Prólogo

Escritura en el tiempo.

“Crónicas de Carmen Berenguer”

 

Raquel Olea.

Las crónicas de Carmen Berenguer abren verdades de una época de (des)esperanza, escriben el paso y el peso de 17 años de dictadura, piensan las afecciones de la vida política, la vida social; su mirada apunta a producir significaciones: los mapas y gestos de la ciudad, las hablas, los cambios en los modos de comunicar, los lenguajes visuales, la memoria; las violencias de un proceso histórico. La autora junta materiales, selecciona significantes para construir significados intangibles, simbólicos de una época difícil. Berenguer condensa la escritura en eso que ella vio y observó, lo ido (i)recuperable; las tensiones de un tiempo que quisimos e imaginamos de otra manera; la intemperie y las incerteza de lo que quedó del deseo de expectativas incumplidas.

Transición fue el significante que permitió a la cultura chilena dar sentido a ese tiempo de cambios, de producción de otros imaginarios culturales, de recuperación de la ciudadanía, de fantaseos y esperanzas de vida democrática: salir del miedo, del exilio, del habitar en el terror que había sido la tortura, la desaparición, y la desolación social marcada por la borradura de los lenguajes con que el mundo estuvo antes nombrado. La transición tenía una única dirección posible, conducir el país hacia la democracia que en ese entonces se imaginó —engañosamente alegre— con los colores del arcoíris, promovidos por la campaña del Plebiscito (1989) que derrotó a Pinochet. Años en que aún no era posible nombrar una democracia plena, pero sí soñarla, imaginarla como una construcción colectiva, dominada por el deseo y la voluntad política de cambiar y deslegitimar las instalaciones institucionales y simbólicas realizadas por la dictadura. Años que abrirían nuevas formas de convivencia social.

Transición y cambio fueron signos de apertura en los discursos sociales de años sentidos como pasaje hacia una promesa, no del todo precisada. Ahora sabemos que la palabra democracia, por sí misma, no era suficiente y quizás uno de los efectos distintivos de estas crónicas es abrir otros significados en ambos términos —transición y democracia— para decir y mostrar en ellos reveses y pliegues, dobleces y matices que es donde se pueden (des)ocultar entre-medios de los hechos y entre-lugares culturales que nombren aquello que no fue nombrado en su emergencia. O más bien, como todo acontecimiento, no pudo ser pensado entonces, quedaba para después.

Los discursos académicos y sus lenguajes (sociología, filosofía, antropología, etc.) desplegaron su instrumental más sofisticado y contemporáneo, venido de aquí y de allá, para nombrar y escribir la época; buscaron explicar una realidad atascada en los acuerdos políticos que hicieron posible la salida de la dictadura, pero que no proveían certezas; se vivían aún los enclaves de la dictadura junto a la posición proclive a los consensos practicados por los gobiernos concertacionistas.

El lenguaje de la política habló universalmente de cambio, significante que se hizo derrotero universal de proclamas, pero la sociedad chilena había ya cambiado de tal manera que ese signo no nombró más que un imposible: ni motor, ni medio, ni arribo a los deseos y expectativas ciudadanas. Moneda de transacción dudosa, “el cambio” quedó suspendido en el significado de múltiples posibilidades y direcciones que lo dejaron en desuso, del mismo modo, el sentido del término democracia al que parecía apuntar el signo de la transición iba paulatinamente desgastándose hasta ser nombre de su propia ineficacia: hacia qué democracia avanzábamos, cuándo había comenzado y cuándo finalizaría la llamada transición, fueron preguntas sin respuestas.

Hoy, el sintagma transición a la democracia es más bien un signo vaciado de los diversos sentidos que se le asignaron entonces. Aceptamos los signos de una época postcatástrofe, insuficientemente nombrada. Ni cambio, ni mudanza, ni transformación, ni metamorfosis, ocurrieron en ese tiempo, sino más bien la consolidación, el afianzamiento, y el refuerzo de lo que ya había sucedido durante la dictadura de Pinochet; es por eso que algunos sociólogos y pensadores, pensadoras de la cultura prefirieron nombrar como Postdictadura a ese tiempo políticamente determinado por acuerdos y consensos en que la ciudadanía no tuvo participación; se hicieron intentos para salir del infierno, pero el infierno siguió ardiendo en la falta de justicia, en las políticas de olvido, en el rostro de las desigualdades, las intolerancias, las privatizaciones y las incapacidades de construir una democracia plena e igualitarista. El dictador estaba vivo y las prácticas políticas necesarias para la construcción de una nueva cultura social y política no llegó. Pinochet murió sin que lo tocara la justicia. Es lo imperdonable de la Transición. Su traición.

El signo de la Transición señala en la actualidad un tiempo post, más que un tiempo previo a; su marca es otra que aquello que la sociedad amplia quería y esperaba; la Transición satisfizo mejor los deseos de dominación capitalista que las expectativas de un proyecto democrático igualitario, le puso ruedas y le dio vuelo al neoliberalismo implantado por la Dictadura. Ya vuelto un significante vaciado de sentido, la Transición chilena no nombra sino el deseo muerto de lo que alguna vez la sociedad chilena esperó, después de 17 años de dictadura. Así la seguimos pensando, aunque nos digan que hubo una imposibilidad, ésta había surgido de un pacto con el poder militar que acechaba, pero mucho pensamos que no hubo riesgo ni deseo, que la negociación política se cambió por negocios de alto rendimiento económico, entre aquellos que malamente representaron los deseos de las mayorías.

Darle sentidos culturales a la época exige dar lugar, dar nombre a lo que no puede ser fácilmente nombrado desde las precisiones de los lenguajes técnicos establecidos en los discursos disciplinarios, requiere aproximaciones y búsquedas imaginarias situadas en insurrecciones a lenguajes y normativas oficiales, en hablas insurrectas, que miran y escuchan lugares periféricos, voces descentradas que abren los signos en su resistencia a las convenciones; hablas de sujetos andariegos, desobedientes; insubordinados. Se hace necesaria una mirada aguda y minuciosa, bizca, que vea en varias direcciones y vea debajo del agua, que sea capaz de encontrar indicios y restos de aquello que no ha sido registrado ni por los medios oficiales, ni por lenguajes formateados por una apariencia de crítica, complaciente con el poder; mirada lectora de gestos, latencias y signos depositados en intersticios y fisuras de la vida urbana; experiencias, experimentaciones estéticas, mirada descubridora de aquello (cosas, hechos, personas, lugares) que han quedado encubiertas, sin registro público. Mirada que apela al oficio de nombrar.

Esa mirada puede ser la mirada del arte, construida en lenguajes de lo sensible, afianzada en búsquedas de signos más huidizos, minoritarios, de menos significación explicita, situados en sitios fronterizos, ambiguos; en hablas que traicionen las estéticas institucionales; hablas sin instrumental previo y sin proyecto de legitimarse en las antesalas del poder. Hablo de hablas que tramitan el saber del deseo, de las pulsiones y los saberes situados en desplazamientos de la norma, para potenciar sentidos y verdades críticas, no totalizantes, ni universales; microverdades escondidas por ahí por los barrios, por los paseos a pie, por los lugares donde se tramitan afectos, pérdidas y penas. La reflexión y el pensamiento desde ahí construido recoge fragmentos de la historia, amplía conocimientos y sensibilidades de su tiempo, construye narrativas singulares, heterogéneas, cruzadas por espacios y tiempos propios de la subjetividad de quien narra y de la diversidad de su mirada.

Traicionar la transparencia de la comunicación que exige claridad circunscrita y regidas por leyes de mercado es un proyecto político-cultural que Berenguer ha desarrollado en el transcurso de toda su obra, su lenguaje se posa y se alimenta del sonido y el ruido callejero, del murmullo interior y el grito político, del deseo y el flujo de los cuerpos y los movimientos de la ciudad. Como autora ha buscado construir sentidos allí donde otras hablas no alcanzan a llegar, y otras narrativas no alcanzan a decir. Es propiedad de su lenguaje, doblemente signado por lo frágil y lo resistente, lo débil y lo poderoso, hacer posible otras duraciones de la historia y sus efectos, darle representación al acontecimiento cultural y hacerlo ingresar a la historia y la memoria de la comunidad. Su contundente trayectoria la autoriza a nombrar (in)significancias dejadas al olvido y, sin embargo, cargadas de potencia cultural, atenderlas, mostrarlas, volverlas experiencia que indaga en reinscribir otras proyecciones de mundo.

En los diversos registros que ha trabajado y en la mezcla de géneros que ha legitimado en su proyecto estético —reconocido como uno de los mas valiosos de la “transición”— Berenguer tiene una mirada y una palabra probada que se ha nutrido desde siempre de cruces de situaciones sociales y experiencias personales, relacionadas a los contextos en que se ha desarrollado su existencia y su posicionamiento de mujer escritora y política. Esa es su seña de identidad.

Estas crónicas leen, piensan y hablan lo de años atrás. Escribir lo ya visto con anterioridad requiere de un trabajo de memoria que trae al presente lo ya sido, ejercicio sostenido tanto en el recuerdo espontáneo, como en la voluntad de hacer memoria y seleccionar notas e imágenes guardadas en registros visuales y escritos de ese tiempo. Señala la autora al finalizar el libro:

Aprendizaje y memoria serían las causas que motivarían un duro ejercicio de pulir el verbo, con la experiencia de saber que como escritora he estado mucho tiempo desterrada de las letras nacionales. Por primera vez reconocí ese hecho desde el exilio de una buena parte de Chile. Desde mi propio exilio, como pluma desterrada. Una idea de destierro cruzaba mi pluma.

La crónica, género de antecedentes ilustres e ilustrados, tiene en la literatura latinoamericana reconocidos pergaminos que han tenido la facultad de documentar experiencias urbanas y sociales que, con agudeza de miradas andariegas, mironas, busconas, hacen posible la producción de imaginarios de la vida cotidiana; el género ha sido de dominio masculino y solo recientemente las mujeres han incursionado en su escritura. Las mujeres “naturalizadamente” más situadas en lo íntimo y privado del adentro de la casa y de sí mismas, difícilmente podían fisgonear en tiempos y lugares traficados por hombres: la noche, el bar, la esquina, la vía y la vida publica; estos espacios han sido recientemente apropiados por el caminar y la mirada de las mujeres, antes solo acompañaron el paseo masculino.

La crónica reciente, aquella más interesante y provocadora, escrita en las últimas décadas, ha sido trabajada en la proposición de estéticas fuera de lo hegemónico —escrituras de mujeres, escrituras gay—, haciéndola distintiva por su profusión de signos y deseos situados en los cuerpos, las sexualidades, las políticas de lenguajes populares. Esplendores y claroscuros productivos de proliferaciones, de gramáticas marcadamente situadas en el neobarroco latinoamericano, han hecho ingresar a la cultura imaginarios lúdicos e intensamente políticos y seductores en su opulencia de lenguajes: José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Néstor Perlongher, Pedro Lemebel, conforman un corpus relevante de este modo de escritura. Con el deseo y la voluntad de romper la hegemonía de una mirada unívocamente situada en sujetos heteronormados, han abierto el registro de la crónica a deseos y cuerpos de riesgo, resistentes y marginales, cuerpos en lucha con los sistemas de control moral.

Carmen Berenguer se inscribe en esta tradición de la crónica, junto a la autora argentina María Moreno y Leila Guerriero, todas ellas filiadas a políticas escriturales del deseo, de lo popular, de flujos urbanos; destacan como sujetos que, desde una mirada crítica, no solo registran y husmean en espacios y cuerpos otros, sino que los connotan de lenguaje y pensamiento ausente de los discursos dominantes. Sus particulares operaciones y registros de escritura las sitúan en un lugar singular en la producción literaria de la actualidad. Si la crónica ha sido nombrada como género entre el periodismo y la literatura, el corpus que señalo dota al texto de un carácter ensayístico y reflexivo que produce un nuevo entremedio de crónica y ensayo, en el que se prueban nuevos registros discursivos y nuevas formas de elaborar pensamiento de época. Digo pensamiento que se ensaya y se nombra en el transcurrir de la escritura misma.

Con la voluntad de disponer nuevos mapas de experiencias sociales, inscribiendo su texto en registros de la memoria, el testimonio, la anécdota, el paneo urbano, Berenguer despliega el lujo de lo neobarroco que ya conocemos en su obra. Cabe destacar aquí su libro referido anteriormente, Naciste pintada (1999), texto de singular factura en la producción de nuevas narrativas transicionales, donde la autora ya había ensayado formas de elaborar pensamiento social y cultural en el cruce de hablas y géneros fuera de normativas claramente adscritas a ordenes genéricos.

Me ha interesado particularmente el gesto con que Berenguer simboliza particularidades de un tiempo de dobleces y dobles significaciones, y también leer cómo su modo de nombrar moviliza la curiosidad del pensamiento al interrogar potencialidades de lo que hubiera podido ser la experiencia y la vida cultural en la democracia que pensamos y quisimos otra, donde se hubieran podido levantar estéticas emergidas en contextos que luego fueron barridas por el mercado y sus lógicas excluyentes; estéticas propias de pulsiones abiertas a nuevos deseos y libertades culturales —después de 17 años de represión y restricciones— que hubieran demarcado mundos , tribus urbanas, barrios, espacios públicos, amigos y proyectos que luego quedaron sin cabida en el mercantilismo y la competitividad que ha ido arrasando sentidos colectivos.

Como no recordar aquí la lucidez de la mirada de Pier Paolo Pasolini que ya en los años setenta escribió el peligro de la sociedad de mercado en sus crónicas, reunidas en Escritos Corsarios, donde atónito frente a la ocupación neoliberal, nombró Cuarto Poder a ese poder aun no nombrado entonces, que intervenía en la Italia de esos años, amenazando toda identidad, todo lenguaje dialectal, toda particularidad de lo local, con la invasión del consumo, y los modos de vida globales y desidentitarios.

Bajo el enunciado radical, Los amigos del barrio van a desaparecer, metáfora social de exclusión de lo local, Berenguer organiza el paseo urbano que construye una narrativa de interrogantes, descripciones, reflexiones que van allí donde hubo algo que ya no está o que se mercantilizó o que desdibujó su historia; la escritura lo trae a la memoria, no solo para recuperar lo ido, no solo para añorar nostálgicamente la pérdida, sino para connotar su valor estético y urbano como sentido de una promesa sustituida, entre otras cosas, por el poder de la banalización del espectáculo que lo abarcó casi todo. Especie de reescritura del tópico medieval del Ubi sunt(donde están), estos textos en tono posmoderno miran en espacios, personas, experiencias culturales dispersas que, sin embargo constituían un territorio de reconocimiento político, de propuestas culturales; una comunidad. Se lee, en estos textos, el mapa de un proyecto estético político que apelaba a otro lugar posible. Berenguer en sus elecciones escribe la disolución de la utopía transicional, dejándonos la pregunta punzante: ¿Podría Chile haber sido otra cosa de lo que es hoy?

Epifanía de una disolución que necesita ser nombrada, el lujoso sentido del valor de lo underground emerge de la crítica y la pasión que ya no tiene lugar pero que estuvo ahí, en la trastienda de una sociedad que viró hacia el mercantilismo, donde el arte y lo que emergía de creaciones sin imperativos de éxito, ni de inserción en las lógicas del poder televisivo, estuvo destinado a la desaparición. El ojo agudo de Berenguer se posa ahí, en sujetos, producciones, objetos y espacios sin cabida en la lógica de la contemporaneidad banalizada y frivolizada, por múltiples mediaciones.

Los poderes y los pactos políticos optaron por la hegemonía de lo homogéneo, lo uniformado, es decir una democracia hecha con los restos de la dictadura. Carmen Berenguer va de frente. Lo suyo es lo cultural: el arte, la literatura, la performance construyen y dan sentido a la democracia. La Transición que Berenguer escribe es eso, lugar que no alcanzó a tener lugar, solo atisbos perdidos, que estas crónicas ponen en escena como parte de un proyecto de Nación que vuelve a constituirse (a refundarse), dejando fuera, como otrora, los signos, cuerpos y deseos más singulares y propios.

Berenguer construye una narrativa de época en la escritura más apropiada para escribir el tiempo —Kronos— la crónica; lo hace en su propia lengua ya probada en sus giros barrocos y poéticos, densificados por el claroscuro del deseo. En el manejo del lenguaje, en las alteraciones gramaticales, en las imágenes y los devenires de la escritura, Berenguer mueve curiosidades, interrogantes y aclamaciones en la producción de signos que proveen al lector de herramientas para pensar un tiempo que se fue y otro que no fue.

  • Texto/Prólogo del libro Crónicas en Transición “Los amigos del barrio pueden desaparecer” leído el día miércoles 09 de octubre en la Universidad de Talca.

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