Marcha mapuche en Nueva Imperial, agosto 2020. Créditos: Cecilia Hormazábal

Por Roberto Candia.

Cuando pensábamos que Chile estaba cambiando, somos testigos de una arremetida de racismo contra el pueblo mapuche y su larga lucha de más de 500 años. Esta enfermedad llamada “racismo” la hemos heredado del pasado colonial y se manifiesta en varios escenarios de nuestra vida hasta hoy.

A través de un acto de autotutela, prohibido en nuestro ordenamiento jurídico, un grupo de chilenos junto a la policía se concertaron en La Araucanía para ir en un supuesto rescate de algunas municipalidades tomadas para reclamar por el incumplimiento del Estado Chileno al Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Dicho convenio obliga a los Estados y a sus instituciones carcelarias a no afectar los derechos humanos de los presos indígenas, considerando las nociones de identidad cultural de aquellos pueblos.

Después de 123 días en huelga de hambre, el machi Celestino Córdova y otros ocho comuneros mapuche en la cárcel de Angol, pusieron fin a ese movimiento, quedando con serios daños físicos. Frente a ese deterioro de los huelguistas, un grupo de comuneros presionaron tomándose las municipalidades de Curacautín, Tirúa, entre otras. Producto de esa acción, surgieron manifestaciones racistas de unos pocos, claramente identificados con la extrema derecha, que prepararon el ataque con el apoyo por omisión de la policía. De hecho, existe registro de audio donde se realiza un llamado a tomar armas y se solicita que la policía no intervenga. Se escuchan el cántico “el que no salta es mapuche”, dando cuenta del desprecio a ese pueblo y a su lucha, retrocediendo unos 150 años en la historia y rememorando los peores horrores cometidos por el Estado Chileno.

En la historia se cuenta varios episodios en que hablan de traición y ambición del Estado chileno. Tenemos que poner en contexto que el pueblo mapuche, por lo menos, lleva unos mil años en el continente y que tanto los españoles como el Estado de Chile quisieron exterminarlo, pero éste resistió estoicamente.

El pueblo mapuche siempre ha luchado por su independencia y autonomía como lo haría cualquier pueblo. Es así como en el desastre de Curalaba (1592), el toqui Pelentaru atacó a los españoles a orillas del río Lumaco, dando muerte al gobernador designado desde España para Chile, Martín García Oñez de Loyola. El triunfo del ejército mapuche derivaría con el tiempo en el reconocimiento del Rey de España para aceptar el derecho del pueblo mapuche al territorio y la frontera natural del Bío-Bío al sur.

Otro hito, ya con el Estado chileno establecido, fue la firma en el gobierno de Ramón Freire, en 1825 de un tratado de 33 puntos, y en su artículo 19 se reconoció nuevamente la frontera del Bío-Bío al sur y se aceptó el derecho del autogobierno mapuche. Como autoridad participó el Lonko Francisco Marihuán. Con esto parecía que los años de lucha podían ya tener un resultado definitivo, pero vino la traición y el desconocimiento del acuerdo en  1866 y Chile -movido principalmente por la ambición y viendo las riquezas de la tierra-, dictó una ley que declaraba la propiedad de todas las tierras para Chile. Años después vendría la ocupación militar en la Araucanía, el llamado proceso de radicación indígena.

BORRAR APELLIDOS Y PROHIBIR LA LENGUA

Ante la traición  por el Estado de Chile, el pueblo mapuche respondió con más procesos de lucha y nunca dejó de lado su identidad como pueblo a pesar del racismo descontrolado por la cultura chilena. El cambio de apellidos mapuche fue un intento infructuoso de ese intento negacionista que además se extendió a tratar de prohibir la lengua. Sin embargo, muchos años después se viviría un periodo de recuperación de tierras en los años 70 por medio de la reforma agraria. Los vínculos de con el movimiento campesino revolucionario (MCR) dirigido por el MIR, posibilitaron dicha recuperación. Ese proceso marcó también otro hito que vino a reparar en parte los años de postergación por el Estado y por sus distintos gobiernos. Sin embargo, después del golpe de 1973 todo se truncó y la historia registraría ya no solo la usurpación de las tierras, sino también el saqueo a las comunidades indígenas. La llegada de la dictadura produjo el zarpazo del capitalismo por medio del decreto 701 dictado por Pinochet. Este tendría sus resultados muchos años después de su firma, con grandes problemas de agua y dejaría a la Región de La Araucanía como una de las más pobres del país. Contrariamente a esto, posicionaría a dos familias como las más ricas de Chile: los Matte y Angelini que se hicieron del negocio de la forestales que hoy superan un capital de más de 5.000 millones de dólares y una ganancia anual de más de 1.950 millones de dólares. El decreto 701 se ha mantenido intacto, e incluso, ha ampliado su vigencia durante los gobiernos de la Concertación. Negocio redondo, pues estas familias han sido los financistas de ambos sectores políticos.

Al pueblo mapuche no solo han tratado de aniquilarlo, han ocupado sus tierras de forma ilegal y además han explotado su territorio lucrando y dejando a muchas comunidades sin agua y con nula posibilidad de cultivar. Para todo esto fue necesario la fuerza del tan “valeroso” ejército chileno que se destaca en la historia por masacrar a sus compatriotas, teniendo como cómplices también a la clase política y a un grupo de familias de la oligarquía. Para que decir de nuestros reputados historiadores que dejaron al pueblo mapuche como flojo e improductivo. El anhelo de ser los europeos de América dejó en segundo plano y totalmente anulado por varios años al pueblo mapuche y a otros pueblos originarios.

Pero Chile despertó y son hoy miles de banderas mapuche las que se han enarbolado en la Plaza de la Dignidad, dando esperanza también a ese pueblo y a su lucha histórica de autonomía y territorialidad como pueblo nación que reclama su necesidad de libre determinación. En una alianza que puede ser historia, el pueblo chileno y el pueblo mapuche pueden unirse y trabajar juntos, pues después de todo son víctimas de años de abusos y explotación. Ambos han solidarizado y las marchas y trawun son testigos que estos dos pueblos pueden convivir frenando al racismo. Antes de esto se debe hacer frente a la feroz envestida de la elite capitalista que claramente ve en esta relación el peligro de perder sus tremendas ganancias y sus comodidades.

 

-Camino a la plurinacionalidad.

-Libertad a todos los presos políticos chileno y mapuche.

-Fin al Terrorismo de Estado.

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