Por Beatriz Villar & Lucia Álvarez. 

“Me llamo Delia Beatriz Villar. Nací y viví en Argentina. Vivo en Chile desde noviembre de 2018. Tengo 64 años, soy hija de Esther América Murúa, nacida en la pobreza del sur cordobés, abandonada y abusada desde su infancia; y del hijo de su patrona, ‘el niño Eduardo’, jugador compulsivo, misógino y pervertido. Profesora de Historia, cantante, cantautora y escritora, soy madre de cuatro hijes. Pertenezco a una generación para la que la maternidad era un mandato ineludible… una mujer no podía “estar completa” si no se casaba y tenía hijes. Desde niña me rebelé contra toda forma de violencia, viniera de mujeres o de hombres. Conocí la violencia física, psicológica, sexual, económica… Llena de culpas por no haber sido una mamá perfecta, aprendí y aprendo de mis hijas Lucía y Leticia que ser mujer es una completud per se, un privilegio, una forma de entender la vida y de disfrutarla”. ¿Somos feministas? ¿Desde cuándo? ¿Qué entendemos por feminismo? Somos mujeres hijas del patriarcado deconstruyéndonos, empoderándonos. Despertamos juntas como hija y madre a la verdad de que, además del vínculo eterno que nos une, ambas pertenecemos a un género castigado, manipulado, maltratado por los siglos de los siglos. Estamos recorriendo un camino de dignificación que no tiene comienzo ni fin, que sólo existe en este amoroso e intenso presente que disfrutamos a través del respeto y la confianza mutuas.

En nombre de nuestras ancestras estamos sanando una cadena de sangrantes dolores femeninos, de abusos de toda índole, que no queremos para nosotras, para ninguna niña, para ninguna mujer, cualesquiera sea su edad, su hábitat, sus ideas, su extracción social, su historia personal.

“Soy Lucía Alvarez, hija de Beatriz Villar, tengo 39 años y una hija de 8 años, Mia. Soy Dra. en biología e investigadora de CONICET, vivo en Bariloche, Argentina. Desde chica he sufrido y presenciado, como todas, distintos tipos de violencia machista, desde abusos en el transporte y vía pública, pasando por el miedo de caminar por la calle, hasta noviazgos violentos y micromachismos de los más variados en ámbitos académicos, familiares y laborales. Mi lucha comenzó con el ejemplo de mi madre, que siempre se sublevó contra el machismo e hizo su propio camino en el feminismo sin saberlo, cada acción suya, toda su vida está empapada de lucha feminista sin haber pertenecido nunca a ninguna colectiva y sin autodenominarse feminista. Mi madre es el ejemplo más cercano y potente de feminismo que tuve siempre. Así, aprendí a no callarme ante la violencia, a revelarme y a luchar por mis derechos como mujer y sobre todo como persona.”

La legalización de la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) amplía nuestros derechos. Se trata de tener soberanía sobre nuestros propios cuerpos. Se trata de que todas las personas con capacidad de gestar podamos acceder a esta prestación sin distinción. Se trata de equidad. Se trata de salud pública. Se trata de asumir que el aborto existe, estemos de acuerdo o no con esta práctica, y por lo tanto es un asunto del que el Estado debe hacerse cargo. No es aborto sí, aborto no. Las que abortan seguirán abortando y las que no, no. Pero las que lo hacen (ricas y pobres, niñas, adolescentes y adultas) lo podrán hacer todas en las mismas condiciones de seguridad, cuidado, higiene, con seguimiento y contención psicológica en caso de requerirlo. La lucha de las pibas en Argentina por la legalización de la IVE fue emocionante. La lucha por la emancipación de nuestros cuerpos se hizo grito, se hizo canto, se hizo baile, se hizo música, se hizo arte, se hizo abrazo, se hizo risas, se hizo llanto. Pañuelos verdes anudados en las mochilas. Sororidad y contención en una lucha que parecía no tener fin. El poder de la lucha feminista posibilitó alcanzar este derecho fundamental. Somos conscientes de lo mucho que falta. Pero hoy, en Argentina, somos un poco más libres.

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