El “Pliego del Pueblo” debe ser la síntesis de las demandas más sentidas, y por lo tanto, movilizadoras de nuestro pueblo

Ariel Orellana Araya.

Desde alrededor del año 2006 se abrió un nuevo ciclo en la lucha de clases en Chile, con un movimiento de masas que enfrentó el sistema de dominación y explotación capitalista en alguno de sus pilares; por ejemplo, en el plano sindical, las/os trabajadoras/es del subcontrato impulsaron importantes y radicales luchas.

El alzamiento popular de octubre significó un salto cualitativo y cuantitativo en el desarrollo de las luchas de nuestro pueblo, que, a pesar de ser una irrupción no planificada, fue un cuestionamiento real a la integralidad del modelo neoliberal, recuperando formas históricas de lucha, la vuelta a las calles, la irreverencia frente a la “legalidad”, la autodefensa de masas y la protesta popular fueron la expresión máxima de rebeldía de un pueblo que despertó.

Este clímax del movimiento popular permitió el desarrollo explosivo de los niveles de conciencia de la clase trabajadora que la propia lucha fue dotando. La fuerza insolente del pueblo se expresó en miles de marchas, barricadas, enfrentamientos.

Este alzamiento a través de asambleas territoriales, reuniones, encuentros, conversatorios permitió ir dando curso a una batería de demandas y reivindicaciones ya no sólo sectoriales y aisladas, sino que transformarlas en un pliego común, de carácter nacional y que buscaba de forma integral resolver las demandas mínimas de la clase trabajadora, pariendo irruptivamente, y quizás de cierta forma espontánea, un pliego del pueblo.

Sueldo mínimo $500.000, 40 horas de trabajo semanal sin flexibilidad, pasaje gratis a estudiantes y tercera edad, pago de locomoción y colación en todos los lugares de trabajo, congelamiento de tarifas de servicios básicos, fin a las AFP y su sustitución por un sistema de reparto y pensión básica igual ingreso mínimo, transporte público estatal, farmacias estatales, terrenos para viviendas sociales, fin al lucro en la salud y la educación, nuevo sistema de protección de la infancia y la tercera edad, nacionalización de agua y los recursos naturales, protección a la maternidad y socialización del trabajo doméstico, libertad a las/os presas/os políticos, son algunas de esas demandas.

El pliego que surgió durante las primeras semanas del alzamiento popular ha ido sumando nuevas reivindicaciones, principalmente luego de la nueva coyuntura generada por la pandemia del coronavirus. Es urgente construir un programa revolucionario que busque la transformación radical que prefigure la sociedad nueva, la sociedad donde dejemos atrás la propiedad privada.

Este programa transformador, no debe ser fruto de intelectuales separados de la lucha de clases, es decir, no debe aparecer desligado de las luchas del pueblo o emanado entre cuatro paredes, menos desde quienes coquetean con el poder.

Se hace imperioso que, desde los sectores organizados de la clase trabajadora y el pueblo, emerja un bloque que logre articular las diferentes expresiones político – sociales, y que sea expresión de la fuerza organizada de los sectores clasistas y revolucionarios.

Un bloque que exprese orgánicamente la lucha por el programa de la revolución y se despliegue con la fuerza necesaria para realizarlo.

Este espacio de unidad dialéctica e indisoluble entre las/os que luchan es el lugar del cual puede y debe emerger un programa de transformación que permita vislumbrar un camino de cambio radical de la sociedad de clases.

El programa de la revolución finalmente será una fuerza viva de millones de hombres y mujeres que impulsen las demandas y reivindicaciones políticas, económicas y sociales, por acabar con el sistema capitalista de barbarie y busquen con la energía de millones construir un nuevo orden, dejando atrás lo viejo y edificando una sociedad libre de toda opresión y explotación.

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