Por Central Clasista de trabajadoras y trabajadores. 

DE VITAL: que es tan importante o necesario que resulta imprescindible, A MÍNIMO: que tiene o ha alcanzado el menor valor, cantidad o grado posible.

El 8 de octubre, la “Honorable” cámara del senado aprobó la propuesta del gobierno de aumentar en $6.000 mil pesos el salario mínimo, esto a contar desde el 1 de septiembre (en forma retroactiva) con fecha limite hasta abril del 2021 quedando en $326.500 pesos. La aprobación fue aplastante, esto gracias al apoyo de los senadores de la ex concertación, solo hubo dos senadores se opusieron a este miserable aumento, con eso, el gobierno logró e impuso su objetivo.

El sueldo mínimo no cumple con el objetivo de proporcionar lo necesario o equivalente para vivir. Acá tenemos un ingreso mínimo que busca maximizar las ganancias del empleador, ya que el valor del trabajo se destina a hacer crecer el capital o las utilidades del patrón o empresa.

La institución del sueldo mínimo nace en la década del 30 bajo el concepto de sueldo vital, por tanto, debía permitir a quien lo recibiera, poder satisfacer sus necesidades básicas y las de su grupo familiar, ese era el objetivo. Es una condición o pacto que indica que quien trabaje una jornada completa no pueda ganar menos de ese valor.

Para justificar el miserable aumento, el Ministro de Hacienda, Ignacio Briones, argumentó “que los dos últimos reajustes por seis meses que ocurrieron en el segundo gobierno de Bachelet, sin crisis y con tasas de desempleo, eran un tercio de las actuales, es decir, hoy cerca del 20%, el congreso aprobó $6.000 mil pesos”, por tanto, si en esa época eran los mismos senadores, ahora porque debería ser distinto. Les refregó en la cara el oportunismo, que al final son de los mismos. Representan a las/os grandes ricos de este país. En consecuencia, una canasta básica familiar de sobrevivencia, que es un elemento importante para medir las necesidades básicas de las/os trabajadoras/es, no tiene importancia para ellas/os. No les importa las necesidades de la población, porque una canasta básica familiar de sobrevivencia mínima, que contenga alimentos, vestuarios, arriendo o dividendo, entretención, comunicación e internet, luz, agua, gas, sobrepasa con creces el sueldo mínimo. Aún más, el informe de la Fundación Sol, “Los verdaderos sueldos en Chile” plantea que “el 50% de los trabajadores chilenos gana menos de $401.000, dos de cada tres trabajadores reciben menos de $550.000 líquidos y solamente el 19,4% gana más de $800.000 líquidos. Esa es la cruda verdad de la realidad de los salarios en Chile”. Así, se hace perentorio que las organizaciones mantengan la presión y exigencia junto a las/os trabajadoras/es, levantando sus voces, desarrollando luchas y presionando al gobierno por salarios justos y dignos, para así, no vivir endeudadas/os y poder alcanzar al menos la diferencia que hay para satisfacer las necesidades básicas que no se cubren por los bajos salarios. Además de detener a los zánganos banqueros, que a través del crédito, se llenan los bolsillos por el solo hecho de prestar dinero para comer.

Esta es una tarea del sindicalismo, luchar no sólo en este proceso, sino siempre por un salario mínimo digno. Se deben crear condiciones e instrumentos necesarios dentro del movimiento sindical de la forma más amplia posible. Pero para ello, las/os trabajadoras/es deben a su vez comprometerse. Esto no es solo tarea de las súper estructuras, es también la pelea y debate en cada puesto de trabajo.

La historia nos ha hecho ver que nada nos regalan, pero debemos comprometernos, tener la voluntad de participar, unir y unirse a las organizaciones para cambiar esta historia.

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