”
La solidaridad y la Pazciencia fueron consigna y acción para Sol y Lluvia, el
mundo popular es generoso y en tiempos de vacas flacas se unen para salir
adelante. En los ochentas las ollas comunes fueron indispensables para paliar la
cesantía y la solución gubernamental proyectada en el PEM (Programa de Empleo
Mínimo) y el POJH (Programa de Ocupación para Jefes de Hogar), políticas
municipales para ocultar la miseria y el hambre que eran una burla.
Aquél sueño colectivo propuso la banda y la fidelidad de sus fans es a todo
terreno, siendo los primeros en llenar el Estadio Nacional.
En 170 páginas “Sol y Lluvia, voces de la resistencia” logra sumergirnos en
nuestra historia contemporánea, una mención especial a la editorial que con sus
diseños delicados, hermosamente trabajados y con la estética del libro/objeto,
logran darle un realce al trabajo de investigación.
En toda historia hay dulce y agraz. Acá hay una separación. Amaro sigue con el
Sol y Lluvia, celebrando unos días atrás 40 años, Charles continúa liderando la
banda Antu Kai Mawen y Jonny trabaja en el Centro Cultural de San Joaquín.
Como seguidores perpetuos de la banda no renunciamos a volver a cantar junto a
los hermanos Labra sobre el escenario, sea la calle o el Estadio Nacional juntos
entonaremos, todas las gargantas proletarias “A recuperar el valle, señora”.
Sol-y-Lluvia-Canto-vida-1985

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