Por Marcelino Romero C.

 

Es septiembre de 1973, la primavera va dando sus primeros retazos de color al gris invierno que se agota. Se suceden las tardes de sol que someten las frías mañanas que se van extinguiendo, al tiempo que estas dan curso a los rojos ocasos y negras noches plagadas de estrellas que visten los sueños de cientos que luchan y conquistan las utopías libertarias.

Septiembre 1973, se abre paso con los colores de la fiesta chilena que ahora hace eco de un pueblo en pie, empoderado, rico – aunque heterogéneo-, unido. La voz de este pueblo recorre campos y ciudades: “Hay que defender al gobierno de los trabajadores”, en los rincones se oye y se lee. Y a pesar de la amenaza latente de los poderosos, la vida continua. El obrero sigue martillando la materia, el estudiante se prepara, el profesor forma personas, mujeres y hombres moldean la nueva realidad y sus hijos son la arcilla que ahora cobra forma en un mundo de esperanza. “Venceremos”.

Nuestro San Bernardo es parte de aquella alborada popular. En septiembre de 1973, San Bernardo es un centro neurálgico para la industria ferroviaria, los obreros atiborran su ceñido centro urbano. El predominante mundo rural es la correa que transporta al nuevo campesino que ahora es dueño de su futuro, un campesino que se ha sacudido el feudalismo, otrora dominante, en Lo Herrera, Chena, Nos, Calera. Tomas de terreno, van desplazando los sitios baldíos y se transforman ahora en sitios de esperanza, las viviendas populares se van levantando en uno y otro lugar. Los anhelos van encaminados al éxito, no obstante, la amenaza sea latente y las armas que ostentó la aristocracia en contra del pueblo en el pasado reposen ahora en los numerosos cuarteles de la incipiente ciudad. Hay confianza del gobierno en ellos y el pueblo confía en su gobierno. Septiembre 1973.

Hace unos meses, la embajada de la Unión Soviética en Chile había apadrinado cuatro colegios a lo largo del país. El Instituto Chileno Soviético de Cultura dio marco a un fructífero intercambio de relaciones artísticas. Se comprometía en el discurso la mutua cooperación para la mantención de este estado de ensueño que significaba la revolución en libertad; aquella que con cara de niño renegaba de la sangre de las revoluciones tradicionales, aquella que había conquistado el gobierno a través de los instrumentos que la democracia le entregaba y que en su filosofía de niño ingenuo confiaba en el respeto del estado de derecho por parte de quienes no tienen más religión que la propiedad privada y sus costumbres decimonónicas.

Uno de estos colegios recientemente apadrinados era la pequeña escuelita N°8 de San Bernardo, hace unos años trasladada a Villa Chena, que a su vez era una “villa nueva”, levantada para dar habitación a ex miembros de la Fuerza Aérea, también a algunos activos, por lo que prontamente sus aulas dieron espacio a los hijos de uniformados que al mismo tiempo eran sus vecinos.

Los destinos de este centro educacional estaban dirigidos por una educadora que en su piel había marcado la lucha social de un Chile que despertaba. La señora Fresia Corona Barahona, había sido profesora en las salitreras del norte, también en el campo de San Bernardo fundó la Escuela de Cultura Artística de la comuna y hacia 1973 se convirtió en directora de la Escuela 8. Caracterizada por quienes la conocieron como una mujer de andar amable, aunque rigurosa y que dignificó en cada etapa de su vida su labor de educadora, la cual combinó con su talento en el baile.

La escuela había sido parte de un concurso de pintura para escolares organizado por el nombrado Instituto Chileno Soviético de Cultura y llamado “Las Riquezas de mi Patria”, auspiciado por el Ministerio de Educación. En el contexto de este concurso determinó la embajada, que eran muy pocos los ganadores del premio máximo. Una estadía para dos personas por 15 días en un balneario para niños y jóvenes a orillas del Mar Negro, dado el alto costo de los traslados, entonces se decidió sumar al mejor alumno de cada colegio apadrinado, y así fue que de nuestro San Bernardo partió el joven de sexto básico Alfonso Orazio, hijo de un sargento de la FACH del mismo nombre, quien pasó en la extinta Unión Soviética las últimas dos semanas de agosto, retornando al país al abrir septiembre de 1973.

Fue la embajada la que tuvo la idea de hacer una recepción oficial a los viajeros a la que asistieron el Primer Secretario de la Legación Diplomática, el Agregado Cultural, un alto oficial de la Fuerza Aérea, además de apoderados y cuerpo docente del recinto ofrecido para este acontecimiento por su directora, la señora Fresia Corona. El Instituto Chileno Soviético de Cultura extendió una invitación entonces a Víctor Jara quien accedió feliz, dada la oportunidad de estar cerca de niños y pobladores, con la idea de otorgar realce y calidez al evento, el cual se desarrollaría al mediodía del lunes 10 de septiembre.

Esa mañana Rosa Jau, auxiliar y cuidadora del colegio, quien además vivía en su interior, se preocupó de poner las cosas en su lugar, dejar limpio cada rincón de la escuela, esta debía estar impecable para recibir a tan importantes invitados. Fueron éstos ocupando uno a uno los asientos reservados esa mañana. Atrás, padres y apoderados ocuparon los restantes, de pie, docentes, auxiliares, alumnos, curiosos. Entre cuarenta y cincuenta personas se repartían en el pequeño recinto, un patio de tierra coronado por una tarima que improvisaría un escenario.

Iniciada la actividad se dio paso a los discursos, se cruzaron estos con un pequeño montaje folclórico y una revista de educación cívica desarrollada por los niños del colegio, se sucedieron las felicitaciones, los aplausos, los abrazos. Ese día 10 de septiembre, era una mañana festiva, como día de septiembre, colorido y alegre. El cerro Chena otorgaba un fondo verde a la escena que se complementaba con un cielo celeste impoluto, y aunque el brillante sol del mediodía se recostaba sobre los asistentes, aún no galopaba sobre el calor más propio de diciembre. El suelo compacto del patio resistía la presencia de las personas, todo seguía su camino, ahora el turno del plato de fondo, se preparaba Víctor Jara para subir al “escenario”, se reacomodan los espectadores, Rosa Jau ubica a sus hijos en lugares donde puedan apreciar al cantautor.

El canto de Víctor empieza a elevarse en el cielo sambernardino, la frecuencia de los acordes acompaña las melodías, el artista brilla, es su mundo, comanda su espacio. El aire transporta las ondas de su voz hacía las almas de los que le presenciaban. Nadie conoce su destino, septiembre 1973, pero esa mañana el tiempo está detenido, el colegio es una fiesta. Los asistentes corean las canciones, aplauden, el ánimo festivo recorre la piel y refracta alegría que el cantautor cataliza y transforma en fe y esperanza.

La fiesta les hace partes a todos, pobladores, uniformados, invitados, al mismo Víctor, como una comunión a la cual se integran todos los sectores, nadie es distinto, nadie es el otro, nadie es el enemigo. El tiempo está detenido, el espacio alrededor de Víctor está cerrado a las traiciones, los complots y las confabulaciones son desterradas al mundo de los grises, de los odiosos. Ellos no tienen cabida en esta comunión, aunque su tiempo sigue corriendo, sus relojes están marcando en retroceso hacía su hora de sangre, la hora de los oprobios. Están esperando que parta la cabalgata y desatar al fin sus jaurías.

A esa hora Adiel Monsalves y sus compañeros mantienen encendidas sus forjas, empuñadas sus herramientas. Jenny Barra hojea sus libros, prepara sus materias. Héctor Hernández recorre el patio de su colegio. Vicente Blanco prepara los papeles para su jefe, espera que culmine luego el día para reencontrarse con Elsa. El cerro Chena, mudo y monumental testigo de nuestra historia reposa en silencio, tal vez en sus laderas se han alcanzado a deslizar algunas de las notas de la suave voz de Víctor, su presentación está por concluir. Se prepara para el último de sus temas, “El hombre es un creador”, medio en chiste, medio teatralizando el problema anuncia que no puede continuar, no tiene como tocar la guitarra y hacer sonar la peineta al mismo tiempo, anima a la concurrencia con un “¡Es tan fácil!”. El público ríe, pero se mantiene tímido y en eso asoma el padre del alumno festejado, el sargento Alfonso Orazio Truco, Víctor le pregunta disimulando incredulidad “¿Se la sabe?”, él impecablemente uniformado asiente, la canción interrumpe el lapso de silencio, la peineta suena hábilmente y sorprende a todos por la correctísima interpretación, ambos concluyen abrazados, repican los aplausos. Septiembre 1973, el hombre es un creador, y también es un hermano sin importar su origen. Nadie conoce su destino.

La fiesta termina, atrás quedó el pie de cueca bailado con doña Fresia, Rosa vuelve a acomodar las sillas, los invitados disfrutan de un cóctel y se retiran, el tiempo empieza a correr de nuevo, el tiempo es inexorable y no perdona. En la mente de los niños queda depositada esa figura amable, tranquila y de espíritu limpio. Víctor Jara vuelve a Santiago en compañía del encargado del Instituto. Está feliz, esperanzado, le dice: “–Compañerito… ¡cómo voy a creer en conspiraciones, si aquí está el pueblo unido, vestido de uniforme y civiles, si somos todos lo mismo, sin divisiones!” y claro, había estrechado tantas manos, había dado tantos abrazos, había compartido tantas risas. Su ventana se mantenía abierta a la luz, su vida no era para vivir en sombras, estaba a horas de dar un salto a la inmortalidad.

La señora Fresia Corona, fue detenida un par de meses después del golpe. Expulsada de su cargo, al recuperar su libertad se trasladó a Ranco donde se afincó, formó una familia y continuó con su enseñanza del arte. Vive hoy a sus 101 años. El sargento Alfonso Orazio Truco falleció en 1976 de un cáncer que lo separó tempranamente de su pequeño hijo Alfonso y él, aún vive en San Bernardo y se mantiene ligado a la música, pasión que comparte junto a su hijo homónimo. Rosa Jau, la auxiliar del colegio, fue apartada de sus labores unos meses tras el golpe, sus hijos corrieron distintas suertes, uno paso por el centro de detención del Cerro Chena para ser luego exiliado, otro escapó por años de la detención, y otro se hizo adicto al régimen.

Esta historia fue enterrada en el olvido que adolecemos en nuestra ciudad. Sobrevive aún en la memoria de quienes fueron testigos como sobreviven las raíces profundas del árbol que sufre un incendio, esperando brotar nuevamente y que las aguas de la vida humedezcan el terreno que las cubre hasta hacerse fértil otra vez, hasta que nosotros le demos el sustento que convierta sus florecientes tallos en fornidos troncos. Nuestra historia nos lo exige, nuestros apellidos nos lo demandan, nuestros hijos lo necesitan.

chena

 

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