Por Ariel Orellana Araya. 

La situación actual para la clase trabajadora es, sin lugar a duda, una de las más complejas en los últimos 20 años. La crisis del capitalismo, que por su profundidad, extensión e integral­idad se anota entre las más graves del último siglo, mantiene al sistema económico en una recesión histórica, declarada así incluso por los organismos del im­perialismo como la OCDE, FMI, BM y la OIT. Como si no fuera suficiente, vivimos una recesión atravesada por la pandemia del COVID-19, que ha obligado a extensos confinamientos y cuarentenas, pandemia que no sólo ha cobrado víctimas fatales entre las/os trabajadoras/es y el pueblo, sino que también ha expulsado del mercado del trabajo formal e informal a millones en el mundo, con­denándolos a mayores grados de precarización, hambre y miseria, aumentando así el ejército de cesantes a nivel mundial y la regulación del precio de la fuerza de trabajo a la baja en todas las latitudes, por parte de la burguesía monopólica.

Este desolador panorama afecta a nuestra clase a escala global. En Chile, el desempleo informado por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) en su último boletín Es­tadísticos de Empleo Trimestral, (septiembre, noviembre)¹ lo cifra en un 10.8% a escala nacional, dato realmente oculta tras el guarismo el verdadero volumen de las/os sin trabajo pues excluye a las/os ocupadas/os ausentes, por ejemplo, quienes están acogidos a la ley de protec­ción al empleo (las/os cuales seguramente no serán rein­corporadas/os) y a las/os ocupadas/os informales que rep­resentan cerca de 2.112.280 personas, pues entendemos la informalidad como una forma de precarización del tra­bajo, ya que no sólo no está regulada, sino que además no contempla protección social, previsional y salud entre otros derechos mínimos. El mismo boletín, plantea que la tasa de ocupación es del 48.6%², cifra que incluye a una gran mayoría de trabajadoras/es que solo ganan como salario el mínimo establecido por ley, es decir, actualmente $326.500, monto que estará vigente hasta abril del 2021.

Según datos entregado por Fundación Sol “En 5 regiones del país la mitad de los trabajadores gana $350 mil o menos en su ocupación principal. A nivel nacional, la mi­tad de los trabajadores no logra superar los $401 mil, cifra que cayó $21.400 entre 2017 y 2019”. Esto demuestra las condiciones de precarización de quienes a pesar de es­tar empleados sólo logran cubrir los gastos de existencia y reproducción como clase y no les permite salir de las con­diciones de pobreza y exclusión a las cuales los condena el capitalismo en su fase imperialista.

La misma Fundación plantea que en Chile se registran 890.573 personas que ganan el salario mínimo o menos, es decir cerca del 18.1%, entre los cuales 387.353 ni siquiera recibirían la gratificación legal. Además, el 56 % de las/os trabajadoras/es que ganan el salario mínimo o menos, se en­cuentran en sectores como la agricultura, la industria manu­facturera, servicio doméstico y el comercio, es decir sectores altamente precarizados. El 34,8 % de las/os jóvenes entre 15 y 19 años que tienen un trabajo dependiente en el sector pri­vado, ganan el salario mínimo o menos.

Respecto de una perspectiva comparada³ , Chile, en relación con el índice de Kaitz (países latinos, UE, OCDE) se ubica en el extremo inferior en cuanto a la proporción que representa su salario mínimo con relación a su PIB per cápita (un IKA menor o igual a 30 es considerado un “mini sala­rio mínimo” y uno de 60 o más, un “maxi salario mínimo”). Chile está bordeando el mini salario mínimo con un 31.2%, muy por debajo de países como Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Perú, entre otros del continente.

Como clase trabajadora, bien sabemos que el salario mínimo en Chile no alcanza para cubrir nuestras necesidades, muy por el contrario, nos obliga a seguir aumentando las deu­das y en muchos casos a sobreexplotarnos buscando más de un empleo, o nos condena a vivir en la miseria. El debate so­bre el salario mínimo desde una perspectiva clasista, pasa por entender que los intereses del trabajo asalariado y los del capi­tal son diametralmente opuestos, y que las/os trabajadoras/es como clase debemos, desde una lucha reivindicativa exigir un salario vital que cubra de forma dinámica, es decir actualiza-ble de acuerdo a las variaciones del mercado, las necesidades que como trabajadoras/es establezcamos, en términos de ali­mentación, transporte, salud, vivienda, estudios y recreación, entre otros, es decir la suficiencia del salario y no discusiones economicistas que a través de complejos algoritmos buscan confundir a la clase trabajadora y al pueblo.

Las falsas negociaciones entre la Central Unitaria de Trabajadores, CUT, el gran empresariado (a través de sus carteles monopólicos como la CPC, la CCHC, la SOFO­FA), el gobierno y el parlamento, sólo nos entregan migajas y tan solo aseguran, en parte, nuestra reproducción como proletarias/os, y que al día siguiente podamos nuevamente salir a vender al mercado laboral nuestra fuerza de trabajo. Nada pasa por este cuarteto perverso, por el contrario, to­das sus acciones son para resguardar sus privilegios, sólo el poder autónomo de las/os trabajadoras/es, su organización y lucha, son el único camino para conquistar un sueldo vital acorde a nuestras necesidades.

Desde luego, en términos estratégicos, la lucha de la clase trabajadora pasa por socializar los medios de produc­ción y tener bajo el control de las/os trabajadoras/es los centros productivos y la distribución de las mercancías, es­tadio en el cual el debate sobre el salario estará determinado por nuevas condiciones en la lucha de clases. En lo táctico, las tareas son aumentar la tasa de sindicalización, ensanchar la corriente del sindicalismo clasista y combativo, organizar la huelga general e impulsar la lucha por un salario vital que permita mejorar nuestras condiciones de vida.

 

³ Salario mínimo en perspectiva comparada, evidencia actualizada a 2020, Fundación Sol, septiembre, 2020

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