Al igual que en los 80’s, el reformismo, con tal de salvar su institucionalidad republicana no se complica con traicionar y/o reprimir al pueblo.

Ariel Orellana A. 

Los desafíos pasan por lograr dotar al emergente movimiento popular, de una línea táctica y estratégica que, sin vacilaciones ni oportunismos, apunte a construir un proyecto antagónico al cadáver de la democracia de las/os ricos.

Cuando el rostro multiforme de las masas, con una energía inusitada, había roto no solo los torniquetes del metro de Santiago, sino que también la putrefacta democracia de las/os ricos, y luego de días de furia y fuego, el gobierno de Piñera se encontraba arrinconado como ratas de alcantarilla y en su mayor encrucijada: profundizar la represión a través de sus perros de presa o convocar al parlamento y sus lamebotas a salvar la institucionalidad del viejo orden de explotación y opresión. El ¡Fuera Piñera! se hacía eco en millones de compatriotas.

En este escenario se presenta el momento de mayor agotamiento político institucional del bloque en el poder desde mediados de los 80’. Piñera se vio acorralado y a escasos peldaños de perder el poder político y tener que abandonar el palacio La Moneda para guarecerse de las hordas de pueblo, un cuestionamiento incluso a nivel internacional, que dio origen al ultimátum parlamentario y sus moradores, acontecimiento sellado en aquella oscura noche del 15 de noviembre entre gallos y medianoche, mejor dicho, entre quienes buscan perpetuar sus cómodas vidas a costa de la miseria de millones.

Este “pacto por la paz” y la “nueva constitución” se cocinó como un acuerdo transversal entre los diversos sectores de la burguesía y el reformismo, con el fin de oxigenar la asfixiada democracia de las/os patronas/es y restaurar el orden burgués a través de la institucionalización del conflicto de clases, asegurando con ello la mantención del sistema de explotación y opresión capitalista en su fase monopólica.

La imposición de una agenda institucional – electoral, por sobre la lucha popular, tensionó al movimiento que se encontraba en las calles hacia una parlamentarización de sus luchas, relegando la participación a las nauseabundas urnas, desplazando el pliego del pueblo y ofreciendo una falsa contradicción apruebo – rechazo, pues serán ellas/os mismas/os quienes redactarán la nueva carta magna, maniobra audaz que giró el eje a favor de la burguesía y que generó un repliegue táctico del pueblo en lucha.

La imposición de dicha agenda busca, además, sepultar la lucha por el pliego de demandas de la clase trabajadora y del pueblo, invisibilizando las reivindicaciones actuales (y que se ha luchado por décadas), retrasando la posibilidad de dar un salto cualitativo y pasar del pliego del pueblo al programa de la revolución proletaria. Asimismo, el bloque en el poder, además de intencionar una falsa contradicción apruebo-rechazo por medio del proceso constituyente, ha desalojado la protesta popular, utilizando argumentos ideológicos y a sus medios de comunicación para desplazar la protesta como ejercicio legítimo del pueblo en su lucha por sus derechos, instalando que “el momento de la protesta ya pasó”, y todo aquel o aquella que lo haga es un paria.

Denunciar el fraude constituyente, convencer con argumentos políticos y realizar un trabajo concreto es el camino de la lucha por el poder popular y el socialismo como alternativa plausible para la clase trabajadora y el pueblo en su camino hacia la emancipación.

Los desafíos para nuestra clase pasan por lograr dotar al emergente movimiento popular, de una línea táctica y estratégica que sin vacilaciones ni oportunismos apunte a construir un proyecto antagónico al cadáver de la democracia de las/os ricos, esto a través de una práctica popular y combativa, la construcción de un programa revolucionario que prefigure el horizonte de ruptura con el actual régimen, y una conducción clasista que deslinde con el reformismo y sus niñas/os de pecho.

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