Por Marcelo Arce Garín.

Con nuevo libro bajo el brazo nos visita el poeta y antropólogo Yanko González Cangas. Objetivo General es la reunión de los trabajos Metales Pesados, Alto Volta, Elábuga y Torpedos.

En el marco del Festival de Autores de Santiago (FAS), el día sábado 28 de septiembre se lanzó el libro editado por Lumen y también aprovechamos de abrazar y conversar junto al poeta.

Hablamos de poesía, fascismo y como cohesionar lo pop con la academia sin que se agarren a arañazos y desvirtúen la eficacia del poema.

Actualmente regresas de Inglaterra donde estuviste los últimos años como profesor visitante en la Universidad de Newcastle investigando sobre juventud y fascismo. ¿Cómo veías nuestro país desde lejos, consciente de que no te desconectas de nuestra realidad provinciana y como conectas sociológicamente nuestros jóvenes con los de allá?

Aunque tuve que cumplir mis placeres como antropólogo, también cumplí mis adeudos como poeta, con las distancias y dificultades de la lengua y aquellos choques culturales, embarazosos, divertidos, a veces deshonrosos, pero que de tan cautivantes, nos hacen un poco menos cretinos. He intentado sumergirme en la lengua, haciendo vida de barrio y de ciudad, traduciendo y leyendo. Y como leer el mundo u otros mundos, es en gran medida empalabrarlo, me alenté a avanzar en mis libros de poesía que tenía pendientes y que finalmente salieron publicados en Objetivo General. En este trance y como anécdota me reencontré después de mucho tiempo con lo mejor del humor de nuestro país a través de un chileno patiperro que le costaba el idioma y que me dijo “que estúpidos son los ingleses, yo he estado aquí 10 años y todavía no pueden entenderme”. Pero bueno, Desde cierto shock cultural -en mi caso buscado- uno tiene el ojo puesto en el lugar que llega más que el que deja. De hecho, intenté no saber nada de Chile hasta que inevitablemente por mis investigaciones tuve que volver al Chile de la década de 70, específicamente, al momento más crudo del proceso de fascistización de la dictadura cívico-militar chilena, cuya expresión más visible fueron los actos de masas juveniles en el cerro Chacarillas de Santiago. Una pesadilla sólo soportable a la distancia, pero que te permite leer algunos fenómenos de otro modo. La oleada de populismos de derecha y “fascistizados” en América Latina, ha puesto nuevamente en escena la discusión sobre la vigencia y amenaza del fascismo genérico, es decir como una categoría no sólo situada en Europa y en la época de entreguerras. De ahí que podamos encontrar las claves en las segundas oleadas de dictaduras en América Latina (60′ y 70′) para comprender este presente. En el caso de Chile, es bastante claro, pues en el actual gobierno de Piñera están algunos protagonistas y artífices del proceso fascistizador de Pinochet el que – sostengo- se vertebró a partir sus políticas juveniles, es decir a través de la Secretaría Nacional de la Juventud(SNJ) y el Frente Juvenil de Unidad Nacional(FJUN). Recordemos, el Ministro del Interior Andrés Chadwick fue Secretario General del FJUN, miembro de la SNJ y unos de los 77 jóvenes que juraban lealtad a Pinochet en medio de las marchas de antorchas en el cerro Chacarillas y en los campamentos juveniles. Lo mismo pasa con algunos senadores, como Juan Antonio Coloma o Iván Moreira, quien como Secretario Regional de la SNJ llamaba –en medio de marchas multitudinarias en la cuidad de Punta Arenas- a “destruir a los enemigos de la patria”.  Ellos, así como la nueva ultraderecha chilena –con José Antonio Kast a la cabeza y su “hermandad” con Bolsonaro y VOX en España- y sus ideas políticas migratorias, educativas, de género y juveniles (“toque de queda” en los barrios para menores de 16 años), etc., se entienden mejor a partir de esta historia del “tiempo presente”, fraguada sobre todo entre 1973 y 1983 donde junto al estado policial terrorista se amplificó una narrativa palingenésica como tentativa de institucionalización de una religión política articulada por el culto y sacralización de Pinochet y la juventud. Pero es difícil comunicar esto, porque Chile pareciera que más que libertad de opinión, hay libertad de “impresión”.

Al inicio de tu libro “Elábuga”, editado el año 2011 en Valdivia. Poemas de anticipo con mucha soga en el cogote, citas unos versos del tremendo Alfonso Alcalde. “Hoy un hombre se subió a un árbol y el árbol bajó por el hombre”. Desde la anulación y posterior suicidio. ¿Qué motiva a Yanko González cuando abre sus ojos diariamente y pone el primer pie bajo la cama (supongo el derecho)?

No, el izquierdo. Pero últimamente el ánimo no ha andado bien, por problemas de salud, pero sobre todo porque han muerto amigos y parientes en estos últimos tiempos. De hecho he ido tachando los nombres de los amigos muertos en mi libretita. Han sido muchos, así es que se me adelgaza el futuro. Ya ves, como las vacas, el poeta debiera tener más de un estómago para digerir tanta realidad.

Actualmente nos convoca la edición del libro OBJETIVO GENERAL que reúne treinta años de trabajo, un oficio que nos deja libros genuinos y osados como “Metales Pesados”, “Alto Volta” y nos da una yapa provechosa con el inédito “Torpedos”. Miles de voces se asoman en tus poemas, desde las carreras de motocross en el cerro Chena de San Bernardo, música, ironía lumpen y academia, una juguera feroz. ¿Cómo logras cohesionar lo pop y la academia sin que se agarren a arañazos y desvirtúen la eficacia del poema?

Objetivo General tiene esa constante que tú describes, pues eso es lo que me constituye, esa patria que es mi juventud barrial en San Bernardo y lecturas y voceos incesantes que no he dejado de anotar desde ese entonces. En cada libro he explorado una solución a las voces “nutricias” con las que han ido escribiéndose. En Metales Pesados muchas de las fuentes son orales y el recurso son las notas al pie que disputan y finalmente colonizan la voz principal de los poemas. En Alto Volta hay un trabajo con fuentes históricas y documentales sobre nacionalismo, xenofobia y xenofilia y la idea fue disponer textos como “ecos” de esas citas y fuentes, no tanto para disputarle protagonismo al poema, sino para deformarlo, de ahí que varios están acompañados de fragmentos textuales impresos en gris, al costado o sobre el poema principal. En Elábuga, las voces eran más cercanas y la decisión fue transformar el interior de la extensa tapa del libro en una muralla donde diferentes poetas escribieran mi obituario. Ahora en Torpedos parte importante de las fuentes no son textuales, sino materiales, por tanto estarán referenciados en el objeto en que están inscritos. En la cocina de mi escritura hay poco misterio. Cuando estoy abocado a ello, observo, pregunto, escucho y registro profusamente; me paso mucho tiempo investigando y transcribiendo y demasiado tiempo probando versiones de poemas que, muchas veces, se publican 10 años después.

Todo ello se traduce también en este libro recopilatorio con un eje que creo va desde una suerte de ruina sintiente hasta un odio pensante en relación al absurdo de luchar hasta para abandonar el mundo, como en los poemas sobre el ahorcamiento en Elábuga, el absurdo y por tanto la renuncia de creerse la voz nativa o calificada para hablar por otros, por la marginalidad o el lumperío joven y libertario, como en Metales Pesados, el sinsentido de “pertenecer excluyendo” a través de discursos nacionalistas y nacionaleros en Alto Volta o el absurdo de estampar unas memorias y unos saberes por sobre otros, para alcanzar lo que un puñado ha definido como existencia, que es el caso de los poemas-objetos deTorpedos.

En otras palabras, desde el título que da cuenta en su burocrática expresión, enfática en promesas como sólo puede serlo un ampuloso objetivo general, doy cuenta del hastío de la vida convertida en una sucesión de finalidades, de peldaños eternos para llegar a ser “alguien” en la vida y en la propia literatura, que en este caso se emparentaba en forma directa con el imaginario antológico de un libro como éste, saturado de trayectoria, de lo mejor de una supuesta linealidad ascendente. Y lo que hay en el libro –y me costó ver y entender esa realidad- no es más que un puñado de poemas y lo único que cabe, si se quiere, es creer en ellos, porque hasta lo versos van dudando de sí mismos.

El clic tuvo que ver con la consabida disputa entre lo que se debe aprender y lo que no, que en términos de memoria social se traduce tanto en la sanción del recuerdo como en su obligatoriedad. Obviamente esto excede los espacios educativos formales, pero en ellos se da de forma más pura. Poco a poco comencé a tentar caminos que dieran cuenta de esas arbitrariedades culturales, de esos deberes nemotécnicos y sociales para cumplir las expectativas o los supuestos objetivos imprescindibles para consumar un “perfil”, “realizarse” o ser “alguien de bien” para la sociedad. En este sentido, los microscópicos y deshonrados torpedos -o “machetes” como les dicen en Argentina- me parecieron una modesta pero reveladora metáfora del problema. Es decir, ni arte ni artesanía, sólo un efímero engaño y autoengaño como única resistencia a esos absurdos mandatos retentivos. Aunque demorosa, como ocurre en la real realidad escolar, la faena implicaba visualizar la forma de esconder el torpedo, dar con el poema como un imperativo de aprendizaje y finalmente el trabajo manual de fabricarlo, teniendo mucha piedad por el detalle. Además de ello y como se puede ver y leer en el adelanto de este libro en Objetivo General, se interponen entre cada grupo de torpedos poemas narrativos, una especie de cocoliche académico irritante que proviene de mis notas etnográficas y sirven de gozne para unir el todo. En general he sido feliz escribiendo y esculpiendo este libro. Se suele decir que uno escribe la realidad que necesita, no la que ve. Pero intuyo que Torpedos es un libro que oscila entre la conjetura y lo reiteradamente visto, como el cantinfleo formativo. Como decía un poeta, amigo y profesor en Durham, el secreto de enseñar es parecer que tú has sabido toda la vida lo que acabas de aprender esta misma tarde.

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*Fotografía de autor: Cecilia Hormazábal Hevia.

 

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