Por Minerva Ríos

“28 femicidios, 2 suicidios femicidas y 2 asesinatos con motivo de violencia intrafamiliar. En total, 32 menos”.

Ocho meses de pandemia han transcurrido y sumadas a los miles de muertes que ha dejado el COVID-19; se agregan 32 ocurridas en manos del patriarcado. Del patriarcado encarnado en cada sujeto que asesinó o que indujo una de estas muertes; pero también en el nefasto actuar policial y judicial, el deshumanizante trato de los medios de comunicación que con medidas desesperadas de captar mas atención entran sin pudor a los rincones más privados e íntimos de lxs victimas y sus familias.

Es el patriarcado, mostrando que está instaurado en todas las figuras y formas de la sociedad; pero siendo- también- puesto en tela de juicio por muchxs, que – aunque con un nudo en la garganta y el alma desgarrada- día a día piden justicia por un nuevo nombre, por una nueva causa, por una nueva injusticia que ya no puede quedarse en silencio; porque en medio de un tejido social en crisis, la voz colectiva ha demostrado ser el arma más efectiva.

La red chilena contra la violencia hacia las mujeres ha registrado al 8 de agosto de 2020: 28 femicidios, 2 suicidios femicidas y 2 asesinatos con motivo de violencia intrafamiliar. En total, 32 menos. Treinta y dos hijas, hermanas, amigas, madres que con sus muertes demuestran de manera muy clara que no era la noche, ni la falda, ni las copas de más o de menos. Porque con casi medio país en cuarentena, toque de queda, hipervigilancia policial/militar y con miedo – con mucho miedo- hay 32 mujeres menos en el país y es resultado de una forma de hacer la vida que cobra de forma cruel y sangrienta sus víctimas para perpetuarse.

Se ha conversado en el congreso, se ha gritado en las calles y se ha derramado sangre en las casas para poner fin a estas violencias que los cuerpos sexuados femenino vivencian a diario; sin embargo, los resultados son los mismos, las respuestas son las mismas y si bien cada vez somos más, no estamos todas. Faltan 32.

Si bien los medios de comunicación ahora muestran y hablan al respecto, no han sido capaces de estar a la altura de un problema social, de una lucha social que lleva años luchando contra el silencio, las injurias y las culpas. Que ha buscado de todas las formas posibles una justicia que falla, que no llega, que no llegó.  Una justicia, un sistema que siempre pone el acento en las características de la víctima, pero no del victimario; que intenta buscar la culpa en la mujer o en sus vínculos incluso cuando ya esta muerta.

Hace unos días encontraron a Andrea Riffo dentro de un basurero,  en puente alto; se sabía quien era el responsable y como habían sido los hechos. Aún así, todo giraba en torno a que estaba en rehabilitación de drogas y que ambos habían tenido algún tipo de relación amorosa; este caso no fue tan mediático, porque en las “poblas” las cabras mueren solas, silenciadas y ocultadas por una estratificación social que nos dicta incluso que víctima es más víctima.

Quedan muchos desafíos por delante, que esta pandemia y la anterior revuelta social han evidenciado; sin embargo, las cuestiones de género deben abordarse con urgencia, deben teñir cada espacio de interacción social, para así poder avanzar a erradicar estas violencias, a doblegar al patriarcado en cada una de sus formas y estructuras. Ha corrido demasiada sangre como para que el problema de las mujeres siga siendo solo problema de las mujeres.

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