Carolina Orellana Sepúlveda

Pensar en nuestra historia es asumir con dolor las muertes de cada mujer que a lo largo de los años ha perdido la vida al ser víctima de todo tipo de violencias patriarcales, capitalistas y neoliberales extractivistas. Aquellas que en los inicios lucharon por jornadas laborales justas cuyo lema fue “pan y rosas” o las sufragistas en Europa. Pero no podemos olvidar a todas las mujeres de Abya Yala (nuestro continente) que desde la invasión europea han luchado por su cosmovisión, vida, territorio y dignidad como Berta Cáceres y Macarena Valdés. Es importante evitar extraviarnos y creer que el 8M es un día para celebrar, jamás lo ha sido ni será. Éste es un día para conmemorar a cada mujer que ha perdido su vida luchando por sus derechos, por su ecosistema, o en manos de un femicida; sin olvidar a cada mujer fallecida por alguna enfermedad no transmisible producto de la contaminación. El 8M un día de reflexión e introspección respecto del alcance del patriarcado en nuestras vidas y en nuestra memoria histórica, es un día para desarrollar la sororidad entre nosotras y acompañarnos en nuestros procesos toda vez que una mujer decide denunciar un abuso, iniciar su transformación al empoderarse, o al estudiar sobre feminismo el que nos permite cambiar nuestra vida sabiendo que nunca más estaremos solas. Es importante observar nuestra compulsión capitalista que nos ha hecho creer que debemos competir entre nosotras replicando sin conciencia todo aquello que rechazamos del sistema opresor, deslegitimando o discriminando expresiones de resistencia, otros géneros, otros territorios o completamente ajenas de la normalización del abandono hacia nosotras mismas en cuanto a nuestra salud física y mental o de la preocupante normalización de la vulneración aberrante de nuestros derechos como sucede en Quintero. Aquí el Estado fallido, subsidiario, ausente, genocida y ecocida mueve sus hilos para mantenernos ignorantes de las muchas expresiones de violencia que nos afectan. Aquí nos golpea la injusticia social con todas sus expresiones de pobreza, como también la injusticia ambiental que nos despoja de nuestro derecho de vivir en un ambiente libre de contaminación, derecho a la salud y la vida misma. Somos las quinteranas, que al momento de decidir gestar, traspasamos al feto en formación toda la acumulación de metales pesados afectando potencialmente su desarrollo neurológico o físico causando mal formaciones congénitas, aumentando las probabilidades de desarrollar enfermedades respiratorias y más grave aun mutando el gen vigía para el cáncer (Gen P53). Este daño epigenético o imprinting genético se hereda hasta la sexta generación, siendo fundamental que lo incorporemos a las violencias que conocemos y se levantan en los petitorios a lo largo de Chile. Aquí, por el solo hecho de respirar contaminantes día tras día hace más de 5 décadas perdemos salud, vida y dignidad. Basta!! En Quintero, la contaminación también es violencia.

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