Se abren las heridas y se alza fuerte la voz. Imagen representativa del acto protesta, por el caso de Antonia Barra.
El 21 de julio fue la audiencia de Martín Pradenas, que se esperaba fuera formalizado por la causal de suicidio femicida en el caso de Antonia Barra, además de varios otros casos de abuso, entre los que se encuentra uno hacia una menor de 13 años.

Este caso ha remecido a miles de mujeres, las que luego del juicio sintieron como se les abría una herida que tanto habían intentado sanar u olvidar. Una herida que une a muchas mujeres que han cargado con un dolor silencioso y constante pero que han decidido no callar más. Que han decidido hablar por Antonia, hablar por Anna Cook, hablar por quien escribe y por quien lee este artículo. Hablar fuerte, por todos los años de silencios y alzar la voz para exigir justicia.

Una justicia que desde la institución no llegó, y que muy por el contrario no reguló en lo más mínimo las afirmaciones y expresiones en el juicio que dan cuenta clara de cómo el regirse por un sistema judicial del 1800, no solo no respalda y no hace efectivo el fin de su ejercicio; sino que, además, violenta, viola y maltrata a quienes deciden – valientemente- denunciar y vivir el proceso penal.

Queda en evidencia una sociedad donde reconocerse mujer o disidencia es una lucha personal y política diaria. Porque queda demostrado – una vez más- que no son reconocidos como sujetxs de derecho ante una sociedad machista, patriarcal, abusiva, violenta, caníbal, psicopática.

Pareciera que estamos enredados en una forma de hacer la vida donde el agresor se puede defender públicamente, con un discurso muy pulcro y preparado, dotarse de abogados que creen que la perspectiva de género es cosa de mujeres y que no es pertinente en la justicia. Donde los medios te culpan una y otra vez y donde se demuestra que, con poder, cualquier mentira puede ser avalada y sostenida por un sistema misógino y patriarcal que se quebranta, pero de igual manera, se mantiene firme y da cuenta de cómo ejerce su poder en múltiples direcciones.

Es humano empatizar con el dolor, entonces ¿hemos dejado de serlo? Nace la pregunta de la falta de tacto, respeto, de ternura que se da cuenta en el juicio y en los medios al referirse a este caso, o a cualquiera. Se culpa a la víctima porque era “loquilla” y andaba “contenta”, entonces todo da lo mismo. Dan lo mismo sus sueños, sus deseos, sus aspiraciones, su familia, sus amigxs. Da lo mismo que su voz no suene más, y que la apagara el machismo.

Machismo al que se le dice basta. La justicia no llega y el tiempo se le ha acabado a muchxs. Pero ese minuto final ha prendido otras muchas voces que han decidido unificarse para gritar fuerte que NO. QUE NO, ES NO. Voces que están levantando formas de protesta y reclamo desde la justicia social, la que -al parecer- es la única que ofrece la tranquilidad -mínima- que se requiere para comenzar la reparación.

En estos días luego del juicio, una gran cantidad de perfiles de Instagram y Facebook se han teñido de morado con la frase “justicia para Antonia”. Esto en forma de protesta, pero también de apoyo, apoyo a una familia que sufre, pero también apoyo para todxs quienes han sufrido en silencio y que llevan su lucha diaria, replicando el patrón en que la víctima vive la condena, mientras en agresor goza la libertad.

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