Guillermo Correa Camiroaga, Valparaíso 23 abril 2020

Quedarse en casa es una de las indicaciones que un porcentaje importante de la población – independientemente de los erráticos y contradictorios llamados realizados por las autoridades – ha estado cumpliendo de manera autónoma, lo que constituye una acción concreta de autocuidado.

Esta es una situación transversal, que no obedece a directrices políticas determinadas, sino más bien al sentido común, pero sin duda han sido los sectores populares más conscientes y organizados los que han tomado la iniciativa en este respecto. Esta medida, la de quedarse en casa para evitar el contagio del coronavirus, la que junto al distanciamiento social, el lavado constante manos y la protección facial constituyen los cuatro pilares de la prevención ante la emergencia sanitaria que estamos enfrentando.

Pero el  llamado a permanecer en casa se vuelve una “cuarentena imaginaria” para un número muy significativo de hombres y mujeres que deben batallar día a día buscando los recursos de subsistencia necesarios para seguir adelante con sus vidas, viven en condiciones precarias de hacinamiento o carecen de elementos tan básicos y esenciales como agua potable, por lo que los numerosos y bien elaborados videos que circulan por las redes sociales  llamando a guardar una disciplinada cuarentena, se transforman en meros elementos publicitarios , ya que están orientados a quienes tenemos las posibilidades de acceder  en buenas condiciones a tales sugerencias.

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No es necesario ir a las poblaciones carenciadas o a los territorios depredados del agua por las mineras o las plantaciones agroindustriales para ver esto, ya que basta observar en las calles céntricas de las ciudades el gran número de personas que se encuentran en movimiento buscando recursos para “parar la olla”, lejos de la cuarentena recomendada.

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No se trata tampoco de andar paseándose por las calles para registrar estos hechos, pero, como decía anteriormente, quienes podemos realizar esta cuarentena que se indica, en algún momento tenemos que salir a realizar algún trámite impostergable, ya sea para conseguir alimentos, acudir a un control médico o comprar algún remedio indispensable, y basta esa sola ocasión para poder tener una mirada, parcial por cierto, pero basada en la realidad que a uno lo circunda y constatar lo que he planteado anteriormente.

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Este es un punto a tener muy en cuenta  y que debería estar siempre presente en cualquier análisis y crítica que se haga ante las confusas medidas que definen y comunican las autoridades políticas, que están más preocupadas de las grandes empresas y el resguardo de la economía que de las condiciones de  vida y la preservación de la misma para  las gran mayoría del pueblo pobre y oprimido.

Algunos compañeros y compañeras, al no resaltar este punto como uno de los prioritarios, se han trasformado en verdaderos “talibanes pro cuarentena”. Sin embargo, los sectores populares más conscientes, aquellos que desde antes de la rebelión popular de octubre estaban organizados e insertos en los territorios, junto a las diferentes organizaciones populares que surgieron al calor de esta lucha, están desarrollando un trabajo comunitario en donde la solidaridad es el eje central de su quehacer. Y en este accionar deben romper la “cuarentena imaginaria” en que se encuentran , para seguir desplegando la lucha popular de otra manera, orientada ahora a la lucha por la vida, contra el coronavirus y la miseria, aún corriendo el riesgo de terminar contagiándose. Han pasado de la primera línea de la lucha callejera a la primera línea de la lucha por la vida en los territorios, y forman parte del contingente de héroes populares anónimos, que viven realidades alejadas de las cómodas cuarentenas a las que muchos privilegiados podemos tener acceso.

 

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